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Pátina del tiempo. La muestra Luisa Richter en Alemania

Retrato de Luisa Richter, 1996 / Boris Schmalenberger

Retrato de Luisa Richter, 1996 / Boris Schmalenberger

Geraldine Gutiérrez-Wienken es curadora, crítica literaria y escritora. Hizo su  doctorado en literatura alemana en la Universidad de Heidelberg. Entre sus publicaciones más importantes están los poemarios "Espantando elefantes" (1994), "Con alma de cine" (Premio Ayuntamiento de Ciudad Real, España, 2007) y el catálogo de arte "Die Welle. Zauber der Bewegung" (2008). En este ensayo la obra plástica de Luisa Richter es el material de inspiración

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Masas telúricas en un espacio vasto, clarísimo. Grandes y pequeñas formas de lo desconocido. Superficie inconclusa que parece inmutarse constantemente. Compleja y pura al mismo tiempo. Así percibe Luisa Richter (1928) nuestra zona tórrida. Así la plasma en sus primeros óleos concebidos en Caracas en 1957, dos años después de zarpar en el puerto de La Guaira, de la mano de su esposo el ingeniero Hans-Joachim Richter. Ambos provenientes de Alemania. Me refiero a los óleos, Episodio real – Romance venezolano (Realistische Episode – Venezolanische Romanze) y el Sin título, que dan inicio a la muestra titulada Luisa Richter en el Museo de Stuttgart, Alemania. Una exquisita selección de los “espacios superficiales” y collages de la artista podrá ser apreciada en dicha ciudad, hasta el 29 de junio de 2014.

Episodios reales

La mayoría de los trabajos expuestos pertenecen a la colección privada de la artista. Ésto pone en evidencia el aura de significados y afectos que caracteriza el trabajo artístico de Luisa Richter, desarrollado y “atesorado” en Venezuela. Por lo concentrado y sugestivo de la exhibición creo estar frente a un haikú. Pero también podría estar recorriendo un país, a través de un pequeño pero intenso “romance”, compuesto por un conjunto de 47 obras.

Del episodio real de Luisa Richter se desprende una fuerza creativa de carácter ontológico e histórico, sumamente sensible. En 1955, cuando llega a Venezuela, su patria todavía resistía la crueldad dejada por la dictadura de Hitler. En el área artística, se reflexionaba y se trabajaba –lo cual continúa aún– en torno a las causas y consecuencias de tal genocido. El modernismo clásico y la vanguardia alemana de finales de los años cuarenta y cincuenta son paradigmas contundentes no sólo de la estrecha relación entre arte e historia, sino también del rol que desempeña el artista, como instructor e ilustrador (aufklärer) de la historia de la humanidad.

Sin título, 1957

El homo aestheticus que habita en cada ser humano busca puntos de referencia, elementos conciliadores entre él y el medio ambiente que lo rodea. Precisamente en medio de disoluciones y de pérdidas. Se trata de una necesidad interior (innere Notwendigkeit) difícil de redimir, como lo expone Wassily Kandinsky en su estudio De lo espiritual en el arte (Über das Geistige in der Kunst, 1911). Por medio de la línea, la superficie y el color el artista crea formas en las que se manifiestan principios y fuerzas intrínsecas, inherentes a la dinámica de la vida. Puesto que la tarea del arte es hacer visible lo invisible, según anota Paul Klee en su Confesión creadora (Schöpferische Konfession, 1920).

A estas meditaciones estéticas del modernismo clásico se suman las de Willi Baumeister, célebre representante de la vanguardia alemana, quien fuera maestro y mentor de Luisa Richter, en la Academia Superior de Arte de Stuttgart, de 1949 a 1955. De acuerdo a Baumeister, la raíz del arte yace en lo desconocido, en ese “algo” inexplicable, como lo es la creación misma. De allí que su pasión por el arte rupestre y las culturas arcaicas distinga en lo primitivo, en el hallazgo prehistórico, una fuente esencial de valor artístico, paralela a la naturaleza, y como ésta, igualmente original y versátil. En su escrito Sobre las leyes propias del arte (Über das Eigengesetzliche in der Kunst, 1952) Baumeister explica la configuración de la obra de arte, a partir de una filosofía diferente. “En la superficie de la pintura se desarrolla un drama basado en colores y formas, en contrastes y complementos, en influencias y, en cierto modo, en grandes rodeos para alcanzar una armonía final”.

Sichtbarkeiten, 1968

Cadencia de fulgores

La mirada honda de Luisa Richter transforma su fascinación por la zona tórrida, los cortes de tierra y el variadísimo escenario de los resplandores venezolanos en espacios persistentes. Superficies de posibilidades infinitas. En su atelier de Caracas, la artista convierte la composición téctonica del Baumeister de los años treinta, pero también, el expresionismo figurativo de sus maestros Hans Fähnle y Rudolf Müller, de la Escuela de Artes Libres de Stuttgart, de 1947 a 1949, en abstracciones geométrico-orgánicas de tonalidades transparentes. Son composiciones de espacios abiertos y equilibrados, cuyos efectos prismáticos introducen al espectador,  lentamente, en la búsqueda de la armonía. La propia Luisa Richter reconoce la influencia de la diafanidad tropical, de los lances de luz en sus denominados Flächenräume (“espacios superficiales”). Esa suerte de blanco lumínico es capaz de disolver todo límite o contorno, favoreciendo un movimiento espiritual e inmaterial, ese “algo” genuino y vital que significa arte. De tal intensidad surge la existencia de la propia obra de arte.

