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Poemas de Michel Houellebecq

Conocido mundialmente por sus novelas y ensayos, Michel Houelebecq (1958) es también autor de una obra poética, que afronta lo descarnado y renuncia a toda ilusión. Los tres poemas aquí seleccionados, fueron tomados del volumen “Poesía”, publicado por la Editorial Anagrama (España, 2012)

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Las Anécdotas

Las anécdotas, evidentemente... Todos los seres humanos se parecen entre sí. ¿Para qué desgranar nuevas anécdotas? Carácter inútil de la novela. Ya no quedan muertes ejemplarizantes; el sol nos falla. Tenemos necesidad de metáforas inéditas, algo religioso que incluya la existencia de aparcamientos subterráneos. Y naturalmente nos damos cuenta de que eso es imposible. Muchas cosas lo son, por otra parte. La individualidad es, esencialmente, un fracaso. La sensación del yo, una máquina de fabricar sentimientos de fracaso. La culpabilidad parece ofrecer una vía interesante, a condición de que haga buen tiempo. Casi imposible de desarrollar. Inteligente e inédita, en todo caso. Gran objetividad.

 

 

Sin reconciliarse

Mi padre era un imbécil bárbaro y solitario;

Ebrio de decepción, solo ante el televisor,

Rumiaba unos planes frágiles y muy raros,

Su mayor alegría era verlos fracasar.

 

Me trató siempre como a una rata a la que perseguir.

La mera idea de un hijo, creo, le asqueaba.

No soportaba pensar que le aventajase un día,

Sólo por seguir vivo cuando él reventara.

 

Se murió en abril, gimiente y perplejo;

Su mirada delataba una cólera infinita.

Cada tres minutos, insultaba a mi madre,

Criticaba la primavera, hacía bromas procaces.

 

Al final, justo antes de acabar su agonía,

Una calma breve recorrió su pecho.

Sonrió al decir «estoy nadando en orines»,

Y después se apagó con un ligero estertor.

 

 

Naturaleza

No envidio a esos pomposos imbéciles

Que se extasían ante la madriguera de un conejo

Porque la naturaleza es fea, cargante y hostil;

No tiene ningún mensaje que transmitir al ser humano.

 

Es agradable, al volante de un potente Mercedes,

Atravesar lugares grandiosos y solitarios;

Manejando con destreza la palanca de cambios

Se dominan los montes, los ríos y las cosas.

 

Los cercanos bosques se deslizan bajo el sol

Y parecen reflejar conocimientos antiguos;

Se presienten maravillas en el fondo de sus valles,

Y al cabo de unas horas, empiezas a confiarte;

 

Te bajas del coche y empiezan los problemas.

Aterrizas en mitad de un desorden repugnante,

De un universo abyecto y desprovisto de sentido

Hecho de piedras, de zarzas, de moscas y de serpientes.

 

Echas de menos los aparcamientos y los vapores de gasolina,

El brillo suave y sereno de un mostrador de níquel;

Demasiado tarde. Demasiado frío. Comienza la noche.

El bosque te oprime en su cruel sueño.