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Poda, de Andrés Eloy

Andrés Eloy Blanco

Andrés Eloy Blanco

Quizás es el libro más leído entre los venezolanos que nacieron entre 1940 y 1960. Por lo menos, debe ser el libro más celebrado

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En 1934, un año antes de la muerte de Juan Vicente Gómez, Andrés Eloy Blanco (1896-1955) publica por la editorial Élite de Caracas la primera tirada de su libro Poda. Saldo de poemas, 1923-1928. (1) Como lo indican su título y el prólogo, sobreviven por su propia mano, textos escritos entre los 27 y los 32 años de su edad. Poemas juveniles, por el ritmo y el colorido, a tono con cierto concepto de lo latinoamericano como territorio mágico y musculoso, derivación de una historia de colosales viajes e hibridaciones (de razas, lenguas y costumbres) en busca de un equilibrio que permitiera dejar atrás la versión sangrienta de lo que había sido, hasta hace pocos años, nuestro devenir como continente y de Venezuela como país. Eso se deja sentir en el aire épico, risueño e inocente del Canto a España, en Coquivacoa y en El río de las siete estrellas. También en la reivindicación del abuelo indiano en el poema Iraida Regina Blanco o en el tono literario y familiar de su Carta a Udón Pérez. Este aire de inocencia no es casual, sino algo más bien sabiamente elaborado. En todo el sustrato del libro se respira una atmósfera al mismo tiempo íntima y épica, como corresponde al proyecto ético y político que confluía en Andrés Eloy, a tono con los tiempos de nuestra prehistoria democrática, a la cual quiso y supo cantar.

Y este carácter democrático, a la manera epifánica de Walt Whitman, atraviesa todas las páginas del libro, en un lenguaje que no aspira a grandes rebuscamientos ni a estilizadas construcciones metafóricas. Quizás por ello sea Poda el libro más leído entre los venezolanos que hemos nacido entre 1940 y 1960. Por lo menos, debe ser el libro más celebrado. Algunos títulos contenidos allí, seguramente figuran entre los más conocidos de la extensa y profunda historia literaria del país, si tomamos en cuenta algunas consideraciones.

La primera de ellas es su calidad y la fibra de la cultura venezolana que ellos tocan. El segundo aspecto es el reconocimiento y la difusión de la figura y la obra política y literaria de su autor quien, como todos sabemos, llegó a ser Presidente de la Asamblea Nacional Constituyente entre 1946 y 1947. Por lo tanto, y como era de suponer, sus discursos y su figura fueron objeto de una profusa difusión radial. La tercera circunstancia a favor de ese reconocimiento, y relacionado con lo anterior, fue la circulación masiva de muchos poemas contenidos en este libro, gracias al moderno invento del vinilo y del tocadiscos, desde donde varias generaciones hemos oído la trémula y cascada voz de Andrés Eloy. Estas plataformas tecnológicas fueron de suma importancia para el logro del reconocimiento del poeta cumanés, si tomamos en cuenta que supo atender la curiosidad y el talante poético de una muchedumbre de venezolanos que no dominaban en absoluto (o lo hacían con precariedad) la tecnología de la lectura. Así, Poda disfruta de la extraña condición de ser uno de los pocos libros venezolanos (si no el único) en haber sido difundido desde la oralidad y desde la escritura, resumiendo en esta característica a los dos países en los que se mueve su obra: entre una premodernidad que no lee y una modernidad que comienza a leerse a sí misma. Allí vibran aún varios poemas que han sabido sobrevivir al paso del tiempo y de las generaciones: Canto a España, El limonero del Señor, La vaca blanca, La renuncia, El dulce mal. Además, Poda es uno de los libros de poesía escrita en Venezuela más vendidos y editados dentro y fuera del país. (2) Pocos podrán negar la presencia de este libro en el imaginario venezolano. Así, por ejemplo, hasta hace pocos años resultaba de lo más normal, media hora antes de Año Nuevo, escuchar al poeta Andrés Eloy Blanco recitar, en Radio Rumbos, Las uvas del tiempo. La persistencia de estos títulos en el imaginario colectivo rebasa en mucho la explicación peregrina acerca del tamaño, grosor y espesura de la figura de su autor.

Si bien figuran allí los poemas señalados en el párrafo anterior, uno solo, Las uvas del tiempo, bastaría para salvar el volumen. Con su sonoridad clásica y su confesa pertenencia a una tradición que llega hasta Fray Luis de León, da continuidad también a la rutina del exilio de nuestros poetas, que en Venezuela quiere decir tanto como el Andrés Bello de sus últimos días, como bien lo refleja la carta escrita a su hermano Carlos en 1846, o el Juan Antonio Pérez Bonalde de Vuelta a la patria. Varios autores han señalado acertadamente la simpatía que siempre sintió el cumanés por el poeta caraqueño. Tanto así, que es Andrés Eloy quien le rinde homenaje en un discurso al momento del traslado de sus restos al Panteón Nacional, en 1946. En dicho discurso declara, en la primera línea, que Venezuela está impregnada de una “mística telúrica, donde no es posible separar las andanzas del ser de las andanzas del suelo”, (3) asuntos acerca de los cuales Andrés Eloy Blanco supo con mucha y venezolana ternura. Esta unión de las andanzas del ser y las andanzas del suelo, que también puede leerse como añoranza por el origen y por la patria convertidas ahora en una sola circunstancia, tiene su antecedente inmediato, precisamente, en el poema Vuelta a la patria.

