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Preguntas para Pensar la Transición (IX)
Responde Miguel Ángel Campos

Miguel Ángel Campos / Foto Ana María Otero López

Miguel Ángel Campos / Foto Ana María Otero López

Nacido en Motatán en 1955, Miguel Ángel Campos se licenció en la Universidad del Zulia como sociólogo. Es profesor, narrador y ensayista. Hoy comenta a nuestro cuestionario en la novena entrega de la serie

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—Queremos comenzar por su visión del actual estado de cosas en Venezuela. ¿Qué ve, qué siente, qué le resulta inquietante?

—Veo una sociedad desarticulada, su peor momento en doscientos años de vida republicana, destruida en su orden jurídico pero sobre todo reorientada en sus expectativas, parece haber conciliado con un proyecto de sobrevivencia agónico, fuera de todas las expectativas del mundo contemporáneo, además asumido con normalidad, y es lo espantoso. Antes que el juicio –la búsqueda de las razones por las que llegamos a esto–, afloran las emociones, de desconsuelo, angustia, habrá que superar el desconcierto para entrarle al análisis, y darnos cuenta que aquello que creíamos era la sociedad venezolana estaba errado, era una idealización teñida de mala conciencia.  Asombra en todo  caso la el conformismo, la asunción de esa lenta agonía desde lo que serían un aguante perverso.

—Un tema, cada vez más presente en las preocupaciones venezolanas, es la cuestión de la violencia y el modo en que viene ocupando espacios en la sociedad. ¿Venezuela tiene posibilidad de realizar un cambio político sin recurrir a la violencia?

—Consenso y diálogo, como herencia del constitucionalismo y un estado de derecho protocolar, están ahora agotados como herramientas de la enmienda. En realidad nunca se los tomó en serio, el ejercicio de la democracia va más allá de lo electoral, y siempre fuimos una democracia corporativa: que acordaba desde el escritorio. No hubo, en ese pasado de la vida pública, mostrado escandalosamente frágil, tras el advenimiento del chavismo, elementos raigales de vida civil fecunda, ciudadana. Al parecer el concepto de bienestar de los venezolanos no lo requería, bastaban consumo y dejar hacer. La tasa de homicidios no puede ser explicada desde la identidad bonachona y el pregonado igualitarismo, políticamente ella hablaría de una violencia latente, que emerge cuando la estructura material hace crisis, y esto no es normal en grupos movilizados desde el consenso e ideas solventes del progreso. Es una sociedad criminógena contenida por el petróleo.  

—De forma recurrente, hay personas que se preguntan si la sociedad venezolana ha aprendido algunas lecciones de los padecimientos de estos últimos años. ¿Hemos aprendido o todavía podríamos ser una sociedad frágil ante la tentación populista?

—En Venezuela el aprendizaje de lo público parece remitir solo a las generaciones biológicas, la memoria institucional, la sedimentación de los procesos y sus conclusiones no permean la conducta colectiva más allá del recuerdo directo, no son integrados a una tradición referencial. En la prosperidad domina la indiferencia, como si las bondades fueran frutos silvestres, en la adversidad los venezolanos se asumen como menores de edad, exigen ser salvados y reivindican la condición de víctima. El populismo solo arraiga en la indiferenciación, requiere regularidad gregaria, de una cultura pasiva, exige la subordinación mental de unos ciudadanos que se asumen como clientes, de ahí a la irresponsabilidad de las muchedumbres solo hay un paso.

—Queremos preguntarle por la idea de fracaso. ¿Cabe establecer una relación entre Venezuela y el fracaso? De ser así, ¿qué fracasó, qué salió mal?

—Han fracasado los modelos porque carecían de aspiración fraterna, siempre fueron esquemas de negociación, se planificó desde el poder y para su sustentación, no para las demandas de una sociedad y sus eventuales trastornos, se sobrevaloró lo circunstancial, y aun cuando esto resultara eficiente, esta es una sociedad sin emociones civiles, sin grandes deseos, solo apetitos de grupos y exigencias de resentidos. Ha fracasado la vida pública, porque lo público se entendió como acuerdo de compadres.

