• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Pequeña muerte

"Petite Mort", ballet de Jiri Kylian y Netherlands Dans Theater / Foto Youtube.com

"Petite Mort", ballet de Jiri Kylian y Netherlands Dans Theater / Foto Youtube.com

“Para Bachelard, nos volvemos sabios cuando aceptamos la equivocación. Las convicciones inamovibles llaman a la confrontación, el conflicto, la violencia”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

“Creo también, aún con más fe, que el amor a las grandes obras de Dios y de los hombres surge al tratar de comprenderlas, no al insistir en imponerlas”. Tomé esta frase de un texto de mi maestro, mi “muso”, mi “pequeña muerte” (con “m” minúscula). Petite Mort (1991) se titula una fabulosa danza contemporánea del coreógrafo checo Jiří Kylián. He tenido la suerte de descubrirlo gracias a una amiga con quien comparto el afán de pretendernos bailarinas. Desde que le mencionó, busco videos, extractos de sus movimientos; y fascinada repito, una y otra vez, el “pas de deux”, escasos 2:21 minutos, de una danza entre dos.

Dice el Génesis, primero vino Adán y después Eva. Hubo el “dos”. Y, con el advenimiento de “el otro” surge la posibilidad de la comunicación. Uno y otro se olfatean, se sienten, observan, expresan con sus miradas, sus gestos, sus sonidos guturales, sus silencios; y, poco a poco nace –con torpeza– un balbuceo, el habla, sus formas: la palabra. La palabra aparece para entender-me –dar forma a mis ideas– y hacerme comprender por “el otro”. Entre ambos se establece un espacio nuevo: el del diálogo. Diálogo implica habla y escucha, un vaivén, un intercambio, un dar y recibir; y para ello se requiere apertura, receptividad, intención de escucha.

El contrario de la verdad no son las mentiras, decía Nietzsche, son las convicciones. Las convicciones sirven para aferrarnos en el mundo vivo, fluido, del que Heráclito exaltó su devenir. La realidad del mundo conocido es diversidad, cambio, movimiento. Hasta en las llamadas ciencias duras, el progreso es –y ha sido– una suerte de errores verificados. Las convicciones surgen del deseo, de la necesidad, de sujetarnos, contar con puntos de referencia respecto a ese flujo, al movimiento. En el ceñirse a férreas convicciones puede haber una crispación patológica, un terror a ser atacado por miedo a confrontar la duda.

¿Qué hacer de una convicción para lograr entrar en diálogo con “el otro”? ¿Cómo mantener convicciones propias y permanecer abierto a una relación con “otro”? Según Max Weber debe existir una ética en la convicción para poder actuar dentro de la realidad. En otras palabras, tener una ética responsable, ser capaz de rectificar un ideal para poder insertarlo en la realidad conocida. Los ideales puros entran en conflicto con la complejidad de lo real y tienden a producir dramas, como en la política. Las convicciones suelen seducir y cegar al punto de perder toda atención a las consecuencias dentro de la realidad. Inclusive las verdades científicas no están fundadas ni establecidas sino dentro de aquello definido hasta ahora como realidad. 

Para Bachelard, nos volvemos sabios cuando aceptamos la equivocación. Las convicciones inamovibles llaman a la confrontación, el conflicto, la violencia. En cambio, al no estar seguros de la verdad somos más receptivos. Los escépticos integran en sus convicciones una dimensión de duda, son capaces de suspender el juicio.

El mismo Kant limitó el conocimiento para acordar un espacio a la creencia. Veía a Dios como un efecto regulador, en vez de un efecto dogmático. Lo concebía como un Dios que –quizá– existía a fin de establecer reglas de vida. La idea de un progreso posible, llevado, transportado por la idea y no encerrado en ella, en un pensamiento dogmático. Vislumbraba ese uso regulador, no dogmático, inclusive en el “yo” para evitar reducir la libertad a convicciones encerradas. Más bien, optar por un “yo floto, yo dudo, yo me inclino por creer...”

Dejamos de reflexionar en el momento en que posamos sobre la mesa una convicción. Si grito fuerte es porque no quiero dudar. No nos damos cuenta que la mayoría de nuestras convicciones tienen un origen social, histórico, o psíquico en la vida de cada uno. Por ello, la fuerza que ellas contienen puede esconder aquello fundamental que no deseamos ver. La convicción –queramos o no– apunta hacia atrás, a una historia. Entre más espacio permitamos que exista entre el “yo” y la convicción –un sentimiento crítico– más lugar habrá también para acoger “al otro”. Hay que comenzar con un diálogo de un alma consigo misma.

El “estar juntos” no implica estar solamente con aquellos con los que compartimos convicciones; más bien, es lograr vivir juntos en el desacuerdo, convivir con las diferencias, acordando valor a la pluralidad. 

“Dentro de mi incertidumbre, me inclino hacia un lado y te lo hago saber”. Lo humano comienza cuando vemos hasta donde se diferencia la creencia del saber. Acoger la duda abre espacio para el diálogo, la deliberación, la alteridad. Y, si algo persiste, resiste en existir, debemos asumir que ello otorga un sentido, prevalece como una fidelidad a ello mismo. Se trata entonces, de la libertad de pensamiento de cada quien, aún condicionada a la historia psicológica y social de sí mismo. El humanista acoge la duda dentro de sus convicciones. Un fanático no soporta la duda –lo humano de sí– y pasa al acto.

“Creo también, aún con más fe, que el amor a las grandes obras de Dios y de los hombres surge al tratar de comprenderlas, no al insistir en imponerlas”, escribió mi maestro, mi “pequeña muerte”, mi “pas de deux”. Toda muerte es transformación. Morir de lo viejo a algo nuevo. Así quisiera que danzaran todos aquellos que hoy detentan en sus manos cuotas de poder. Que vivieran con la conciencia de que estar vivos trae como única certeza: la muerte. El intervalo, el tránsito, no es más que una oportunidad para bailar con “otros”, hacer exultantes piruetas, dar más de un pisotón, pedir perdón, retomar el paso con amor hacia “el otro”. Depongan a un lado las convicciones, salgan de su propia jaula, para intentar entrar en real diálogo abierto afuera. En este país, aquellos que más lo necesitan languidecen a la espera de una transformación, una “pequeña muerte”, que traiga renacimiento.