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Pérez Bonalde: Ese poeta nihilista

Juan Antonio Perez Bonalde | Coleccion Archivo El Nacional

Juan Antonio Perez Bonalde | Coleccion Archivo El Nacional

Muchas personas asociarán el nombre de Pérez Bonalde con una plaza o una estación del metro al oeste de nuestra ciudad capital. Algunos recordarán a un poeta estudiado en alguna lejana clase de literatura durante la secundaria, autor de "Vuelta a la Patria", un emotivo poema donde se ha querido ver reflejado el sentimiento patriótico y la identidad cultural del venezolano

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Muchas personas asociarán el nombre de Pérez Bonalde con una plaza o una estación del metro al oeste de nuestra ciudad capital. Algunos recordarán a un poeta estudiado en alguna lejana clase de literatura durante la secundaria, autor de "Vuelta a la Patria", un emotivo poema donde se ha querido ver reflejado el sentimiento patriótico y la identidad cultural del venezolano, especialmente la del caraqueño:

Caracas allí está; sus techos rojos,

su blanca torre, sus azules lomas

y su banda de tímidas palomas

hacen nublar de lágrimas mis ojos.

Sin embargo, muchos desconocen el verdadero valor de Juan Antonio Pérez Bonalde dentro de la literatura nacional; después de Andrés Bello, ha sido el mejor poeta que tuvo Venezuela durante el siglo XIX.

Lamentablemente, no podemos olvidar que el clima político del siglo pasado, con la cantidad de guerras, revoluciones y montoneras, desfavoreció a que prosperaran la literatura y el arte en nuestro país. Poetas como José Antonio Maitín y Abigaíl Lozano, predecesores de Pérez Bonalde dentro de la poesía romántica venezolana, no tenían grandes conocimientos de versificación castellana y tomaron como modelos a poetas españoles (Campoamor o Zorrilla), quienes no fueron precisamente los mejores autores románticos europeos. Sus poesías eran artificiosamente lacrimosas, cargadas de un sentimentalismo al que le faltaba autenticidad. "Canto Fúnebre" de Maitín no tiene la vitalidad ni la fuerza expresiva de "Flor" de Pérez Bonalde, la mejor elegía de la literatura romántica venezolana.

La obra de Pérez Bonalde la conforman dos poemarios, algunos poemas sueltos y traducciones poéticas, recopilados por la Biblioteca Popular Venezolana en 1947, bajo el auspicio del Ministerio de Educación. Si bien su obra lírica no fue muy extensa, la calidad artística de sus versos nunca fue igualada por los románticos venezolanos anteriores y contemporáneos a él. Además de la expresión auténtica de sus sentimientos, Pérez Bonalde supo dotar a sus poemas de un ritmo y una musicalidad extraordinarios; elementos que lo acercaron a movimientos literarios posteriores. Fue un adelantado para su época.

La patria es el exilio

En 1877 publicó Estrofas, poemario en el que se incluye "Vuelta a la Patria", obra que expresa dos sentimientos muy contrastantes: la alegría del desterrado por regresar a su tierra después de varios años de ausencia y el dolor por la muerte de su madre, ocurrida durante su exilio. Como se ha dicho anteriormente, esta obra ha sido vista como la máxima expresión del sentimiento patriótico, con lo que se pierde su verdadero sentido. El concepto de patria evoluciona a medida que se desarrollan los versos. Al principio, la patria es Venezuela; después, se restringe a Caracas, su ciudad natal a la que quiso profundamente. Sorpresivamente, el significado de patria cambia y se transforma en la madre fallecida, a la que no pudo acompañar en su agonía por causa de su destierro; dolorosamente, la pérdida de su madre significa para él ser un eterno despatriado:

...Más, ¬¡ay! ¿a dónde voy si ya no existe

del hogar y madre el venturoso centro?...

En 1880 publicó Ritmos, un poemario en el que se incluye "El Poema del Niágara", un extenso trabajo donde se plantean temas filosóficos; el misterio que guarda la naturaleza ante el hombre, el problema del ser. El autor usó como pretexto poético al Niágara, río de imponente caudal, aun para nosotros los hombres contemporáneos, acostumbrados a domar a los elementos naturales. El poeta le pregunta a las fuerzas naturales sobre el significado de la vida, el destino del hombre, a lo que ellas dan respuestas aplastantes, desesperanzadoras, nihilistas:

Después que todo pase,

cuando la muerte, al fin, todo lo arrase,

sobre el océano que la vida esconde,

dime qué queda; dí, ¿qué sobrenada?...

y el eco me responde,

triste y doliente: ¡nada!