En los “espacios superficiales” de Luisa Richter existe un país que se difumina. Hace fintas, pero no desaparece, se prolonga –cual memoria involuntaria– en una danza de trazos, añoranzas y deseos. Frente al lienzo, generalmente de grandes formatos, la artista libra un vaivén con la distancia. Practica el apego, pero también el desamor. Alarga y acorta los trechos, apacigua pensamientos, les da cabida. Su óleo “Regreso” (Rückkehr, 1978) se vuelve, de esta manera, desplazamiento romboidal, estación imaginaria o semicírculo. Es un doble viaje a lo desconocido. La ilusión del vacío que todos conocemos. Regreso y comienzo. En 1978 Luisa Richter se estrena en el ámbito internacional, representa a Venezuela en la Bienal de Venecia.

Juegos - Traumwandlerin, 1980

Y todo comienzo es relativo, pues despeja, como el arte, “El otro Lado de la Realidad” (Die andere Seite der Wirklichkeit, 1977-78). Un ventanal de asombros. Nos confronta con nuestra propia mirada envuelta en un mestizaje razonado y sentido, no terminado. Sugiere la idea de lo procesual, de lo que sucede y continúa, en una cadencia de fulgores. Su sensibilidad estética fundada en lo heterogéneo, en las discrepancias culturales –por un lado el estudio y el análisis, por el otro la síntesis y el caos– da razón de la emoción que contradice y estimula al mismo tiempo, a reestablecer la coherencia entre la pasión y la crítica, a pensar en armonía. Es la posibilidad de un espacio, un país, ¿y por qué no? Podríamos llamarlo Venezuela.

Pátina del tiempo

Obras como Ficción y Espacios de Tiempo (Fiktion und Zeiträume,1977-83), Plan y Aventura (Plan und Wagnis, 1980), así como, Araya (1984) dejan entrever no sólo los aspectos constitutivos de la obra “richteriana”, esparcimiento y recogimiento, contrastes y matices. Demuestran también la forma cómo se relacionan estos aspectos entre sí, a través de los humores de la luz. Son declinaciones del tiempo que parecieran evocar versos de Jorge Luis Borges, de su poema El ápice: “Tu materia es el tiempo, el incesante / tiempo. Eres cada solitario instante”. Y también ratos de solaz, entre tantos de reflejos, en fin, diversos puntos de vista. Etapas de la vida. Estratificaciones del tiempo. Todo esto insinua la mirada ovalada, vertical y horizontal de Luisa Richter.

Plan und Wagnis, 1980

“El libro de Proust de mi madre está totalmente subrayado, lo ha releeído muchas veces, y lo seguirá haciendo”, me comenta Marcus Richter, mientras observa el cuadro de su madre Dar Ojos al Lenguaje (1985). Es un diálogo de gestos aleatorios y trazos enérgicos, de contenido filosófico. Así, En busca del tiempo perdido, la novela escrita por Marcel Proust entre 1908 y 1922, plantea una manera de ver y de leer los pasos del tiempo que componen y descomponen el Yo lírico en la obra “richteriana”.

Mi sensación de haikú o país oscila ahora, entre pintura y escritura, placer y reflexión. Se vuelve palabra, micro ficción. Y de repente un collage. Otra luz. Una iluminación muy cálida se refleja en la sala donde se encuentran los collages de Luisa Richter. Un tono anaranjado crepúsculo intenta ubicar al espectador europeo en la claridad del trópico venezolano. Propone un juego de asociaciones, de mixturas y de azar. Visualizaciones, 1968 (Sichtbarkeiten); Hora marchita, 1978 (Abgeblühte Stunde); Reflejos, 1980 (Spiegelungen); “Juegos Traumwandlerin”, 1980 (¡Sonámbula en el sueño mismo!). Todos estos collages nos apróximan al principio y significado de su técnica de collage. Ésta funge como un espejo del tiempo, un resumen de experiencias, influencias, protestas y sueños, relacionados, por ejemplo, al Mayo francés de 1968. El collage “richteriano” suministra, además, inventarios del olvido. La artista juega a mezclar, a pegar fotografías, recortes de papel, es decir, destellos de recuerdos. Sobre viejos planos y dibujos de su padre, escribe y corrige los segundos, prolonga los minutos,  y con éstos, los afectos.

Sus óleos de 1993, La pátina de los siglos dentro del hoy, Al mismo tiempo activo y pasivo y Somos nuestra propia respuesta a nosotros mismos son convocatorias de libertad. Escrituras en despliegue, expresión de responsabilidad. Aquí la sensación de intervención y contradicción, suposición y yuxtaposición pero, sobre todo, de latente metamorfosis, no sólo es un episodio real, es también una visión. Desencuentro y encuentro con nosotros mismos. Una visión que genera arte. Tal es el nivel de concentración y claridad logrado en su obra que ésta se ha vuelto un bello símbolo indivisible. Pátina del tiempo.