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Poema llamado Heidelberg

Heidelberg / Archivo

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“A pesar de contar con una larga tradición literaria y un público interesado, Heidelberg se esfuerza por lograr mantener y por crear otros espacios culturales que ofrezcan programas cualitativos para sus propios ciudadanos”

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La ciudad alemana de Heidelberg fue declarada “Ciudad de la Literatura” por la Unesco en diciembre 2014. Pasa a formar parte de la Red internacional de Ciudades Creativas comprometidas a fomentar la imaginación y a crear alianzas con las otras ciudades de la red, para reforzar la participación ciudadana en proyectos culturales, e integrarlos al desarrollo económico, social y urbano. La etiqueta de “Ciudad de la Literatura”, más allá de ser una distinción, significa un reto para esta ciudad, cuna del Romanticismo alemán. A pesar de contar con una larga tradición literaria y un público interesado, Heidelberg se esfuerza por lograr mantener y por crear otros espacios culturales que ofrezcan programas cualitativos para sus propios ciudadanos. Utilizar la creatividad como motor de desarrollo urbano va más allá de organizar un día en la ciudad para el visitante. Ser receptivo a los fragmentos de la urbe y apostar al aura de su poesía exige una profunda re-visión de las ciudades que la habitan.

Romanticismo “efervescente”

De la composición y conexión de encuentros, reales o imaginados, nace una ciudad. También un texto o un romance. Su arte consiste en permitir la prolongación de los acercamientos, incluso de manera invisible. Subsistiendo a la soledad y a la distancia. Consintiendo afinidades y atendiendo a la receptividad. Haciendo todo lo posible por mantener el vínculo entre el pasante y su ciudad, aún en el tiempo literal. En su oda Heidelberg (1800) el gran poeta alemán Friedrich Hölderlin se acerca a su amada distante –poéticamente– a través del paisaje idílico de la ciudad de Heidelberg, erigida en el valle del río Neckar. “Una magia, como enviada por los Dioses, me cautivó / cuando pasaba por el puente / y mirando entre las montañas / me parecía encantadora la lejanía”. En esa lejanía que figura Frankfurt, al norte de Heidelberg, habitaba la musa del poeta Susette Gontard. La célebre Diotima moriría dos años más tarde, a los 33 años. Pero el peregrinaje amoroso y tormentoso de este letrado, cuya obra ocupa una posición autónoma entre el Clasicismo y el Romanticismo alemán, continuará en el interior de la Torre de Tubinga. Allí, permanecerán encerrados el pasante y su lejana ciudad desde 1807 hasta su muerte, en 1843.

No obstante, la lejanía “hölderlineana” sugiere también la vastedad y la coexistencia con lo esencial, características del pensamiento poético del Romanticismo. Tras el fracaso de la Revolución francesa (1789) y la ruptura con el racionalismo de la Ilustración los románticos alemanes regresan a la naturaleza, a la tradición y al mundo de los sentimientos, en busca de certidumbre, seguridad, y, no por último, de libertad nacional. Su paseo por Heidelberg es corto pero de largo aliento epistolar y efervescencia poética. Entre 1805-1808 Achim von Arnim y Clemens Brentano publican la Cornucopia del muchacho (Des Knaben Wunderhorn) en Heidelberg. En esta colección de canciones populares germanas –de la Edad Media al siglo XVIII– se pone de manifiesto no sólo el carácter romántico de dicho proyecto. Revela también su función política, que busca enaltecer el espíritu nacional. Del mismo modo se puede interpretar el ejercicio bucólico en la poesía de Joseph von Eichendorff, esa extrañeza inquietante en el paisaje –casi siempre nocturno o de plenilunio– acompañado de anhelos de juventud y gran nostalgia. Tal ejercicio sugiere por un lado, la separación del terruño natal y, por el otro, una creciente sensación de alienación, asombrosamente visionaria. Sí, también pesimista. Pienso en los últimos versos de la Canción matutina (Morgenlied) de Eichendorff: “Nunca más podrá salir el hombre / de este mundo de bufones”. Pero a pesar de todo, el pasante no abandona nunca su “ciudad”, ni en el arribo ni en la salida. Luego de su encuentro amoroso con la señora Marianne von Willemer en 1815, Goethe parte de Heidelberg. Condenado al sigilo. Pero en su Diván de oriente y occidente (1819-1827) el poeta continúa de paseo por los jardines de la ruina del castillo de Heidelberg, enamorado de su musa Suleika  (Marianne), la esposa de su amigo, el banquero Jacob von Willemer. “Mi idilio se desmorona entre la música, la jurisprudencia y la poesía”, así formula el estudiante de derecho Robert Schumann su decisión de seguir para siempre el camino de la música, en una carta enviada a su madre desde Heidelberg, en el verano de 1830.

Realmente, ninguno de estos hombres tiene un camino a seguir, tampoco una ciudad que abandonar, porque desde el principio estaban ahí. Afirmo lo anterior parafraseando a Marina Zwetajeva en su ensayo Poetas con historia y Poetas sin historia (1930), quien considera al joven ruso Ossip Mandelstam de 1908 paradigma de aquellos poetas que no tienen ningún camino, ya que desde que nacieron vivían en poesía.