En 1883 compone "Flor", un hermosísimo y trágico poema que refleja el sincero dolor que le causó la pérdida de su pequeña hija, fallecida a la edad de tres años. Nunca antes en nuestra poesía se habían expresado con tanto lirismo sentimientos tan desgarradoramente auténticos, así como tampoco se había manifestado tanta rabia y rebeldía hacia los designios de la Divinidad como la expresó Pérez Bonalde en estos versos. La búsqueda ansiosa del Ser Supremo, un tema constante en su obra, llega a su punto más devastador y nihilista al rebelarse y cuestionarlo:

¡Señor! ¿existes? ¿Es cierto que eres

consuelo y premio de los que gimen,

que en tu justicia tan solo hieres

al seno impuro y al torvo crimen?

"Responde entonces: ¿por qué la heriste?

¿Cuál fue la culpa de su alma triste?

¡Señor! ¡Respóndeme en la conciencia!

Traductor de sentimientos poéticos

La muerte de Flor trajo una profunda tristeza en su vida y comenzó un proceso de autodestrucción que lo llevaría a un final prematuro. Ella también truncó su actividad creadora, aunque realizó algunas traducciones. Gracias a sus dotes de políglota, Pérez Bonalde tradujo con gran maestría obras de poetas alemanes, portugueses, franceses, anglosajones y clásicos grecolatinos. En 1885 tradujo el Cancionero, obra del poeta Enrique Heine. Arturo Uslar Pietri afirma que Menéndez y Pelayo definió este trabajo como: "uno de los libros de poesía castellana que más instinto poético demuestran, aún siendo traslado de pensamientos ajenos". Edgar Sanabria lo consideró un intérprete de esos versos y no un simple traductor. En 1887 tradujo magistralmente "El Cuervo", poema de Edgar Allan Poe. El éxito de sus traducciones radica en que conociendo a la perfección el alemán y el inglés, Pérez Bonalde mantuvo intactos el ritmo, la musicalidad y el sentido poético que estos versos tenían en sus lenguas originales. Además, ese espíritu melancólico y lúgubre que expresaron Heine y Poe en sus obras se adecuaba perfectamente con la manera de sentir de nuestro poeta:

Tu mano apoya contra el pecho mío:

¿Oyes de un rudo golpe la inquietud?...

Es que hay adentro un carpintero impío

Que labra mi ataúd

Lastimosamente, Juan Antonio Pérez Bonalde no dejó huella en los poetas venezolanos contemporáneos o posteriores a él. Es más: por un tiempo fue olvidado. En parte, este olvido se debió a que su producción literaria la escribió fuera de nuestro país, cuando él era un exiliado. Con el tiempo, se ha descubierto el gran valor lírico que tiene su obra, por lo que se hace necesario dar a conocer a nuestra gente que Pérez Bonalde no es simplemente el nombre de una calle cualquiera, sino uno de los mejores poetas que ha tenido Venezuela a lo largo de su historia.

El Cuervo

(fragmento)

La ventana abrí –y con rítmico aleteo y garbo extraño–

entró un cuervo majestuoso de la sacra edad de antaño.

Sin pararse ni un instante ni señales dar de susto,

con aspecto señorial,

fue a posarse sobre un busto de Minerva que ornamenta

de mi puerta el cabezal;

sobre el busto que de las Palas la figura representa

fue y posóse -y ¡nada más!

Trocó entonces el negro pájaro en sonrisas mi tristeza

con su grave, torva y seria, decorosa gentileza;

y le dije: "Aunque la cresta calva llevas, de seguro

no eres cuervo nocturnal,

viejo, infausto cuervo obscuro vagabundo en la tiniebla!...

Dime –¿cuál tu nombre, cuál?,

En el reino plutoriano de la noche y de la niebla"...

Dijo el cuervo "Nunca más".

Asombrado quedé oyendo así hablar al avechucho,

si bien su árida respuesta no expresaba poco o mucho;

pues preciso es que convengamos en que nunca hubo criatura

que lograse contemplar

ave alguna en la moldura de su puerta encaramada,

ave o bruto reposar

sobre efigie en la cornisa de su puerta cincelada,

con tal nombre: "Nunca más"

Más el cuervo fijo, inmóvil en la grave efigie aquella,

sólo dijo esta palabra, cual si su alma fuese en ella

vinculada –ni una pluma sacudía ni un acento

se le oía pronunciar...

Edgar Allan Poe

*Traducción de Juan Antonio Pérez Bonalde

 

 

Biografía en breve

Si algo marcó la vida de Juan Antonio Pérez Bonalde fue su condición de desterrado; casi la mitad de ella la pasó involuntariamente fuera de Venezuela. Entre 1861 y 1864 vivió en Puerto Rico y Saint Thomas, junto con su familia, para huir de la Guerra Federal. Durante esa época se desempeñó como maestro en un colegio que fundó su padre. Ya para entonces conocía varios idiomas extranjeros. En 1870 se vuelve a ir de Venezuela por ser enemigo político de Guzmán Blanco, hasta que regresa definitivamente al país en 1889, cuando ya estaba moral y físicamente destrozado, con muy poco tiempo de vida. A excepción de un corto período en Venezuela durante 1876, en esos casi 20 años vive en Nueva York donde, de acuerdo a Arturo Uslar Pietri, trabajó para una empresa farmacéutica, lo que le permitió viajar como representante comercial, conocer lugares exóticos y aprender nuevas lenguas. Además, conoció y entabló amistad con José Martí, uno de los iniciadores del modernismo, y con Nicanor Bolet Peraza, escritor y compatriota suyo que también estaba exiliado. Allí contrajo matrimonio, desastroso desde sus comienzos, del cual tuvo a su única hija, Flor, cuya muerte lo lanzó a refugiarse en el alcohol y las drogas, vicios que lo condujeron tempranamente a la tumba en 1892, a los 46 años de edad.

