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Pas(e)os del pensamiento

Alejandro Rossi

Alejandro Rossi

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La mente, cuando está en apariencia inerte, produce asociaciones insólitas. Quizá se trate de algo que ha estado esperando su mejor momento para salir. Esos momentos suelen ser pocos. Decir reveladores es mucho. No, es algo más elusivo. Por obra de algún extraño movimiento, se abre una zanja y las tuberías del pensamiento, antes aisladas, entran en un flujo más agitado. Ocurren conexiones inesperadas. Algo cuaja adentro y se proyecta desde algún lugar en forma de imagen, como si una secuencia de fotogramas cobrara nitidez. 

Muy temprano, hacía una transferencia en el Metro. Pensé en Alejandro Rossi, como quien recuerda a una presencia que ha sido –durante un tiempo– constante. Por alguna razón, vi sus lentes grandes, esa media sonrisa que puede delatar un aire lacónico, quizá distante. Llegó mi tren, vi una fila de bostezos. Fui tomando estas notas en mi mente y se me fueron desdibujando a lo largo del día, sin mayores explicaciones. Cuando llegó la noche, en una ojeada rápida sobre una montaña desgarbada de libros, aparecieron las Cartas credenciales. Volví a su recuerdo sobre Paulina Lavista. Es su fotógrafa favorita, dice, porque le hizo un retrato con el que se siente cómodo: “ha sabido, como nadie, retratar un rostro tan poco fotogénico como el mío”. Hasta aquí, podría decirse, todo “normal”. Pero viene una curiosa vuelta. A partir de ese retrato, Rossi se mira a sí mismo con ese suave dejo del que no suele tomarse muy en serio y tampoco hace de eso un drama. “Tengo la nariz torcida –anota– y una antipática asimetría que, con seguridad, corresponde a alguna característica del alma de la cual he decidido no enterarme”.

¿Cuándo supe de Rossi por primera vez? Quizá en la Escuela de Letras. O antes. La verdad, no recuerdo. Leí algunos textos sobre él, creo, en el Papel literario y Letras libres. Cuando él murió, año 2009, yo andaba pendiente de otras cosas. No fui su amigo. Nunca lo conocí. Por alguna razón, apenas lo leí, se adhirió a mi ritmo mental. Prosa de columpio, ataja con precisión los conceptos. Me hubiese encantando que me explicara algunos vericuetos filosóficos. Se respira en su prosa el pacto con una ambigua claridad. “Rossi no excluye ni predica”, apunta Carlos Monsiváis. Un prosista con estas cualidades puede resultar perfecto para explicar el episodio de Ulises y las sirenas. ¿Qué diría el discreto e incisivo Rossi? Ahora no lo sé. Quizá se detendría en las horas de un hombre absorbido en sus faenas de oficina.

“La frase de Rossi siempre tuvo más pensamientos que palabras, hace de la precisión una norma inalterable, va siempre a lo suyo”. Esta anotación de Eugenio Montejo podría continuarla así: al combinar el ensayo y la narración, el “distraído” va escribiendo su vida con irónica sordina y al mismo tiempo “expresa el humanismo de quien no se propone rutas fijas y sistemáticas, sólo el riguroso vagabundeo de la inteligencia”, es lo que anota José Bianco sobre Rossi, “ensayista capaz de abordar con igual brillantez los géneros más dispares, desde la indagación filosófica y literaria hasta el relato, la confesión o el recuerdo”. Pienso que solo alguien con tales credenciales puede escribir sobre sí mismo con ductilidad. “Comprender mi vida es una vanidad a la que ciertamente no aspiro”. No, no lo hace, pero logra el asomo de una pequeña revelación, tan pequeña que podría pasarse por alto –y solo aparece en el manoseo de sus páginas. Pero tampoco se trata de una«revelación», quiero desdecirme, quizá sea un desplazamiento de la consciencia hacia un lugar lejano de la costumbre y el heroísmo. Y más que desplazamiento, hallazgo en medio de lo plano y opaco, uno de esos pequeños corrientazos que se producen en el “toque” con alguna superficie cargada –una puerta, una nevera, un ventilador. Es algo que no es solemne pero tampoco trivial. Rossi lo dice mucho mejor que yo: “A veces, en los momentos oscuros, nos creemos monótonamente iguales. La verdad quizá esté a medio camino: hay instantes en que somos distintos, en que a pesar de todo nos atraviesa una cierta singularidad irremediable”.

