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Ponencias ganadoras del Concurso de Investigación Literaria de la ULA

Marianna Guédez Forgiarini / Cortesía

Marianna Guédez Forgiarini / Cortesía

El Departamento de Literatura de la Escuela de Letras de la Universidad de Los Andes, organizó y realizó entre el 2 y el 4 de julio de 2014, en el marco de la XVII Feria Internacional del Libro Universitario de Mérida, las VII Jornadas Estudiantiles de Investigación Literaria, en homenaje a los  centenarios de Julio Cortázar, Octavio Paz y a Gabriel García Márquez, destinadas a los estudiantes de las menciones Lenguas y Literaturas Clásicas y Lengua y Literatura Hispanoamericana y Venezolana. De veinte ponencias participantes se seleccionaron treinta y tres, de las cuales resultaron galardonados Julio Gabaldón, con el primer premio; María Gabriela Skirzewski Prieto, segundo premio; y Marianna Guédez Forgiarini, con el tercer lugar. En “Papel Literario” publicamos estos trabajos comenzando por GuédezForgiarini

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Análisis de la tuberculosis como elemento trágico en el cuento “Mefistófeles” de José Rafael Pocaterra

José Rafael Pocaterra, ha sido considerado por la crítica como uno de los cuentistas más importantes del siglo XX de Venezuela. Conocido especialmente por ser uno de los muchos escritores venezolanos que se sintieron ahogados por la dictadura gomecista que azotó al país durante veintisiete años, fijando por esta razón una clara intención de denuncia a lo largo de toda su obra literaria, valiéndose de la visión de lo grotesco para este cometido y plasmando situaciones arbitrarias e irracionales que le permitieron poner de relieve los aspectos absurdos de la vida venezolana. Adicionalmente a esta visión, se añade la  demoledora sátira de Pocaterra contra la burguesía de su tiempo (tan cursi, tan inconsciente y tan corrompida), imprimiéndole a su realismo social un interés moralizante.

Mefistófeles, mejor conocido como Mefisto, es un demonio perteneciente al folklore alemán que, según el diccionario demonológico, es un arcángel caído y uno de los siete poderes infernales. Cuenta la leyenda que antes de su caída era uno de los asistentes del ángel Sadkiel y uno de los regentes del planeta Júpiter. Sin embargo, el nombre de este demonio se hará conocido a nivel mundial, al aparecer como antagonista en una de las obras más importantes de Goethe: Fausto. Célebre novela del romanticismo en donde el protagonista Fausto, es un hombre insatisfecho por la limitación del conocimiento e incapaz de ser feliz, por lo que decide hacer un pacto con el demonio Mefistófeles, el cual le ofrece eterna juventud hasta que muera a cambio de su alma. Según Butler, su nombre primigenio proviene del vocablo Mefostófiles, el que se transformaría en Mefistófeles en el siglo XVIII. Para el estudioso se trata de un nombre notable tanto por su eufonía como por su poder de sugerencia y, a pesar de que se desconoce de cuál lengua deriva el nombre, Butler señala que “una ambigüedad hechiza las palabras y parece mofarse”, pues el nombre puede ser visto como “enemigo de la luz” (Mefotofiles), “enemigo de Fausto” (Mefaustofiles) o “destructor-mentiroso” (Méfiz-Tofel). La novela de Goethe ha gozado de gran renombre entre los críticos literarios y se trata de la más famosa del escritor, considerada como una de las grandes obras de la literatura mundial, por ello ha inspirado un gran número de obras literarias, musicales y pictóricas.

