• Caracas (Venezuela)

Papel literario

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Poemas de Jacqueline Goldberg

La selección aquí publicada pertenece al libro “Nosotros, los salvados” (Caracas, 2015), editado por  Kalathos Ediciones. Descrito como poesía documental, la autora se inspira en los testimonios de supervivientes de la Shoá 

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Zdzislawa Bogusz

¿Cómo nos sentíamos?

 

Esa no es una pregunta,

es un dolor.

 

Ania Fuchs de Horszowski

En la espera, a mi lado, en el piso,

había un bebé,

un bebé envuelto en sábanas.

 

No lloraba.

Vivía pero no lloraba.

 

Me mandaron a recogerlo,

se sabía que iba a morir.

 

Las madres jóvenes dejaban a los bebés,

pensando que quizás otros los recogerían.

Pensando salvar su vida.

¿Pensaban?

 

Tuve a ese bebé en mis brazos

por algunos minutos, no muchos.

No lloraba, no vi su rostro.

O quizá lo vi, no recuerdo.

 

Luego llegó un Gestapo,

dijo que devolviera el bebé al piso.

No se cómo pude.


Trudy Mangel de Spira

Tenía los dedos del pie congelados.

Para evitar más infección

–o para torturarme–

me los cortaron sin anestesia.

Grité.

Me taparon la boca para que no gritara más.

 

La herida pasó mucho tiempo abierta.

 

El dolor constante

se ha convertido en parte de mi vida. 

Hay noches en las que la sábana

me pesa sobre los muñones.

 

El dolor es tan parte de mí,

que no imagino cómo puede alguien

andar por el mundo sin dolor.

 

Justyna Rozenbnit de Goldsztajn

Veíamos llegar transportes

con niños en cochecitos,

madres, abuelos.

Los encerraban en una barraca.

No sabían que los iban a matar.

 

Veíamos humo,

el olor terrible del humo negro.

El cielo negro.

 

Abraham  Spiegel

En aquellas caminatas entre campo y campo,

al que no podía andar lo mataban.

 

Mi amigo cayó.

Yo lo cargaba.

Lo cargaba y caminaba.

Caminaba mientras lo cargaba.

Se caía y lo levantaba.

 

Sabía que no debía abandonarlo.

 

Pero ni él ni yo pudimos más.

 

Se cayó,

no lo cargué,

no caminamos.

No pude más.

 

Seguro lo mataron.

 

Moric Düm

Apareció un soldado húngaro

para inspeccionarnos.

 

Me pidió que limpiara sus botas.

Las limpié.

Cuando lo miré, me dio mucha lástima:

tenía ojos de buey.

 

Francoise Bielinski de Sitzer

Después de la guerra

irme a dormir era terrible.

 

Cerraba los ojos y solo veía flores,

flores, flores.

 

Flores mórbidas.

 

Verónica Hollo de Deustch

Una vez mi madre me mandó a buscar pan.

De regreso encontré un periódico,

me senté a leerlo y a comer.

 

Empezaron a llegar gansos,

le di un poquito a uno, a otro, a otro.

Y cuando me di cuenta, casi no había pan.

 

Era el pan de toda la semana.