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Paul Auster: el alto arte de la compasión

Paul Auster

Paul Auster

Uno de los episodios que conforman “Libro de la memoria”, cuenta lo ocurrido la noche de enero de 1925, en medio de un invierno feroz

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En 1971 Paul Auster camina por el boulevard de Montparnasse, en París. Un malabarista mantiene al público hipnotizado. El artista ha dibujado un círculo de tiza en el piso: nadie se atreve a cruzarlo ni a pronunciar palabra: se impone el silencio propio de quien observa a otro hablar consigo mismo. Días después, Auster se cruza con el personaje en los muelles del Sena.

Al día siguiente, lee que un equilibrista tendió una cuerda entre las torres de Notre-Dame y por horas cautivó con sus piruetas al público alelado. Años más tarde, ya en Nueva York, Auster tropieza con Philippe Petit en los noticieros: esta vez ha caminado sobre una cuerda, de una a otra torre del World Trade Center. Finalmente, en 1980, el escritor le conoce e inician una amistad. “En la cuerda floja”, esencial meditación que a menudo avanza hacia lo elegíaco, Auster se opone a la percepción marginal que se tiene del equilibrista: “Después de contemplar su austera y turbadora acción en la calle, supe por intuición que sus motivos no coincidían con los de otros hombres, ni siquiera con los de otros artistas.

Con una ambición y una arrogancia proporcional a la inmensidad del cielo, e imponiéndose a sí mismo las más estrictas exigencias, simplemente pretendía hacer lo que era capaz de hacer”.

Uno de los episodios que conforman “Libro de la memoria”, cuenta lo ocurrido la noche de enero de 1925, en medio de un invierno feroz. Un médico duerme, cuando un chico irrumpe para decirle que en una aldea en las afueras de Praga, Marina Tsvietáieva está a punto de parir. Lo apura. El hombre se viste y sale. Debe atravesar un bosque.

La nieve le alcanza a las rodillas. Llega a la casucha, donde se impone la pobreza. Hay largas pilas de libros que se levantan hacia el techo y basura acumulada de días. En medio de la cama, la poeta con un cigarrillo en las manos. Mientras expulsa el humo de su boca, dice al médico: “¡Casi llega tarde! Le dije que traería al mundo a mi hijo. Usted ha venido y ahora es asunto suyo y no mío…”. El médico cuenta que el niño nació con el cordón umbilical cerrándole el cuello. Logra revivirlo y el color del niño pasa del azul al rosado. “Durante todo ese tiempo, Marina siguió fumando en silencio, sin hacer el menor ruido, con la vista fija en el niño y luego en mí…”.

Detengámonos ahora en el prefacio que Auster escribió a La tumba de Anatole, de Stephanie Mallarmé. Anatole es el segundo hijo de Mallarmé. Su salud es precaria: a menudo sus padres creen que no sobrevivirá. A los dos años mejora. Cartas y testimonios dan cuentan de un pequeño radiante. Cuando alcanza los ocho años, el reumatismo ocupa sus articulaciones. La enfermedad agobia a la madre y al poeta. En 1879 Anatole fallece (“estoy fuera de mí, como alguien arrastrado por un viento terrible e interminable”).

De aquél dolor provienen las 202 notas –se diría que son como bocetos poéticos– que más adelante fueron ordenadas como La tumba de Anatole. La tesis de Auster es que esta obra inclasificable tiene la cohesión y la intensidad de la gran poesía. El padre se siente responsable de no haberle dado a su hijo fortaleza corporal. “Literalmente, pretende resucitarlo, puesto que la tarea de construir una tumba –una tumba poética– anularía la presencia de la muerte (…) Este es uno de los más conmovedores relatos de un hombre que intenta aceptar la muerte moderna –o sea, la muerte sin Dios, la muerte sin esperanza de salvación– y revela el significado secreto de la totalidad de la estética de Mallarmé: la elevación del arte a la altura de la religión”.