El presente cuento habla de una de estas representaciones musicales: la ópera italiana Mefistófeles, tal como se llama el cuento de Pocaterra, con música de Arrigo Boito y libreto en italiano del mismo compositor de la ópera, basada en el drama faustiano. Sin duda Pocaterra denota un nivel de cultura alto y está familiarizado con la obra, pero no deja de ser llamativo que de todas las que existen, tomara específicamente la de Mefistófeles. Al respecto puede inferirse que es probable que la eligiera por la característica del demonio que habita en su vocablo, propio de su estilo grotesco. Pues lo grotesco –según dice Kayser–  es definido por Wieland como la representación de figuras “sobrenaturales” y “absurdas” y en él se destruyen las ordenaciones que dominan nuestro mundo. Sumado a esto, el autor “concibe como característica de los grotescos propiamente dichos, el que no conserven ninguna relación con la realidad”, puesto que estos derivan de una “imaginación indómita”, es decir, de productos cerebrales, tal es el caso del demonio en la literatura, aunque éste no aparezca físicamente en todo el cuento, ya que se supone que el autor se refiere a la ópera, no hay que perder de vista la habilidad con la que Pocaterra introduce elementos clásicos que convergen con el mundo real, para hacer una crítica a su época.

Las epidemias han azotado al mundo desde que el ser humano pisó por vez primera la tierra, por ello no es de sorprenderse que la enfermedad sea uno de los topos más recurrentes de la literatura universal, desde el Antiguo Testamento al Decamerón de Boccacio, pasando por Cuentos deCanterbury de Chaucer, teniendo como grandes exponentes a Quiroga, Cortázar y a Borges en la literatura latinoamericana y en cuanto a la venezolana, una de sus grandes figuras es la del mismo Pocaterra. La enfermedad además, transmite un sentido de fatalismo cuando esta presenta la propiedad de ser incurable. Al respecto señala Vitale que el elemento trágico presenta tres características notables, el primero es que está asociado a algo indeseable, negativo y nefasto, en segunda instancia está asociado a lo que ocurre “más allá” de la mano del hombre, involuntariamente producto de fuerzas externas, ajenos a la manipulación humana, finalmente la tercera característica supone exceder a la voluntad y al control del hombre que no puede manejarla ni pararla, como la enfermedad a la que no se le conoce cura.

La tuberculosis, llamada tisis o tísica en el siglo XIII, proveniente del griego φθίσις, a través del latín phthisis “consunción” (de consumir). En los siglos XVIII y XIX la tuberculosis representó la melancolía y lo romántico. Además, tomando en cuenta que apenas en el siglo XIX se inauguraban los primeros sanatorios y dispensarios para tuberculosos y fue en marzo de 1882 cuando R. Koch hizo público que había descubierto el bacilo responsable de la tuberculosis, no es de extrañar que Pocaterra use esta enfermedad en su literatura, habiendo nacido pocos años después de este descubrimiento que cambió a la humanidad para siempre, para describir este sentimiento de melancolía, es importante citar la observación de Leopoldo Cortejoso cuando describe a la tuberculosis:

“…tal vez la enfermedad que produce menos dolores físicos y más torturas espirituales; el cuerpo no sufre, pero el alma pasa por instantes amargos de renunciación y de desaliento [...]  Cuando la rosa de la juventud se ha abierto ampliamente a todas las ilusiones de la vida, surge la tuberculosis como un freno que obliga a detener bruscamente la marcha. Y ya entonces, la meta que se soñó alcanzar y que acaso se tocaba con las manos, comienza a alejarse y a perderse entre brumas de incertidumbre. La vida del enfermo cambia, en ese instante, de rumbo, y adquiere un matiz sentimental; todos los enfermos son unos derrotados, pero el tuberculoso lo es más que ningún otro porque se da cuenta de que lleva consigo una enfermedad que inspira recelo y desconfianza.”

En lo que respecta a la obra analizada, es importante señalar que “la intoxicación tuberculosa excita la actividad intelectual del enfermo  y se estimulan las facultades creadoras,  surge el afán de convertir en obra tangible lo que era incorpóreo e irreal, el deseo de transformar en belleza viva y palpitante lo que era imagen y pensamiento, y de este modo la tuberculosis, enfermedad de la materia, contribuye a lograr el triunfo del espíritu”.  Esto nos remite a todos aquellos grandes músicos que sufrieron la enfermedad, causándoles la muerte como Mozart, Chopin, Bellini y Weber. En “Mefistófeles”, el cuento presenta a la joven muchacha enferma de tuberculosis cuyo mayor sueño es ser una virtuosa en el piano. “Mi hija se me muere… ¿sabe usted? Se muere sin remedio. Me lo afirmaron los médicos hace tiempo. Tísica”.  Según el artículo citado “Tuberculosis y literatura” la tuberculosis influyó hasta tal punto sobre la actividad creadora de estos grandes intérpretes, que las mejores de sus obras fueron realizadas en momentos de exacerbación lesional, cuando un nuevo brote avivaba el fuego que iba consumiendo su organismo y la intoxicación tuberculosa actuaba con más violencia. Esto puede verse reflejado en este terrorífico y lastimero párrafo:

