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Petronio y la picaresca en la menor

El Satiricón | Foto cortesía

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La expresión “una mano lava a la otra”,  (manus lavat manum, en latín), de aplicación universal en la política de nuestros días y de manera especial frente a la traición consumada, apareció, por vez primera, en El Satiricón de Caius Petronius Arbiter a comienzos de los años 60 de nuestra era. Petronio fue uno de los hombres que mayor influencia ejercieron sobre el Emperador Nerón.

Fuera de las líneas que le dedica el historiador Tácito en los Anales, es poco lo que nos ha llegado de Petronio. Conocemos que nació en una ciudad que  correspondería a lo que sería hoy Marsella; que fue mecido en buena cuna, que emuló a Cicerón como prosista y a Ovidio como poeta y que  recibió de manos de Nerón el título de árbitro de la elegancia. Una dignidad semejante no había sido conferida a nadie, pero habrá que aclarar que la elegancia descrita en el decreto, no hacía referencia a la calidad de la vestimenta, ni a la elevación de sus costumbres, o al esplendor de sus banquetes o  a su estilo de vida, sino a su ingenio para expresar ante el Emperador lo que le interesaba saber y su  habilidad para reflejar en palabras  aquello que  pudiera servir de entretenimiento al Emperador. Dado el talante de Nerón, esto suponía como condimento una gran dosis de adulación que Petronio acertó a poner  al servicio de la política y del gobierno del Imperio  de una vez para siempre.

Sin embargo, esa brillantez que lo convirtió en un patricio romano, por ocupar las posiciones de procónsul y cónsul, no le hizo inmune a las intrigas intestinas de palacio. En una de ellas, en la conspiración de Pisón, fue acusado de traidor al Emperador y condenado, a resultas de ello, a muerte.

En la Roma de aquel tiempo, cuando un patricio era condenado a muerte se dejaba a su arbitrio hacerlo de propia mano. Previamente a estos acontecimientos, Petronio tenía listas las tablillas de cera en las que contaba las condiciones en que se encontraba el Imperio en razón de la claudicación de los valores, la avidez por las riquezas y la obsesión  por los placeres venales. Cuando  eligió la forma en que iba a suicidarse, convocó a sus amigos como si se trata de una fiesta y les manifestó que ya había enviado una lista a Nerón en la que enumeraba, uno por uno, los espantosos vicios que corroían el comportamiento imperial, haciéndole saber, además, que al poner fin a su vida, terminaba con el aburrimiento acumulado por haber tenido que escuchar durante tanto tiempo los versos y los  insustanciales chascarrillos de Nerón.

El Satiricón estuvo perdido durante tres siglos, hasta finales de la Edad Media, cuando se logró reunir en tres oportunidades diferentes una serie de fragmentos que podían leerse con la coherencia necesaria para tener una visión de conjunto de la obra. Me interesa señalar –más que resumir el argumento de la obra– que El Satiricón es un texto de referencia para latinistas, porque en el siglo XIII, cuando sobreviene la transformación del latín para dar paso a los idiomas romances: el francés, el italiano, el español y el rumano, el trasvase se llevó a cabo sobre la base coloquial del latín, tan bien registrado en la obra de Petronio. La razón de la vitalidad de un idioma que aprendían mal los esclavos contaminándolo aunque se convirtieran en libertos, el lenguaje del lumpen en lupanares y mercados, tratos y transacciones de cualquier género, se expandió como una mancha de aceite entre quienes llevaban una existencia al límite dentro del imperio romano. Y eso es justamente lo que refleja, con admirable precisión, El Satiricón, que se convertiría, por lo que cuenta y el desenfado cómo lo hace, en la primera novela picaresca de la literatura universal.

En el 1996, tuve el privilegio de entrevistar a María Kodama en Buenos Aires. Esa entrevista, publicada en uno de los suplementos literarios de la época, fue recogida después en mi libro de ensayo, Los carnavales de la deconstrucción. Cuando, después de la entrevista, me condujo María Kodama a la que había sido la morada que compartió con Borges y dentro de ella, a la biblioteca del maestro, hubo un libro que me llamó la atención entre las escasas obras que pude ver en castellano. Se trataba de La conversión de la Magdalena de Malón de Chaide. En La Historia de la eternidad, Borges comienza, por cierto, esa monumental obra con una cita de Malón de Chaide.