Semper apertus

La Universidad Ruperto Carola de Heidelberg fundada en 1386, la más antigua del país, sigue siendo destino de almas inquietas y soñadoras. Su lema semper apertus (“siempre abierto”), escogido por su primer rector Marsilius von Inghen, hace referencia al libro del conocimiento. Alude también a la Biblioteca de la Universidad, tan antigua como ésta, siempre abierta a la escritura, a la investigación y a los amantes de libros; morada de exquisitas colecciones de libros medievales que conforman la famosa Bibliotheca Palatina. ¿El laberinto de libros imaginado por Jorge Luis Borges? ¡Quizás! La Biblioteca de la Universidad se encuentra actualmente en un edificio de arquitectura renacentista con elementos del Jugendstil construido en 1905. Decir que el aura de esta obra se debe a la fantástica combinación de ficción y realidad, tradición y modernidad no es suficiente pero da una impresión.

En 1909 se matricula el joven Ossip Mandelstam en la Universidad de Heidelberg para estudiar filosofía, en un tiempo en el que la Universidad de San Petersburgo, Rusia discriminaba a los judíos; sólo un 3% de los estudiantes podía ser judío. En Heidelberg, en cambio, reinaba un espíritu liberal, abierto a los debates. Max Weber, autor del famoso estudio “La ética del protestantismo y el espíritu capitalista” (1905), marcó la pauta dentro del milieu intelectual de esa época. El “Salón de té dominical” de los Webers, en su mansión “Fallenstein”, frente al Neckar, acogió intelectuales de la talla de Georg von Lukàcs, Ernst Bloch, Walter Benjamin, Karl Jaspers, Alfred Weber, su hermano, y más tarde Hannah Arendt. Por la red de callejuelas empedradas, unas angostas, pocas anguladas, circulaban ingeniosos, entusiastas y desesperanzados. “Mi fantasía trabajaba… estudiaba, escribía como una loca… me decidí por la escritura”, así comenta Netty Reinling el nacimiento de la escritora “Anna Seghers” en Heidelberg. A su tesis doctoral El judío y el judaísmo en la obra de Rembrandt (1924) le siguió su primera novela Los compañeros, publicada en 1932 durante su exilio mejicano. En la Biblioteca de la Universidad se encontraba también Walter Benjamin –entre 1921 y 1922– pensando en su Angelus Novus pero también en su amada de la juventud Jula Cohn. Ella vivía en Heidelberg y era amiga del editor de los Argonautas, la revista del Expresionismo literario, con quien Benjamin tenía planes editoriales. Sin embargo, el Angelus Novus –que no podía ni podrá cerrar sus alas– abandonará la ciudad sin concretar sus planes. Continuará en medio de la tormenta, que ya se avecinaba, por el empedrado de la historia. Y podría seguir contando, aquí, otras historias de amor y de sublimación, de confusión y de separación, de aprendizaje y de amistad, como las de Hannah Arendt, Martin Heidegger y Karl Jaspers en Heidelberg. Por ahora, sólo fragmentos y una muestra de poesía coetánea.

Poetas en Heidelberg

En cada poeta anda una ciudad. Poblada y despoblada. Independientemente de si la atraviesa el Neckar o no, sus casas, calles y árboles siempre están en movimiento. Vive en penumbra puesto que es noche y luz al mismo tiempo. La ciudad del poeta es poderosamente desconcertante. En ella no hay espacio para certezas definitivas. Dice e insiste Rafael Cadenas (Caracas, 1930): “La palabra no es el sitio del resplandor, / pero insistimos, / insistimos, nadie sabe por qué.”

Una “viña” figura la urbe del poeta suizo Ralph Dutli (1954) quien vive en Heidelberg desde hace 18 años. La poesía de este estudioso y traductor de la obra completa de Ossip Mandelstam al alemán se despliega cual cepa, trepa y se enrosca a su antojo. Intentar distraerla o encarrilarla es una acción en vano. Su poemario, un diálogo con Novalis en la viña (Novalis im Weinberg, 2005), lo confirma: “la poesía en sí es una viña / ¿has escuchado hablar alguna vez sobre la poda de la cepa? / Es tan difícil de podar como la poesía”. Porfía, se enrolla, garabatea, cuelga y se balancea. En la biblioteca del poeta aparece “esa desvergonzada / súbita explosión, / ante hojas revueltas”, y, cual (Biblioteca) “Palatina verde / brota de los zarcillos de la vid. / Millones de libros / se deslizan de los anaqueles”. La viña de Ralph Dutli se desborda de poesía.

Asimismo, en el poemario El Libro de pueblos (Das Buch der Dörfer, 2014) de Hans Thill  (1954) se alza un mapa de poemas neptúnicos. La poesía misma configura y aviva el pueblo del poeta. Cada pueblo es el próximo, el que le sigue. Una calle, digamos, el zaguán, pasa por una sola comarca. “El tiempo es estable como un mueble”, y, en tiempo de lluvia, llueve. Se escuchan conversaciones de niños casi ancianos y viceversa. La infancia se reconoce por sus tejados blandos. La vejez es una vieja que habla alto sobre cosas atrevidas. Mujeres en delantales, obreros, damnificados y soldados rechinan los dientes, quitan y ponen. Entre Francia y Alemania se mece una comarca gramatical. “EL PRÓXIMO PUEBLO se columpia suavemente en la melodía del dialecto del pueblo vecino”. Pura historia de vecinos, pero al fin y al cabo historia. Sedimentos poéticos. El Libro de pueblos de Hans Thill es un exquisito hilvanado onírico. Un compaginado de caseríos textualmente alados e increpados, neuronales y traviesos, valientes y pacientes. Sobre hierbas floridas y vallas eléctricas se llega al mar. Pero cuando el corazón se queda solo, como una casa abandonada, el aldeano regresa al pueblo. “EL PRÓXIMO PUEBLO, una plaza vacía, se llena rápido de pensamientos. Ya de por sí toda la gente se había ido.” Y el poema sigue aconteciendo.