Transformado por el uso en un tópico y en una retórica, la ausencia del país se relee en Las uvas del tiempo en clave ya modernista. Versos blancos de largo aliento conviven con versos de arte menor, que así le imprimen un ritmo de vaivén entre la nostalgia y la tristeza, a tono con un poema que es recuerdo de paraíso perdido en medio de la gran ciudad histérica. Un paraíso premoderno y pueblerino, de la Cumaná de finales del siglo XIX, extraviado para siempre en el desastre de una ciudad moderna del siglo XX, una Madrid ajena, distante y europea. Y desde allí, desde la gran urbe, la nostalgia por el hogar de la infancia, el vehemente canto al recuerdo del detalle menor, que a la distancia se convierte en desgarradura. La casa es una edificación en el espacio y también presencia absoluta gracias a las personas que la habitan en el recuerdo: “Y el beso familiar a medianoche:/ - La bendición, mi madre…/ —Que el Señor te proteja.../ Y después, en el claro comedor, la familia/ congregada para la cena,/ con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado,/ y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa./ ¡Madre, cómo son ácidas/ las uvas de la ausencia!” (p. 145).

Y luego el espacio físico, tema recurrente en casi toda la poesía venezolana, pues la casa de la infancia es el paraíso perdido, lo único que permanece inmutable ante los avances destructivos de nuestra particular y venezolana modernidad: “¡Mi casona oriental! aquella casa/ con claustros coloniales, portón y enredaderas,/ el molino de viento y los granados,/ los grandes libros de la biblioteca,/ -mis libros preferidos: tres tomos con imágenes/ que hablaban de los Reinos de la Naturaleza-/ Al lado, el gran corral, donde parece/ que hay dinero enterrado desde la Independencia,/ el corral con guayabos y almendros,/ el corral con peonías y cerezas/ y el gran parral que daba todo el año/ uvas más dulces que la miel de las abejas!// Bajo el parral hay un estanque,/ un baño en ese estanque sabe a Grecia…” (p. 121-122).

Mucho de la poesía de Andrés Eloy Blanco está presente ya como germen en Poda. Continuó desarrollándose atendiendo a la clave de esa encrucijada entre las andanzas del ser y las andanzas del suelo. Este afán por el detalle nacional y la resonancia de la versificación y el ritmo del clasicismo español es característica que comparte con sus compañeros de 1918. Fue el mecanismo mediante el cual Andrés Eloy y su generación lograron ponerse al día con la modernidad occidental. Atento a la oralidad de su pueblo y al brillo de su idioma, Andrés Eloy Blanco inaugura y culmina con Poda una manera de sentir la patria desde una intelectualidad militante y nada académica. Fiel a una ética intelectual, Poda continuará siendo una bisagra entre las dos formas de país (premoderna y moderna) y entre dos maneras de asumir su historia.

En el prólogo del libro, Andrés Eloy reclama un romanticismo. Pero el que aspira Andrés es aquel en su vertiente conservadora, la que huye de todo esteticismo foráneo a su lengua, lo que lo emparenta con un amplio arco de poetas del siglo xx venezolano que se inicia con Udón Pérez y continúa con Miguel Ramón Utrera, para nombrar solamente a dos poetas que le son cercanos. El cumanés elabora una declaración de principios que no sólo se encuentra en Poda, sino también en el resto de su obra. Como buen romántico latinoamericano, anhela la nombradía de lo local y la Utopía: “Para mañana, seguiré esperando. No sé cuál será mi tono final. Aspiro a saludar al poeta castellano de América, que sepa derivarse de las necesidades de su ambiente, que sea trasunto lírico de la América por encontrar. Aspiro a verle, desvestido de ropajes prestados por culturas lejanas. Mientras tanto, yo estaré con todos y conmigo, al acecho de la nueva distancia” (p. 11).

Libro ausente de las tradiciones francesa y alemana, que tanto peso tuvieron entre sus contemporáneos, Poda luce extraño en el escenario de nuestra poesía. Como poemario es también expresión de una manera de convivir con esa modernidad de la que huye. Quizás por ello, la crítica le ha prestado poca atención, entretenida como ha andado en reducir la obra de Andrés Eloy a la de un hombre de la política prestado a la poesía, sin entender la dimensión de las múltiples labores que eran comunes en la conformación de la intelectualidad latinoamericana de la época, hacedores de campos culturales y de espacios políticos como lo demandaba el período de construcción de la nacionalidad moderna. O cuando no se le compara con algún otro poeta que integra el ya cansino canon de nuestra modernidad. En efecto, escrito a contrapelo de las novedosas visiones estéticas de su tiempo, Poda resulta ser una de las mejores expresiones de su momento histórico. A medio camino entre la oralidad y la escritura, entre lo nacional y lo universal, fiel a la sonoridad clásica sin abandonar en absoluto el acento venezolano, Poda continuará siendo un astro solitario de nuestra poesía y siempre habrá un tiempo para volver a leerlo. Con la misma pasión y con el mismo amor con el que fue escrito.

 

Notas:

1 Para efectos de esta nota, hemos utilizado la edición de Poda de la Editorial Cordillera, Caracas, 1960. Cabe señalar que unas líneas en la página tres anuncian un tiraje de 600.000 ejemplares.

2 Del fichero de la Biblioteca Nacional, además de la usada para esta nota, anotamos las siguientes ediciones de Poda, con numerosas reimpresiones: Caracas, Élite, 1934; México, Editorial Yocoima, 1958; Caracas, Venediciones, 1971; Caracas, Bloque De Armas, 1984; Caracas, Eduven, 2001.

3 En: Reloj de piedra y discursos. Caracas: Cordillera, 1947, p. 146.