• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Poggio Bracciolini: el rescate de Lucrecio

El rescate de Lucrecio

El rescate de Lucrecio

Desde hace más de un siglo, un puñado de conocedores y hombres de letras están embarcados en el cultivo de una pasión

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La historia que me propongo resumir aquí es una historia feliz. Un episodio en pleno Renacimiento, que bien pudiese haber ocupado un capítulo en los Momentos estelares de la humanidad, el inspirador libro de Stefan Zweig. El protagonista, Poggio Bracciolini, era un hombre al límite de lo inclasificable. Para empezar: en tiempos donde el mundo operaba como una sólida red de obediencias, había en él un talante autónomo, autosuficiente. Era culto y un bibliófilo irremediable. Excepcional porque alguien de su procedencia, sólo en raras ocasiones lograba acercarse tanto al centro del poder.

Su profesión: un scriptor de la burocracia papal con la habilidad y la astucia para ascender al escalón más alto: llegó al codiciado cargo de secretario episcopal. Le daba forma escrita a las decisiones del Papa, transcribía sus palabras, escribía las cartas que el máximo prelado enviaba a otros hombres poderosos del mundo. Poggio Bracciolini escribía un latín inequívoco y cortés.

Estamos en el año de 1471. Desde hace más de un siglo, un puñado de conocedores y hombres de letras están embarcados en el cultivo de una pasión, inusual para su época: buscar libros Antiguos, provenientes de Grecia o de Roma. Bracciolini y sus colegas, aliados o en abierta competencia, han rastreado las bibliotecas, en su mayoría ubicadas en monasterios y abadías, en buena parte de Italia. El ejemplo de Petrarca, que había logrado rescatar y reconstruir el texto fundamental de Tito Livio, Historia de Roma desde su fundación, en 1330, había acicateado el interés de algunos hombres cultos.

Las comunidades monásticas vivían entonces bajo el imperativo de leer. Se llegaba al extremo de castigar a latigazos a quienes no cumplieran el mandato. En aquellas bibliotecas, ocultos en estanterías que nadie revisaba, polvorientos, envueltos de telarañas, a menudo castigados por la humedad, permanecían a lo largo de décadas y hasta de siglos, libros de origen desconocido. Los encargados no sabían de dónde provenían ni tampoco qué contenían. Los monjes leían libros “nuevos” mientras los desconocidos permanecían en las penumbras, abandonados a un destino incierto.

A la caza de libros

Poggio Bracciolini está en un momento peculiar de su vida: una compleja madeja de acontecimientos ha logrado poner en fuga a Baldassarre Cossa, el Papa Juan XXIII. Le formularon más de setenta cargos y en mayo de 1415 fue destituido. Bracciolini se quedó sin jefe, sin la protección que le daba su cargo, a la intemperie, pero también libre para volcarse a su pasión bibliófila. Estaba dotado para ello: era un hombre pequeño y enérgico, cuya enorme cultura hacía que su conversación se escuchara distinta. No pertenecía al clero, pero conocía las artes y las miserias del interior de la vida eclesiástica. Sabía hacer uso de palabras que desactivaban las precauciones. Aunque ya no poseía el cargo que le abría las puertas en un santiamén, sabía cómo arreglárselas. Era un encantador nato.

Sin obligaciones inmediatas se dedicó a viajar. En Constanza, en el convento de San Marcos, encontró una copia de un texto antiguo con un comentario a Virgilio. En Cluny, Francia, dio con unos códices que tenían siete discursos de Cicerón, dos de los cuales eran desconocidos hasta ese momento. Hacia 1416, todavía traumatizado por las ejecuciones de Juan Hus y de Jerónimo de Praga (A Bracciolini le resultaba imposible de creer que estos hombres, que eran maestros en el uso del latín, pudiesen ser culpables de los delitos que les imputaban) visita el monasterio de San Gall, en las proximidades de Constanza. Su gozo es absoluto: allí encuentra el famoso libro de Quintiliano, Instituciones, pieza cumbre de la época romana sobre la retórica y la oratoria.

