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Piedad Bonnett: La enfermedad como secreto de la vida

La escritora Piedad Bonnett | Manuel Sardá

La escritora Piedad Bonnett | Manuel Sardá

En el referente central del libro "Lo que no tienen nombre" es el hijo querido de una madre se suicida

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Si es difícil escribir sobre lo que no tiene nombre, qué podría intentar una reseña si no es escribir blanco sobre blanco, como diría Eugénio de Andrade, si no es agregar transparencia a la transparencia. Este libro inclasificable, que rehúye de los géneros, que no es ni novela ni diario ni testimonio, pero también todo a la vez, es el ejercicio de crear extrañamiento frente a lo que no puede ser extrañado, es la tentativa de reconfigurarse frente a una criatura que se desfigura, es la apuesta de trastocar el dolor en belleza cuando todo no puede ser más que dolor: íntimo e intransmisible dolor.

La literatura, en este caso, acomete una operación que parece imposible: hacer que la desolación se vuelva senda de comprensión, convertir la tristeza en un espejo de aprendizajes, pensar que la dimensión de lo irredimible nos puede ofrecer algunos dones. Y vuelvo a una frase del gran López Pedraza: la psique evoluciona en función del dolor. Por supuesto que no se trata de suscitarlo, de provocarlo, sino de entender que cuando llega o acaece las lecciones de vida son mayores, deben ser mayores, si queremos obtener algo distinto a la muerte. La condición humana, me parece, reside en todas aquellas tentativas que nos acercan a la vida, esto es, a la significación, a la reinterpretación, pues nada hacemos en el territorio de lo que cesa, de lo que acaba, de lo que cierra el sentido para siempre. Piedad Bonnett ha intentado hallar, ni más ni menos, significación en lo que cesa: lo que ya de por sí es una aventura imposible, condenada de antemano. Este es un libro de la imposibilidad, de las imposibilidades y, sin embargo, ser consciente de ello ya nos trae algo de redención. Vivir es también, de alguna manera, ser consciente de los límites.

He tenido la sensación, cómo explicarlo, de que este libro no ha sido escrito. Antes bien ha sido respirado, digerido, sentido. Está hecho con pura organicidad, con pálpitos, con latidos discontinuos. La escritura es la de fragmentos sucesivos, cortos, como fotogramas. No importa la secuencia, el hilo narrativo, la trama; lo que importa son las imágenes, los chispazos de memoria, y esa especie de voz que todo lo enlaza. Voz dubitativa, apagada, adolorida, insegura. Podemos entender que los fragmentos sean breves; lo son porque el relato no es continuo sino espasmódico, aleatorio. Pasado y presente, incluso futuro, forman parte de una sola nebulosa expresiva, de la que se toman algunos rizos y otros se abandonan. Pero insisto: la brevedad parece ser una respuesta de la respiración, o del ahogo, o del naufragio. Hay inspiración y expiración: se sabe cuando las palabras son fruto del aire que se expide o del que se recoge. Las palabras son colocadas o retiradas como por raptos, aciertos o dudas. Escritura de la indecisión. Quien narra o expone los hechos sabe que lo hace con una mengua permanente de sentido. La significación es siempre aproximada: apenas nos quedamos con retazos, con pinceladas.

En el referente central de este libro, el hijo querido de una madre se suicida. Pero obviamente el libro es otra cosa. Y diría que, antes que nada, es gran literatura. Literatura que se beneficia de la literatura, porque buena parte del refugio emocional pasa por citas, pensamientos, fragmentos, de grandes escritores o pensadores. Me interesa sobre todo la voz de la narradora: desde dónde habla o se sitúa. La autora se desdobla en una versión de sí misma. Es Piedad pero, a la vez, no es Piedad. Hay una Piedad madre que es protagonista, personaje, y hay otra Piedad que es narradora. Me explico: Piedad narradora ve a Piedad madre. La ve sufrir, pensar, esperanzarse, pero sin nunca abandonar su rol de narradora. Y la narradora es objetiva, ecuánime, incluso fría. Quiere que el sufrimiento esté en otra parte, en la Piedad madre, por ejemplo, como también en el padre, las hermanas o los amigos. Ese desdoblamiento es un logro importante, porque al fin y al cabo es lo que ha permitido la escritura de este libro. Sin esa diferenciación entre madre y escritora, este esfuerzo no llega a ninguna orilla.

Gran moraleja: la escritura ha sido un bálsamo mayor que cualquier otro: llámese velatorio, entierro, homenajes, recuerdos. ¿Qué queda de los seres cuando orgánicamente desaparecen? –es una de las preguntas que el libro se hace. Pues queda el reflejo o la impronta que han dejado en los otros. Y ese es el patrimonio personalísimo que la Piedad narradora deja en las manos de la Piedad madre, como si fuera un acto de transmisión, o más bien un gesto de transfusión. Los cuerpos que se disuelven han querido perseverar en la piedra, o en las lápidas o en los cementerios, quizás por creer que la piedra es la más perdurable forma de la materia, aquélla que nos antecede en las conformaciones planetarias pero también aquélla que nos sucede. En vez de piedra, esa figura entrañable llamada Dani, el hijo adorado por sus padres, perdurará por las imágenes o estampas que han quedado sembradas en la memoria de sus fieles parientes. No hay mácula en ese trance de vida –a pesar de los tormentos, a pesar de las desgracias– porque esa criatura sólo añoró perseveraren sí mismo, ser igual a los demás, abrazar este misterio fatuo o trascendente que damos por llamar vida.

Quisiera cerrar estas líneas pensando no en el hijo Dany, que no conocí, pero sí en el personaje Dany, que sí es enteramente mío, como lo puede ser un personaje entrañable de novela. Este Dany me conmueve, por sus ganas de perseverar, por su hambre de vida, por el innegable talento que tiene. El lector lo acompaña, lo comprende; sufre con él, ríe con él, duerme con él. Ese sufrimiento suyo lo hacemos nuestro desde las primeras líneas, hasta que sus dimensiones se hacen inconmensurables y la finitud se eleva como una resolución inaplazable. Tanto vivió Dany en función de los otros, tanto quiso la comprensión y el reconocimiento, tanto esperaba de la esquiva vida, que quiso ocultar su enfermedad hasta lo más hondo de sí y lidiar con ella en secreto. Con ello confiaba en no alterar la paz de sus semejantes, pues bien sabemos cómo huimos de aquellas enfermedades que nos acercan al sinsentido, que es como decir la locura. Las llamas que por dentro llevaba, que lo quemaban a diario, las reservó para sí. Este infierno es mío, se habrá dicho en algún momento, y hacia fuera cielo y más cielo, o risa y más risa. Si esto no es cordura, sana cordura; si el sacrificio por los otros no es el más elevado de los dones; preguntémonos entonces cuál será. Humano, demasiado humano, se me antoja el personaje que acaba con su vida para no turbar la vida de los demás. No tener nombre para que los demás sí lo tengan es el gran legado que nos deja un libro escrito por una madre cuyo hijo supo querer la vida más allá de las propias limitaciones que la vida le impuso. Que las letras de este testimonio liberen su memoria y llegue hasta nosotros es el mejor regalo que podemos darle.