Doble juego. Rossi, muchas curvas y atajos que nunca pierden nitidez. Vuelvo a él: “respeto al lenguaje y una especie de broma de la vida interior o comedia de la conciencia”. Así recuerda sus colaboraciones en Plural, con ese mismo dejo que advierto en sus fotos, el de una “calma” cuya conquista no debe ser fácil. Intentaré recrear el episodio: Rossi, el hombre de la sonrisa ambigua, recibió una llamada. Era una tarde, no importa si soleada o plomiza. Quizá acariciaba la idea de encender un cigarrillo. Sus ojos perseguían la retícula invisible que una mosca iba dibujando en el aire –quizás llegó a dormitar sobre la taza de café que tiene días reposando sobre una esquina del escritorio. Las ventanas se baten un poco, de pronto quiere llover. Tres de la tarde. Suena el teléfono. Bueno, dice por inercia. ¿El señor Rossi?, es la voz que sale del otro lado. Pausa. Bache. Una cortina de humo pasa con lentitud sobre el recuerdo. Poco se oye, poco se ve. El terreno está preparado para la entrada en una de sus jugadas favoritas. Especulación juguetona, el columpio de las posibilidades comienza su bamboleo. Con ligero desdén, anota: “Yo no recuerdo con exactitud qué estaba haciendo esa tarde. Me gustaría decir que heroicamente descifraba algún complicado libro o que, en plena euforia didáctica, preparaba una clase decisiva e inolvidable”.

Esa comedia consciente del meditabundo, siempre con esa engañosa levedad de lo mercurial, entra en el ritmo de sus frases. Me gustaría decir, suelta Rossi. No quería descifrar un intrincado fragmento de Wittgenstein. Tampoco estaba preparando los colchones conceptuales para ofrecer a sus estudiantes alguna consideración en la onda de Lenguaje y significado –lápices cabalgando neuróticamente sobre libretas y hojas sueltas. Quizá estaba en el cubículo de alguna universidad. O dormitaba sobre su cama. O caminaba, solo por el mero gusto de caminar. ¡Ulises, claro! En una digresión inesperada, suelta: también Ulises está en su puesto de trabajo, cuando tiene ganas de abalanzarse sobre un lugar prohibido y encuentra su mástil en la música absurda de las teclas. No se da por vencido. Entiéndase, solo espera el mejor momento.

Freno mis especulaciones y caigo en una de las mejores salidas expresivas de Rossi: “La realidad, sin embargo, siempre es más modesta, y es probable, entonces, que esa tarde de agosto hace nueve años yo estuviera tirado en un sillón con los brazos caídos y la mirada errante”. ¡Eso! Estaba nadeando, solamente, inmerso en su dislocada taquigrafía de pensamientos. “No lo sé con precisión”, suelta Rossi, “pero entre las dos posibilidades elijo –por cálculo de dramaturgo– la segunda. Así quiero recordarme cuando me llamaron por teléfono para invitarme a escribir una sección mensual en Plural”. Así comenzó el Manual del distraído (“libro de cabecera de nuestra propia conquista de la maestría”, bien hace notarlo Rafael Castillo Zapata).

Rossi recrea el final de esa llamada. A él también lo tomaron por sorpresa. ¿Cómo? ¿Qué podría escribir? “Ensayo libre, me dijeron, sobre lo que yo quisiera, un mínimo de cuatro cuartillas y un máximo de ocho. Sí, sí, lo que se me ocurriera, a partir de septiembre, claro, gracias, hasta luego”. Su evocación, entonces, toma el rumbo de la “libertad” y la amenidad ensayística, esa que “comenzó” con Montaigne y en América ha encontrado un lugar privilegiado para germinar –desde el Inca Garcilaso en adelante. Lo elusivo se abre espacio, siempre con elegancia y desparpajo. Ahí está Rossi: sentado frente a la máquina, da otra pitada al cigarro. Mira la hora, anota la última frase del día con cierto desdén –no exento de cordialidad: “Soy, si mucho me obligan, capaz de explicar brevísimos pasajes de mi vida, tránsitos o estancias cortísimas, pero me declaro ciego para reconocer, en la suma de ellos, una estrategia de vida”.

Distraído y vagabundo, ondulante y poroso, alma de mil y un recámaras; extraviado en sus pasos, suave, guiado por la intuición, va enhebrando en su cabeza nuevas escrituras. Abalanzado sobre calles caóticas, no importa si son las de México o Venezuela, va atendiendo la aparición de galopantes rumores, vidas paralelas, desdoblamientos de la consciencia. De pronto, la frase. Ahí podrá asomarse, sin duda, toda una declaración de principios. O mejor: una poética Rossi: “Cuántas veces me descubro pensando en las innumerables personas que hacen el amor en este preciso instante, detrás de esas ventanas. Es un reconocimiento que nunca deja de asombrarme y que me hace sentir, al caminar por las calles, como si yo fuera el cuidador de un gigantesco burdel”.