Se sabe que en enero de 1417 Bracciolini estaba en Alemania. Los estudiosos han señalado que el hallazgo ocurrió en la abadía benedictina de Fulda. Guiado por su olfato llegó a un manuscrito que había sido escrito medio siglo antes de Cristo: De rerum naturaDe la naturaleza–, de Tito Lucrecio Caro. De inmediato ordenó a su amanuense que hiciera una copia. Aunque en algunas cartas suyas se ufana de su rescate, más allá de la antigüedad de la pieza, Bracciolini no parece haber comprendido entonces la magnitud literaria y cultural de su descubrimiento.


De rerum natura

El giro es, sin que sea necesario añadir ni un adjetivo más, un libro extraordinario (obtuvo el National Book Award 2011 y el Premio Pulitzer 2012). El marco donde se expone la vida de Bracciolini y los rescates que protagonizó, es un estructurado y virtuoso estudio de la cultura y los modos de pensar de la época, que se introduce en la abigarrada madeja de la curia y el poder eclesiástico. Si Stephen Greenblatt, su autor, es un investigador riguroso, también es un prosista de indiscutibles habilidades: la lectura de El giro resulta gratificante y sorpresiva (el libro se llama El giro, porque el pensamiento de Lucrecio, que Michael de Montaigne retomaría en sus ensayos, habría sido en la tesis de Greenblatt, un vector de la conformación del mundo moderno).

Simultáneamente a El giro, leí la traducción en prosa de Dererum natura: difícilmente podría dar cuenta aquí de la insólita ambición y belleza de este libro. Puedo escribir que es un tratado sobre la materia (el mundo material), sin perder de vista nunca que es la obra de una mente que opera desde lo literario. Quiero decir: Lucrecio no era un científico que escribía con sensibilidad. Era un exquisito poeta romano que, imbuido de las ideas de Epicuro, se atreve a formular una teoría de la materia, que partía de que todo, incluso el alma, está hecho de partículas invisibles (entre sus distintos modos de nombrar a las partículas, me quedo con esta: “los cuerpos primeros”).

Lucrecio tiene una conciencia crítica de la tarea que se ha propuesto: no puede negar la existencia de los dioses, pero sí hacerle frente a la superchería, “a los terrores de ultratumba”. Entiende que ilustrar en versos latinos el tema que se propone, es tarea plagada de dificultades (De rerum natura está compuesta por siete mil cuatrocientos hexámetros), que le exige hacer uso de nuevos vocablos. Pero ello no le impide exponer su principio básico: que no hay nada que proceda de la nada (es decir, que la materia es eterna), con lo cual, de entrada, pone en jaque a los dioses: el universo no tiene un Padre ni ha sido concebido por nadie.

Poco o nada se sabe de Lucrecio (salvo una ficha de San Jerónimo, que asegura que Lucrecio se suicidó). Cuando se sigue el trazo del recorrido de Dererum natura, uno puede suponer que era un hombre dotado del don de la observación. Del mismo modo que se detenía en el horizonte, en el cielo, para escribir de los astros o del tamaño de la luna, miraba a su alrededor para sumar al movimiento, a la luz, a los espejos, a la enfermedad, al amor o la embriaguez, a la armazón de su teoría. Lucrecio, además, amaba la complejidad: se preguntaba por “la lentitud de los olores”, “la imperfección del mundo” o “las especies desaparecidas”.

Lucrecio llega al lector, como llega la Ilíada, o como llega el libro de los Dichos de Rafael Cadenas (uno de Cadenas: “Lecturas: avíos para pernoctar”) o como llegan los diarios de Kafka: uno los tiene allí, si es posible, no más allá del esfuerzo que supone estirar el brazo, atraerlo y obsequiarse el lujo de abrirlo en cualquier parte, cada vez que algo en nuestros cuerpos se remueve y se levanta y nos empuja a respirar hondo. Quizás el más alto prodigio que nos depara la experiencia de leer sea poder abrir un libro en cualquier página y verificar, una y otra vez a lo largo de los años, que su poder para maravillarnos se mantiene invicto. Aesa especie, la del libro al que volvemos una y otra vez sin que logremos nunca apropiarnos de su secreto, a esa especie, digo, pertenece este De rerum natura.