 

Ese mal de patria

Por Jesús Sanoja Hernández

En octubre de 1992 Rafael Cadenas recibió el Premio de Poesía Pérez Bonalde, instituido en memoria de quien escribió lo más importante de su obra en el destierro. Cadenas, a su vez, había marcado época en nuestra literatura con su libro Los cuadernos del destierro, ediciones Tabla Redonda.

Se tiene al poema "Vuelta a la patria" como estremecedora expresión del reencuentro con la tierra nativa, que es simbólicamente la Madre. Toda larga ausencia tiende a crear nostalgia, según Paz Castillo, precisamente al referirse a aquella pieza antológica: "La nostalgia, ese sentimiento melancólico y dulce, / mal de patria –homesickness– como la llaman los ingleses, o saudade como dicen los portugueses, ha inspirado muchos cantos famosos desde Homero hasta nuestros días". Desde luego, no todos los artistas se sumergen en esas aguas donde reina la nostalgia. Cuando Boggio tornó a Venezuela por algunos meses, en 1919, dijo que él tenía dos patrias; Francia (el país de la formación) y Venezuela, "donde tengo enterrado el ombligo". No más. El choque con la tierra-madre fue muy distinto en uno y otro.

Aunque Estados Unidos, medido en el tiempo, fue el país receptor de Pérez Bonalde, tres años de su adolescencia transcurrieron en Puerto Rico, hacia donde habían emigrado sus padres por razones políticas. En 1864 regresó apara ingresar al periodismo. Ernst A. Johnson, Jr., quien realizó minuciosos estudio acerca de "los años de formación" del poeta, incluyó lo que tal vez podría ser el último (o si no, uno de los últimos) testimonios de Pérez Bonalde cristiano, más tarde inclinado al librepensamiento. Johnson lo calificó de "sermón" u "oratoria eclesiástica ex cathedra". En él desplegaba fervoroso cristianismo, desde el título ("Jesús") hasta el final. Decía, por ejemplo:

"Hemos sido lanzados a la vida como en pleno océano. / Es necesario nadar o perecer".

Antonio Padrón Toro dio a conocer en 1980 su tesonera investigación sobre el poeta (J.A. Pérez Bonalde, un hombre de hoy) y nueve años más tarde, en declaraciones para El Nacional, basándose en un artículo de Manuel Revenga en El Cojo Ilustrado, abril de 1892, inquiría acerca del misterio de "las obras inéditas" de Pérez Bonalde: 1)Traducción de los exámetros de Lucrecio, De rerum natura; 2)Libro de viajes; 3)Estudio sobre Maquiavelo; 4)Tres volúmenes de poesía listos para darse a la imprenta; 5)Artículos polémicos y estudios críticos.

El triunfo de Guzmán Blanco, 1870, lo había lanzado de nuevo al exilio, esta vez en Nueva York donde trabajó para la firma Lanman y Kemp-Barclay. Se abrió el período de viajes a lo largo de una etapa que terminaría en 1889 cuando preparó nuevo retorno. Traductor –y afirman los críticos que excelente– del Cancionero de Heine, ¿fue acaso el perdido Libro de viajes un adentrarse en los Cuadros de viajes del gran escritor alemán?

Al ascender Andueza al poder se produjo, pues, ese tercer regreso, porque el segundo, no muy duradero, lo había emprendido en tiempos del breve gobierno de Linares Alcántara. La muerte se le acercaba. El cuerpo estaba minado por el alcohol y las drogas, el alma por el desencanto. Fueron los días de "quiero irme" y del hastío, la inseguridad, el doble sentimiento que había dominado a Heine frente a Alemania, amor y rechazo. Paralizado por la hemiplejia, moriría frente al mar, en La Guaira, el 4 de octubre 1892. No todos lo habían comprendido y no faltó quien, inflado de aristocratismo e ímpetus raciales, lo llamara negro. Al comienzo del nuevo siglo, miembros de una sociedad martiana y librepensadora exaltaron su obra. Uslar, por su parte, lo catalogó como el más alto y culto poeta después de Bello: "Estuvo, como ningún hispanoamericano de su hora, en contacto con las literaturas europeas".

 

*Publicado el 14 de junio de 1998