“Y el prólogo de “Mefistófeles”, pleno de solemnidad, de diabolismo, de misterio, cruzado a relámpago por luces celestiales, por la suave música de las esferas, dominó entonces todo el magnífico desquite, toda la admirable venganza de la tísica: fue desgranando a escalas lentas, o vertiginosas o vibrantes o “perdurables” que es el calificativo que se me ocurre para esas notas permanentes, indefinidas, que son ideas en lugar de sonidos….”

La joven, que antes el crítico de música tachase en la redacción, con tono burlesco y gracioso, ahora presa de la tísica, del grotesco de la enfermedad y de lo terrible de la muerte cercana, parecía convertirse en la mejor intérprete a ojos del crítico, atrapado en el momento trágico. Mefistófeles ahora se denota en su máxima expresión, la opera del demonio terrible se apodera de las manos crispadas de la enferma y rechina en diabolismo y misterio y la música que no perdura, a menos que sea grabada, se convierte en “perdurable” para aquél observador, como si su pieza quedara grabada para siempre en su memoria. Sobre este punto señala Sotang el hecho de que se piensa que la tuberculosis es relativamente indolora y que debe desembocar siempre en una muerte fácil, por ello durante más de cuatrocientos años la tuberculosis fue el modo preferido de atribuirle un sentido a la muerte, fue una enfermedad edificante y refinada, y es por esta por esta razón que en el cuento la muerte se presenta casi indolora, siendo más poética y terrible que cualquier otra cosa, trágica.

“De pronto ella oprimió violentamente un acorde, a un solo estrépito; se dobló sobre el teclado, como un lirio, salpicando de sangre los marfiles; hubiera rodado hasta el suelo si su padre, desesperado, cogiéndola en brazos, sosteniendo la triste cabeza de la desmayada, no la sostiene contra su corazón… Se asfixiaba; su garganta parecía estallar en una tos ronca, profunda como la octava baja, y de los grandes ojos febriles, apenas entre los párpados una larga línea blanca de la esclerótica, sin pupila, horrible…” (Pocaterra, 1927:35)

Sin embargo, el cuento va más allá, el padre abatido le echa la culpa de todo al periodista por lo publicado en su columna, siendo esta la razón de que le busque a su casa y le comente el terrible dolor que está pasando como padre al ver de esta forma a su “muchachita”. Así, en el cuento la palabra se percibe con un poder tan grande que es capaz de matar, lo cual conlleva a un simbolismo profundamente clásico, atestiguado en la literatura, como cuando por culpa del verso de Arquíloco, las hijas de Licambes y el propio Licambes se suicidaron, ante la venganza del poeta, en Mefistófeles, el padre culpa al crítico de tener el poder de empeorar el estado de su hija, lleno de desesperanza. “No podía decirse que usted aludía a ella, pero ella lo leyó, lo comprendió, guardó el recorte, y cuando se calmaba de un acceso de tos, ya muy grave, volvía a releerlo, sonreía con tristeza, no había forma que abandonara el pedazo de papel, que yo le juro, señor, que me la iba matando lentamente… Lo escondía allí, debajo de la almohada; tornaba a leerlo a cada instante, y a veces lloraba, y a veces sonreía con una tristeza… Ella había soñado que la pensionarían, ir a un conservatorio, ser una Teresita Carreño… ¡Usted destruyó todo eso con una plumada!” (Pocaterra 1927:33)

