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Poemas de Blas de Otero

Posiblemente una de las mayores voces de la poesía de vocación religiosa de nuestra lengua, Blas de Otero (1916-1979). Los poemas aquí seleccionados pertenecen a su libro “Ángel fieramente humano”, publicado en 1950

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Hombre

Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte,

al borde del abismo, estoy clamando

a Dios. Y su silencio, retumbando,

ahoga mi voz en el vacío inerte.

 

Oh Dios. Si he de morir, quiero tenerte

despierto. Y, noche a noche, no sé cuándo

oirás mi voz. Oh Dios. Estoy hablando

solo. Arañando sombras para verte.

 

Alzo la mano, y tú me la cercenas.

Abro los ojos: me los sajas vivos.

Sed tengo, y sal se vuelven tus arenas.

 

Esto es ser hombre:   horror a manos llenas.

Ser ‒y no ser‒ eternos, fugitivos.

¡Ángel con grandes alas de cadenas!

 

Mortal

No se sabe qué voz o qué latido,

qué corazón sembrado de amargura,

rompe en el centro de la sombra pura

mi deseo de Dios eternecido.

Pero mortal, mortal, rayo partido

yo soy, me siento, me compruebo. Dura

lo que el rayo mi luz. Mi sed, mi hondura

rasgo. Señor: la vida es ese ruido

 

del rayo al crepitar. Así repite

el corazón, furioso, su chasquido,

se revuelve en tu sombra, te flagela

 

tu silencio inmortal; quiere que grite

a plena noche, y luego, consumido,

no queda ni el desastre de su estela.

 

Hombre en desgracia

Me cogiera las manos en la puerta del ansia,

sin remedio me uniesen para siempre a lo solo,

me sacara de dentro mi corazón, yo mismo

lo pusiese despacio, delante de los ojos...

 

O si hablase a la noche con el labio enfundado

y detrás de la nuca me tocasen de pronto

unas manos no humanas, hasta hacerme de nieve,

una nieve que el aire aventase, hecha polvo...

 

Soy un hombre sin brazos, y sin cejas, y acaso

una sábana extiende su palor desde el hombro;

voy y vengo en silencio por la haz de la tierra,

tengo miedo de Dios, de los hombres me escondo.

 

Doy señales de vida con pedazos de muerte

que mastico en la boca, como un hielo sonoso;

voy y vengo en silencio por las sendas del sueño,

mientras baten las aguas y dan golpes los olmos...

 

¿Hasta cuándo este cáliz en las manos crispadas

y este denso silencio que se arrolla a los codos;

hasta cuándo esta sima y su silbo de víboras

que rubrican el vértigo de ser hombre hasta el

         fondo?

¿Hasta cuándo la carne, cabalgando en el alma:

hasta heñirla en las sombras, hasta caer del todo?

Oh, debajo del hambre Dios bramea y me llama,

acaso como un muerto —dios de cal— llama a otro.