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Poemas de Herberto Helder (Funchal, 1930 – Cascais, 2015)

Herberto Helder / Foto Cortesía

Herberto Helder / Foto Cortesía

De una edición a otra, Helder reescribió perseverantemente sus poemas. Con la excepción señalada, las versiones que he seleccionado provienen de “Poesía Toda”,  Lisboa: Assírio & Alvim, 1996

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El prestigio de este poeta madeirense ha ido creciendo desde mediados del siglo XX hasta ser hoy considerado por muchos la figura central de la lírica portuguesa posterior a Pessoa. Su lenguaje es difícil de afiliar a las corrientes que prevalecían en sus años de formación, distando por igual del concretismo, las estéticas de lo coloquial y el neosurrealismo. En sus versos la meditación acerca del oficio convive con las imágenes más elementales y espontáneas de la experiencia humana –la niñez, el deseo, el complejo diálogo del espíritu y el cuerpo.

De una edición a otra, Helder reescribió perseverantemente sus poemas. Con la excepción señalada, las versiones que he seleccionado provienen de Poesia Toda,  Lisboa: Assírio & Alvim, 1996.

 

El Poema (I)

Un poema crece vacilante

en la confusión de la carne,

Asciende aún sin palabras, solo gusto y ferocidad,

tal vez como sangre

o sombra de sangre por los canales del ser.

 

Afuera existe el mundo. Afuera, la espléndida violencia

o las uvas de donde nacen

las minúsculas raíces del sol.

Afuera, los cuerpos genuinos e inalterables

de nuestro amor,

los ríos, la gran paz exterior de las cosas,

hojas que arrullan el silencio,

la semilla a ras del viento,

la hora teatral de la pose.

 

Y el poema crece abarcándolo todo en su regazo.

 

Y ya no hay poder que lo destruya.

Insustentable, único,

invade las casas que se acuestan en las noches,

las luces y tinieblas alrededor de la mesa,

la fuerza sostenida de las cosas,

la redonda y libre armonía del mundo.

Abajo el instrumento perplejo ignora

las vértebras del misterio.

 

Y el poema se hace contra el tiempo y la carne.

 

De A Colher na Boca (La cuchara en la boca, 1961)

 

*** *** ***

Fuente (I)

Ella es la fuente. Puedo saber que es

la gran fuente

en la que todos habían pensado. Cuando en el campo

se buscaba el trébol, o en silencio

la noche se esperaba,

o se oía en algún lugar de la paz de la tierra

el tejido del tiempo,

cada uno pensaba en la fuente. Era un manar

secreto y pacífico.

Una cosa milagrosa que sucedía

ocultamente.

 

Nadie la mencionaba porque

era inmensa. Pero todos la conocían

como la teta. Como el odre.

Algo sonreía dentro de nosotros.

 

Mis hermanas se hacían mujeres

suavemente. Mi padre leía.

Sonreía dentro de mí una aceptación

del trébol, un descubrimiento muy casto.

Era la fuente.

 

Yo la amaba entre el dolor y la calma.

La luna crecía

con una sutil pizca de ferocidad

y la manzana iba ganando

esplendor.

 

Hoy el sexo se ha perfilado. El pensamiento

se perdió y ha renacido.

Hoy sé, para siempre, que ella

es la fuente.

 

De A Colher na Boca (La cuchara en la boca, 1961)

 

*** *** ***

No toques los objetos inmediatos.

La armonía quema.

Por más ligeras que una tetera o una taza parezcan,

son locos todos los objetos.

Un jarrón con un crisantemo transparente

oculta un temblor.

En la oscuridad se hace terrible.

Incluso su nombre solo puedes pronunciarlo con miedo.

Y la boca se vuelve llaga.

 

De Última Ciência (1988)

 

*** *** ***

Quiero un error gramatical que una vez más invente

en la mitad luminosa el poema del mundo

y que Dios mantenga oculto en la mitad nocturna

el error del error:

alto voltaje del oro,

aliento en el rostro.

 

De Ofício Cantante, Lisboa: Assírio & Alvim, 2009