La mente hacia el fondo
Ver más allá de lo obvio, porque tras la superficie de las cosas se halla el brillo y la congoja que son inherentes a las realizaciones humanas; escoger con pinzas de afinado narrador los episodios que, en el andar de su reflexión puedan, por sí mismos, hacer que los hechos adquieran el estatuto, la irradiación de las ideas; leer los libros de otros autores, siempre en conexión con sus vidas respectivas, porque donde texto y biografía se encuentran está el lugar donde la literatura adquiere su sentido, su dimensión de bien irreducible de la condición humana.

Los Ensayos completos de Paul Auster se abren paso de modo imprevisto: las primeras casi 400 páginas, la mitad del libro, reúnen textos ya publicados que podrían adscribirse a una flexible categoría de literatura de la memoria: La invención de la soledad, A salto de mata, El cuaderno rojo y La historia de mi máquina de escribir. Puestos en esta específica secuencia nos remiten al rumor, al lazo subterráneo que hay entre la memoria y las ideas, incluso cuando lo que se evoca es ausencia, rastro, especulación de lo que pudo haber sido.

Cuando Auster es el sujeto de sus propias indagaciones, cuando recuerda sus años de emigrante pobre en París (el dinero “siempre tiene la última palabra”), cuando hace el recuento de días infructuosos, cuando se enfrenta a la figura huidiza e imposible que fue su padre (“un turista en su propia vida”), su pensamiento se adentra. No se conforma con las apariencias. Prende una luz sobre su abismo. Recoge fragmentos y se pregunta cómo podrían unirse. La posibilidad del fracaso, esa sombra que late en todas las cosas, siempre está presente. Y esto es quizás un signo esencial suyo: la sensación de que los triunfos de lo humano son efímeros, de que nunca será posible ir muy lejos, que no hay nada que no contenga un reverso de desesperación, porque no hay un lugar donde la muerte (su sueño, su posibilidad, su inminencia, su absurdo) no acompañen nuestras aspiraciones y nuestros actos.

Por encima de los temas, los destilados textos que dedica a la poesía francesa contemporánea; las invocaciones que hace de Kafka, Beckett, Hugo Ball, Edmond Jabés, Paul Celan –dice: “intenta medir el ámbito de lo supuesto y lo posible”–, Ungaretti, Perec (“en los libros de Perec hay una reserva  de sentimientos humanos, una oleada de compasión, un guiño de humor, la convicción implícita de que, pese a todo, tenemos suerte de estar vivos”) y otros; cuando escribe personales manifiestos que responden a los asuntos públicos y habla de la fatwa contra Rushdie, o reclama comprensión por los depauperados que viven en las calles de Nueva York, hay un anhelo: resistir a lo efímero, permanecer a pesar de que la muerte vendrá, tarde o temprano, y hará lo que le corresponde.

Permanecer en la vida: tal podría ser según una obsesión de Auster. Por eso la memoria aparece y reaparece a través de los más diversos procedimientos. La describe (“La memoria como un lugar, como un edificio, como una serie de columnas, cornisas, pórticos”); elabora ejercicios narrativos con ella (“Recuerdas las ilustraciones de una Biblia infantil y su aceptación del hecho de que Dios tiene una barca larga y blanda. Recuerda que pensaba que la voz que escuchaba en su cabeza era la voz de Dios. Recuerda que asistió a una función de circo en el Madison Square Garden con su abuelo. …”); escribe un ensayo sobre Joe Brainard, el impredecible autor de Me acuerdo, en el que disecciona por categorías las casi 500 entradas de recuerdos que contiene el libro –familia, comida, ropa, películas, etcétera–; o dialoga con otros autores como quien hurga en las capas de los recuerdos de otros: “Todo puede leerse como una apostilla de otra cosa”. La asume con todas sus consecuencias, porque sabe que es en la memoria donde nos acecha la verdad de las cosas.


Ensayos completos
Paul Auster
Editorial Seix-Barral
España, 2013