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Desde Otro Planeta / IV

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La encrucijada de los tres idiomas

Física, geográficamente, Montreal es una isla. El río San Lorenzo se abre en su camino al Océano Atlántico y abraza una porción de tierra con forma de boomerang y medio millar de kilómetros cuadrados, la mitad de la superficie de Margarita. Es la isla de agua dulce más poblada en todo el planeta. Aquí las gaviotas se pelean las migajas de bagel con las ardillas y las palomas, y la gente que vive en los americanizados suburbios del sur debe cruzar cada día el ventarrón fluvial sobre viejos puentes que ya casi no aguantan tantos automóviles.

Pero Montreal (Montréal en francés, con la t hundida delante del rasgado de la r) es también una isla cultural. Solo hay una ciudad francófona en el mundo más grande que ésta: París. Montreal es la segunda ciudad de Canadá y la metrópoli de Quebec: una provincia con1,5 veces el tamaño de Venezuela y casi ocho millones de habitantes, la mayoría hablantes exclusivos de francés.

Canadá nació en Quebec. Los franceses establecieron aquí la primera sociedad colonial y organizaron el negocio de las pieles que dio vida a este país. Pero luego los ingleses ganaron la guerra, en la segunda mitad del siglo XVIII. Desde entonces, los descendientes de esos parisinos y borgoñones que se enfrentaron al invierno y a la hostilidad nativa se las han arreglado para mantener viva su lengua rodeados, durante tres siglos, de un océano de inglés, el del resto de Canadá y el de Estados Unidos. La “revolución tranquila” de los 60 y 70 apartó a los anglófonos de los negocios y a la iglesia católica del control social. Quebec emprendió en pocos años y sin apenas derramamiento de sangre las reformas que en América Latina costaron muchas décadas y guerras civiles. Pero la modernización resucitó al secesionismo y creó una política de centroizquierda que tiene a la defensa del francés como un rasgo central.

Aquí, los restaurantes no pueden decir que tienen pasta en el menú, sino pâtes. El francés es lengua oficial y predominante (no única), por ley. Lo cual significa que los inmigrantes que acepta Quebec deben saber francés para pasar la entrevista de selección y para insertarse en el mercado laboral. Sus hijos solo pueden obtener educación en francés en las escuelas públicas. Si ese inmigrante es un escritor venezolano cuya segunda lengua es el inglés, debe luchar con el francés de aquí, no con el que aprendió en la Alianza Francesa de Caracas. Debe tratar de entender el joual, el francés de la calle. Y debe por ejemplo enfrentar situaciones como salir de la clase de francés para hablar con una radio en inglés sobre Venezuela. O leerle a su hija cuentos en los tres idiomas. Las tres lenguas aparecen en los sueños y en las angustias. En los emails y en la conversación diaria. Las tres se pelean por su atención y adelgazan su sensación de identidad individual. Y le hacen ver que está en una encrucijada, con caminos que llevan a horizontes diferentes.