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Desde Otro Planeta / VIII

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Venezuela

¿Cómo hablar de esto? ¿Cómo escribir de esto?

No olvido. Me esfuerzo por no olvidar. Recuerdo.

Recuerdo cuando Harrys Salswach me advirtió que también podía pasar que ellos ganaran. Cuando Ricardo Sucre me dijo que esa Venezuela amable en la que nos criamos no volverá. Cuando Harry Czechowicz me explicó que reemplazaron la República de Venezuela por otro país, la República Bolivariana de Venezuela, con nosotros dentro.

Mientras recuerdo, me hago preguntas. Entre ellas, ¿agradeceremos alguna vez al chavismo el habernos dado el pretexto para decidirnos a emigrar? ¿Lo hubiéramos hecho sin Chávez?

“Canadiense de origen venezolano”. Es el epíteto políticamente correcto que adquiriré para mí, junto con mi esposa y mi hija, si nos establecemos aquí.¿Hasta qué punto podremos romper con Venezuela? ¿Hasta qué punto querremos hacerlo? No romperemos con personas, sabores, recuerdos, trozos de la cultura que nos crió. Puede que sí lo hagamos con lo colectivo, que es más abstracto. Lo cual pone en problema también la naturaleza del vínculo con un país, de la pertenencia. O la sensación, la ilusión de pertenencia. ¿Uno realmente pertenece a un país, o solo a los nexos inmediatos, individuales, que uno adquiere en él? Y por otro lado, ¿cuán nacional puede ser el vínculo con un país en el que justamente cuesta tanto sentirse parte de un colectivo y respetar la existencia y los derechos de los otros?

Cada vez que me preguntan de dónde son, uso el pronombre posesivo, “de Venezuela”. Y pienso cuán unilateral ha terminado siendo ese vínculo. Uno es de un país; el país no es de uno. Definitivamente, Venezuela no es nuestra. Nunca lo fue, quizás. Nosotros somos de ella. O éramos.

Hace unos años nos fueron cercando otras preguntas. Una de ellas: ¿somos parte de esto? El que se hiciera reincidente la respuesta negativa a esa pregunta nos hizo emigrar. No somos parte de lo que terminó siendo Venezuela. De esa enfermedad mental de proporciones epidémicas. De ese criminal desperdicio de recursos, talentos y vidas enteras.

Queda por resolver el enigma de si en realidad fuimos parte de la Venezuela anterior. Si es que esa “Venezuela anterior” era en verdad otra Venezuela, y no simplemente una versión light del pasado. Lo que el chavismo despertó ya estaba en ella; la Historia lo dice. Y es fácil idealizar al país en el que tuviste una buena infancia.

No obstante la naturaleza de esas dudas, cómo duele, esto.

Yo pensaba antes de irme que emigrar era como divorciarse. “Te amo, de algún modo siempre te amaré, pero no puedo seguir viviendo contigo y sé que lo que queríamos hacer juntos no ocurrirá jamás”. Pero es peor. He contado ya que una frase que no olvido nunca es la que le dijo a otra amiga caraqueña su esposo norirlandés, él también un inmigrante; él llegó a Estados Unidos 30 años atrás, ella el año pasado. Él le dijo: “You are not only missing your country; you are also grieving for it”. “No solo añoras tu país, estás viviendo un duelo por él”. Y es así. Los países no se mueren. Pero pueden cambiar hasta el punto en que percibas que el nuevo mató al viejo. Que el viejo país que añoras no volverá a existir.