–A este autor –comenté a María Kodama– atribuye el gran idiomático Azorín los tres versos más sonoros del idioma castellano:

Al cordero que mueve

 con el cándido pie

 el dorado asiento, –recité–.

Pero ella puso en mi mano un tomo en francés de un escritor francés llamado Marcel Schwob, titulado Vidas imaginarias.

–Este es uno de los libros que Borges más pedía que le leyeran y creo que uno de los que mayor influencia ejercieron sobre esa combinación entre lo real y lo imaginario con que Borges escribió sus cuentos.

Leí algún tiempo después Vidas imaginarias en una traducción castellana, hecha dentro de una literalidad que restaba brillantez al texto original. Pero no dejé de advertir  que el capítulo que Schwob dedica justamente al protagonista de esta nota de hoy, a Petronio, la peculiar manera cómo lo describe. Los primeros tiempos de Petronio, los resume Schwob, en una imagen que es, al mismo tiempo, un abarcador de su obra: “Creció en la idea de que el aire había sido perfumado exclusivamente para él”. Pinta a Petronio como un ser muy distinto al de  los Anales de Tácito, como un hombre contrahecho, de mirada oblicua –es decir, bizco– de piel morena al punto que podía pasar por alguno de aquellos esclavos traídos de regiones remotas, circunstancia que le serviría, para amistarse con un esclavo de nombre Siro, el cual disponía de una facundia  especial para contar las más inverosímiles historias sobre lo que ocurría en  muchas de las  provincias del Imperio.

Pasaron así los años, convirtiéndose uno en referencia del otro, Petronio del esclavo Siro y viceversa, hasta que un día, con la mudanza de los tiempos, Petronio informó al esclavo Siro que había recogido por escrito todas aquellas historias con ánimo de hacerlas públicas, porque no podían quedar entre ellos dos solamente.

Al esclavo Siro le parecieron otras sus historias que ahora le tocaba  leer y le propuso a su amigo que las vivieran, que se lanzaran a los caminos a reproducir lo escrito al límite, como si se tratara de un manual de costumbres. Así lo hicieron, hasta que el esclavo  encontró la muerte de mala manera.

Enrique Vila-Matas en su estupendo libro Bartleby y compañía, basado en lo que cuenta Schwob, clasifica a Petronio entre los escritores del NO, es decir, entre aquellos que en un momento determinado se negaron a seguir escribiendo, por razones distintas en cada caso. Nutualmente, hay que tener en cuenta que, tanto el interés de Borges como el de Vila-Mata resida tal vez en el hecho de que el escritor Marcel Schwob tomó algunos datos ciertos de la biografía de sus personajes, pero luego, a expensas de su imaginación, compuso la vida para cada uno de esos dos  amigos que les hubiera correspondido vivir. Están pues en la línea de lo que Cervantes hizo con Don Quijote, vivir de lo que había leído y en el caso de Petronio y Siro, de lo que habían escrito uno de lo que el otro contaba.

Ahora se está llevando cada vez más, ese género literario importante, conocido como Biopics, o pellizcos  biográficos, para componer historias sobre personajes que tienen tanto de imaginativo como de real. Es lo que están haciendo Emmanuel Carrére, el autor de Limonov y Svetlana Alexievich, la autora de Tiempo de segunda mano, vida sobre las ruinas del socialismo.

 “¿Y ahora, decidme, cuál es el oficio más difícil después del de las letras?” se lee en El Satiricón.

Pues bien, para alguien que puso a circular por escrito los resultados de la picaresca de su tiempo, adobada por la adulación al poder o a la política y dado como van las cosas en cualquiera de los hemisferios, creo que no estaría de más, volver la vista como hacen los hombres de letras con Aristóteles y Platón, a este prosista y poeta a quien hay que agradecer uno de los libros más expresivos  de la literatura universal, como lo es El Satiricón.