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Poemas de Luis Alberto de Cuenca

El pasado 27 de septiembre, se anunció que Luis Alberto de Cuenca (Madrid, 1950) obtuvo el Premio Nacional de Poesía de su país, con el libro “Cuaderno de vacaciones”. Los tres poemas que aquí se ofrecen al lector pertenecen al libro “La vida en llamas” (Visor Libros, España, 2007), que el 2005 obtuvo el Premio Ciudad de Melilla 

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Star Wars (1977)

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,

pero sé que ocurrió. No sé dónde. En galaxias

improbables, difusas. Acaso en mi cerebro

tan solo. No recuerdo ni el tiempo ni el lugar,

pero pasó. Las cosas importantes que pasan

parecen no pasar. Una chica muy pálida

venía de algún astro a jugar en tu sueño

contigo: era tu amiga, la que se fue de viaje

por el cielo, y volvía para no abandonarte

nunca más. Sonreía como una aparición

surgida de las páginas de una novela gótica

y, a la vez, como un hada de los hermanos Grimm.

Se hacía llamar Leia en nuestros juegos. Leia

Organa, para ser más precisos. Un nombre

que sonaba a romance galáctico, a balada

espacial, a cantar de gesta del futuro.

Un nombre que sabía a chicle americano

y a bolsa de patatas fritas en el descanso

de una doble sesión de cine, y a caricias

desmañadas, y a celos, y a promesas de amor.

Hace ya tanto tiempo que no puedo acordarme,

pero sé que ocurrió. Y sé que a la princesa

Leia irán dirigidas mis últimas palabras

cuando la luz se apague, y que repetiré

su nombre en mi agonía, como si ella tuviese

un nombre, antes de hundirme en la noche total.

 

La mosca del hotel Alfonso XIII

Lo mismo. Siempre. Cambian las medidas

de la que te acompaña, pero siempre

es lo mismo. La cruz de la ansiedad

reclamando el deseo que no encuentra.

El martirio de no reconocerse.

La tortura sin fin del egoísmo.

Y la mosca, la moca que se posa

en tu nariz, ajena a todo aquello

que no sea su vuelo y su zumbido,

la mosca circula por el cuello

de la botella de champán vacía

en busca de una gota de amor líquido.

 

La mujer del vampiro

Para no verme triste, has dibujado

mi rostro en los espejos de la casa,

y has afilado minuciosamente

la estaca de madera que tú misma

clavarás en mi pecho, atravesándome

el corazón.