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Desde otro Planeta/ VI

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Los mitos y los sueños

He hablado de Venezuela como Alderaan: el pacífico planeta donde creció la Princesa Leia y que al principio de Star Wars: A New Hope ella ve estallar desde una ventana a la que la conduce, con elegante crueldad, su padre, Darth Vader. He pensado en la compra hostil de medios de comunicación en Venezuela como una parodia de The Invasion of Body Snatchers, una vieja película en la que los invasores extraterrestres ocupan los cuerpos de los terrícolas y los despojan de toda capacidad de pensar y de sentir. He recordado a mis amigos escritores y artistas a diario, imaginándolos sobrevivir en ese paisaje de barbarie desatada como islas vivas de civilización, que resguardan en sus memorias el patrimonio cultural para cuando pueda reverdecer, como en Fahrenheit 451.  

Insisto en usar imágenes de la ciencia ficción para explicar y explicarme lo que le pasa a Venezuela. Pero también suelo recurrir a antiguos mitos para manejar el drama de mi país perdido. Me digo que a partir de la emigración reemplacé con mi complejo de Noé –el deseo de construir un arca para salvar del cataclismo a los seres más valiosos- lo que tuve durante mis últimos años viviendo y escribiendo allá: mi síndrome de Casandra, la terrible sensación de ver venir a las desgracias sin la capacidad de prevenir a los demás. Y más recientemente me he visto incurriendo en el error de la mujer de Lot: el quedarme petrificado por voltear a mirar la ciudad en llamas de la que escapé. 

No es casualidad que mi memoria haya convocado precisamente esas referencias: todas ellas tienen en común el tema del fin del mundo. De la ciudad, de lo conocido. Sin que se pueda evitar, además. Leia y Casandra contemplan impotentes la aniquilación de la urbe en la que se criaron; Noé, Lot y los memoriosos poetas de Fahrenheit 451 pagaron con soledad y con tristeza la carga de sobrevivir a una transformación que los supera y que ha vuelto irreconocible su universo anterior. Todos ellos rumian el dolor de ver cómo las advertencias fueron desoídas, cómo la muchedumbre avanzó jubilosa hacia el precipicio bajo los clarines de la soberbia y de la irracionalidad.

Esos mitos, viejos y recientes, conviven en mi revuelto espíritu con los sueños. Tengo tres clases de pesadillas, dormido y despierto. Las que cuentan cosas que pudieron habernos pasado y no nos pasaron. Las que cuentan cosas que pudieran pasarnos si volvemos. Las que cuentan cosas que pudieran pasarle a quienes dejamos atrás. De todas me cuesta escribir. De muchas de ellas me niego a hablarle a mi esposa: ya ella tiene bastante con las suyas. En todas campea una violencia orgullosa de sí misma, y ocurren en el mismo escenario: un país que me ha dado tanto las mayores alegrías como los mayores espantos. Y que es hoy una irrealidad. Una nube de recuerdos en los que abunda tanto la idealización como el trauma. Una presencia intangible pero permanente que se me atraviesa ante el paisaje canadiense como una lesión de la vista.