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Pensar a Venezuela: manifestar un país

Póster de “MANIFIESTO PAIS”, diseñado por Pedro Quintero / Cortesía Lisbeth Salas

Póster de “MANIFIESTO PAIS”, diseñado por Pedro Quintero / Cortesía Lisbeth Salas

El domingo 18 de mayo de 2014 se inauguró en la Sala Mendoza la exposición "MANIFIESTO PAÍS", concebida por la fotógrafa y editora Lisbeth Salas. 66 breves manifiestos creados por un número equivalente de escritores, reveladoras de cómo piensan y sienten a Venezuela, al País propio. En este dossier dominical, Papel Literario presenta al lector textos de Grisel Arveláez y Nelson Rivera que despegan de la exhibición y aterrizan en la misma reflexión que emprendieron los 66 escritores. Se incluye una entrevista a Lisbeth Salas; y dos poemas emblemáticos: “Quiero estarme en ti” de Antonio Arráiz, y un fragmento del canto “Vuelta a la Patria” de Pérez Bonalde. Cerramos con una galería en donde ver algunos de los manifiestos, parte de esta exposición que nos confronta con el país de nuestros tiempos

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En estos tiempos de seguro no existe algún venezolano que a diario no piense su país. Pensarlo, implica pasearse por el pasado, observar el presente e imaginar un futuro. Y este futuro que imaginamos no llega a revelarse porque encandila, a tal punto que nos deja viendo manchas amarillas (o rojas) sobre fondos negros. Y si llegase a existir una revelación, terminaría siendo una utopía.

Ese pasado-presente-futuro que surge cuando pensamos al País, al propio, nos sitúa, en tanto ciudadanos, en una posición anímicamente frágil, nos hace padecer condiciones incómodas. Esa temporalidad nos coloca sobre arenas movedizas.

Territorio entrañable

Pensar a Venezuela como un territorio que entrañamos implica reconocer un gentilicio, un ADN que se desarrolla dentro de un espacio común. Es también reconocer una patria que nos pertenece. Entonces, como ciudadanos, por derecho, esta geografía (nuestro territorio, nuestra patria), debe brindarnos algún lugar plácido –por mínimo que éste sea–. Pienso, a diario, que Venezuela –por muchas razones, entre ellas por sus riquezas económicas– podría ser sinónimo de territorio de placer en el cual la vida misma sea una tarea algo más sencilla. Y ese territorio entrañado termina siendo una añoranza. Es, a la luz de hoy, una memoria que nuestros padres y abuelos –hablo de mi generación, la nacida en los ochentas– reviven una y otra vez. Esa Venezuela plácida, amable, de crecimiento –“en vías de desarrollo”, como nos decían en el colegio– es casi un vestigio, una memoria de almuerzo de domingo en familia o entre amigos. Entonces pienso a mi país y no concluyo nada, o nada alentador. Por ahora.

MANIFIESTO PAÍS

La exposición MANIFIESTO PAÍS nos ubica como espectadores en nuestro presente pero desde la voz de quienes hacen literatura y crítica en Venezuela, expresándolos en formas visuales. La exhibición –y aquí se asienta parte de su fuerza– permite establecer un diálogo interno con al menos 66 pensadores venezolanos que han escrito, desde distintas ópticas –muy personales–, cómo piensan y viven al País. Este proyecto surgió de la unión entre la Sala Mendoza y La Cámara Escrita –detrás reside la  prolija visión de la editora y fotógrafa Lisbeth Salas– para lograr un ejercicio reflexivo en cada escritor, poeta, crítico, convocados. Cada uno de ellos debió conectarse con su ciudadano interior y crear un breve manifiesto con el cual pensasen y sintiesen al País.

Las formas de decirlo variaban, naturalmente, pero un punto de encuentro fue el siguiente: la Venezuela actual se quiebra; se resiste y a la vez se resquebraja. “Así nos advierten, con aire claudicante: ‘esto no es lo que era’ / seguiremos apostando”, dice Andrés Boesner. “No quiero ser tabla rasa. La revolución quiere borrar los hechos de los antepasados, mis antepasados pero me aferro a ellos. Son el fundamento de mi vida”, reza el manifiesto de Elías Pino Iturrieta.

La exposición es también una extensión del ciudadano venezolano llevada a obra gráfica. El sentir criollo que se maneja por las ciudades locales ha quedado impreso en la bidimensionalidad de las piezas expuestas en MANIFIESTO PAÍS. Se representa a aquel ciudadano que reza; al que no deja de pensar qué hacer para salir del atolladero. Representa al que se desespera; al que trata de alegrarse en recuerdos de tiempos pasados. Representa al que se quedó en Venezuela pero cuya mitad de amigos se han ido (“Nuestros días / Los amigos que se fueron, que se van, nos miran con piedad)”, es el manifiesto de Ricardo Ramírez Requena. También se evidencia al venezolano que quiere emigrar; al que ve todo con humor negro y que asume la actitud “reír para no llorar”. El gentilicio es diverso.

MANIFIESTO PAÍS posee además otra particularidad: dice el pecado pero no menciona al pecador (al menos no de manera explícita). Y en ese sentido la exposición es muy elegante, es amable, tiene otra tónica. Es una muestra política, por la naturaleza del tema, pero a la vez no lo es. No pierde esteticismo en acusaciones, es más un llamado a la reflexión, está más cerca de la denuncia de la mano con la petición de ayuda. Es precisamente eso: un manifiesto, más que una guerra. Y esto es al unísono, a pesar de que se observan pensamientos de distintas generaciones. Un punto joven, por ejemplo, el de Enza García Arreaza: “(…) pero escribo porque me queda ser un animal incierto que pide perdón por un pasado que nadie recuerda honestamente”.

De manera que cada manifiesto es una representación escrita de los quiebres sociales y psíquicos que estamos viviendo: la Venezuela que emigra, que se desprende, a la que asesinan, la que se separa de sus amigos, la que no logra sus sueños, la estafada, la secuestrada. También surge el País aquel que recibía inmigrantes brindándoles hogar y sustento sin poner demasiadas barreras burocráticas –como las que nos pone la mayor parte del mundo al venezolano hoy–. En MANIFIESTO PAÍS queda fijada la Venezuela futura, la incierta, la que se encuentra imbuida en unas fauces de las que quiere salir.