Es llamativo cómo Pocaterra pone en cursivas el pronombre femenino Ella, para hacer un mayor énfasis en el relato triste del padre, haciendo sentir al crítico una persona terrible por lo que escribió en la redacción. Según plantea Steiner “la tragedia deberá siempre terminar mal”, afirma que el personaje trágico es destruido por fuerzas que no pueden ser comprendidas ni destruidas, así la tuberculosis es una fuerza externa, una enfermedad terrible que no puede curarse tan fácilmente en esta época, probablemente la joven tísica, no tiene los medios para viajar a estos pequeños centros del trato contra la tuberculosis, denotando otra característica fundamental en la obra de Pocaterra: la pobreza. “Había un piano, un “Erard”, el único lujo de aquella salita…”. Además debe entenderse que al analizar a Pocaterra, el hecho de que el escritor independientemente del tema elegido en su narrativa, siempre trataba de plantearlo como una crítica social, buscando “tocar y conmover” a sus lectores,  por ello se dice que su realismo social cobra interés moralizante, tal y como afirma en su prólogo a Cuentos Grotescos: “Yo he querido dar otra noción: la real... y dale con la literatura de estar forjando lindas novelas y masoquineando la pueril vanidad criolla que remata, en cada pedazo del país que vivimos, con aquello de: este heroico y sufrido Estado. Puede haber un arte sin honradez, como una mujer bella sin honestidad.”

“Mefistófeles” también supone el acercamiento al clasicismo de la época, puede denotarse como al principio del cuento, lo primero de lo que se habla es de “señor”, el protagonista responderá “Sí, pero ¿es realmente, un señor?” y la sirvienta contesta balbuceando, con duda “por el traje… parece”. Esta introducción al cuento no puede dejar de analizarse, sin duda aquí hay un enfoque a la clase social, pues es importante que sea un “señor” para recibirle, lo cual atestigua el “traje”, por ello el periodista finalmente acepta  conversar con él, guardando las apariencias sociales que un crítico de renombre como él debe poseer. Pero la tuberculosis, desgraciadamente, hace su trabajo y la joven tras haber producido aquél maravilloso prólogo de la opera de Mefistófeles, fallece.  Más tarde tras esta amarga experiencia el crítico sale de la casa rumbo al periódico y al llegar mantiene una breve conversación con el redactor que le anuncia indirectamente como “la señorita acaba de morirse”, en un tono totalmente indiferente acostumbrado a las trágicas noticias de todos los días. Sin embargo, en esta ocasión el crítico conmovido por lo que sabe, cae en cuenta de que él es el culpable.

—Qué te parece el “Mefistófeles”, aquel “prólogo”, ¿Qué admirable Polaco, no? Escribe algo de eso.

—No, no escribo nada de ningún “Mefistófeles”, ni de nadie, yo no sé nada de eso ni escribiré más nunca: yo no soy un periodista, ¡yo soy un asesino con las manos tintas en tinta!

Con este diálogo, el protagonista abatido se da cuenta de que “no sabe nada” pues la palabra es más poderosa de lo que él pensaba, está tocado por la fatalidad y la trágica muerte de la jovencita, recordando las palabras del padre que le acusa, sintiéndose un asesino. Pero al puro estilo de Pocaterra, este no el fin del cuento, nuevamente tras la tragedia, la demoledora sátira del escritor se abre paso y unido a lo grotesco se burla de la realidad de la joven, a través de la palabra del Director del periódico: “Estalló una carcajada. Al salir, entendí que decían: -A este como que se le pasó la mano en las copas del entreacto”. De esta forma, tras el análisis del cuento se puede observar como la enfermedad de la tuberculosis es usada como el elemento trágico en el cuento Mefistófeles de José Rafael Pocaterra, enfermedad que configura toda la obra, presentándose a través de ella las características del escritor, quien harto de la sociedad burguesa, buscaba cambiar la mentalidad del venezolano a través del poder de la palabra.

NOTA

MariannaGuédezForgiarini es egresada de las Menciones Lengua y Literaturas Clásicas y Lengua y Literatura Hispanoamericana y Venezolana de la Escuela de Letras de la ULA.