—El tema del posible papel de los intelectuales en la vida pública, sigue siendo debatido. ¿Cómo valora Usted la actuación, en términos generales, de los intelectuales en los últimos años? ¿De qué modo, si es que ha ocurrido, ha impactado la polarización en la actividad de los intelectuales en Venezuela?

—Los intelectuales produjeron un prospecto de civilización en el siglo XIX, y esto ocurrió en toda América Latina. En Venezuela una generación de maestros refunda la nación en el período 1936-48. Luego los intelectuales gestionaron como escritores, ya no como pensadores, y en el horizonte cómodo de la renta petrolera. Entiendo hoy polarización de los intelectuales en tanto haya interlocución, debate, polémica, debate de ideas, nada de esto existe, pues toda actividad de pensamiento, arte y creación carecen de escenario.

—¿Cuál es, en su criterio, el estatuto actual de la polarización política en Venezuela? ¿Se mantiene, ha cambiado?

—El electorado mostró el 6 de diciembre que rechaza el chavismo, desencantado ejecutó su máxima acción, el de Maduro es un gobierno impopular, rechazado por las masas irredentas, carentes de conciencia de su drama, pero movilizadas por la rabia, y por tanto paralizadas en su ausencia de un esquema que pueda fracturar la retención del poder pretoriano. Hambre y miseria disolvieron la polarización, solo existe una cúpula discrecional, sin proyecto ni imagen del país, obrando desde el puro pragmatismo, la gula de quienes ya carecen de toda legitimidad pero usan poder y fuerza para, a duras penas, darle forma al gobierno.

—Se afirma, incluso con soporte en estudios de opinión, que en la mayoría de los venezolanos está presente, con fuerza, un deseo de cambio. ¿Podría intentar describir ese deseo de cambio? ¿Tiene Usted idea o intuición del cambio al que aspira la mayoría de los venezolanos?

—El deseo, la necesidad de cambio de las políticas sociales es un clamor, pero se trata de la reacción inmediata ante lo adverso, lo incómodo, de fondo no hay nada que pudiéramos llamar principista, la gente aclamará cualquier medida sosegadora de sus penurias, venga de donde venga.

—La experiencia de procesos en otros países demuestra que la transición demanda de cierta disposición al entendimiento y a la reconciliación; de ciertos sacrificios; de ciertas energías distintas a la de la confrontación. ¿Cómo evalúa Usted la disponibilidad de estos y otros elementos para una posible transición en Venezuela?

—No estaríamos asistiendo a un cambio de gobierno, esa transición se hará sobre un campo minado, estamos hablando de un país destruido, la institucionalidad anulada, el estado de derecho desmontado, la ruina dejada por la más grande corrupción de toda nuestra historia (y en un país cuya paz depende de la inversión neta), el odio social como herencia, no parece poca cosa. Más que la transición me deja sin aliento la magnitud de sabiduría, conocimiento y virtudes que se requerirá de aquellos a quienes tocará enrumbar el país. Tendrán como espectadores al pueblo indolente atrincherado en su pretendido derecho a ser salvado.

—Una última pregunta: ¿tienen los intelectuales alguna asignatura pendiente con el país? ¿Falta alguna contribución decisiva?

—Creo que los intelectuales dejaron de pensar el país hace ya bastante tiempo, en el pasado lo juzgaron con pasión, y sobre todo fuera de la circunstancia, de la coyuntura, eso nos dio perspectivas útiles, verificables: desde los tribunos del siglo XIX hasta un título como Comprensión de Venezuela (M. Picón Salas), capaz de fungir como mascarón de proa de todo un género. Hay desdén, casi indiferencia por esa tarea solitaria y que requiere independencia de criterio, y no tanto participación en un espectáculo. Tal vez en estos tiempos han tenido muy presente otro rol, de la figuración y el vedetismo en la era de los medios, pero ha faltado puntualización radical, punto de vista y adjetivación, un objeto se ha desvanecido, la sociedad misma, no aparece por ningún lado (exculpada por temor o conveniencia), solo sus gritos estentóreos y sus actores.