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Papá, estudio Letras

“Biblioteca Abierta” parte de la iniciativa de Miguel Braceli, Proyecto Colectivo. Plaza cubierta, UCV (2013) / Foto: Francesca Commissari. El Nacional

“Biblioteca Abierta” parte de la iniciativa de Miguel Braceli, Proyecto Colectivo. Plaza cubierta, UCV (2013) / Foto: Francesca Commissari. El Nacional

Un escrito en respuesta al artículo publicado por Fedosy Santaella, “Papá, quiero estudiar letras” el pasado 3 de febrero

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Recientemente, he tenido el disgusto de leer un artículo de Fedosy Santaella titulado Papá, quiero estudiar Letras. En el escrito, con un tono jocoso que recuerda a cualquier papá pana de sitcom gringo, el autor intenta rescatar la carrera ante los ojos de la sociedad tan prejuiciada que nos rodea. Menciona sus experiencias, sus éxitos, el gran confort que le ha dado su vida, para justificar el camino que decidió para sí durante su adolescencia. Creo, no obstante, que en vez de profundizar en materia, en qué implica estudiar Letras y en cuál puede ser la función de la carrera, Santaella apenas raspa una superficie para quedar como otro hombre que lo ha logrado. Y que si él lo logró, cualquiera puede lograrlo.

La verdad es que, si hay algo que he aprendido en las aulas de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) como estudiante de Letras, es que estudio una carrera inútil. Para cualquier fin práctico, productivo, propio de nuestra sociedad capitalista, regida por un nietzscheano querer-más, querer-mucho, querer-rápido, esta carrera no tiene cabida alguna. Y no porque el estudiante de Letras se vea condenado a la pobreza o a una vida mísera, sino porque la literatura, como casi todas las artes que han acompañado el quehacer humano, es un campo cuya funcionalidad ha sido reducida a un nicho mínimo, sin mayor influencia sobre la actividad social. En una carrera en que se aprende a abstraer ideas, criticar modelos de pensamiento, apuntalar símbolos y errores ortográficos, volverse un erudito, quien se gradúa de ella apenas sale preparado para formar parte de la vida de consumo a la que pertenecemos. Más bien, la afición por lo aprendido condena al licenciado en Letras a incrustarse en un uróboros, posteriormente cursando estudios de posgrado en literatura para luego cursar estudios de doctorado en literatura para luego dar clases de literatura a un selecto número de supuestos adultos que después harán lo mismo, o a un conglomerado de púberes que jamás les interesará leer más que los últimos chismes en Twitter. De nada sirve, en cualquier sentido práctico, saber que las obras de Masaccio tenían un fuerte contenido propagandístico, o que las tragedias de Esquilo, en el fondo, buscaban subyugar al pueblo ático a las injustas leyes que regían en su tiempo.

Quien triunfa económica o socialmente como estudiante de Letras, lo hace a pesar de su elección universitaria y no a partir de ella. Fedosy se jacta de que trabaja en televisión y de que escribe en revistas, pero esas son cosas que podría hacer perfectamente un estudiante de Comunicación Social o algún aficionado cualquiera. Los campos en los que el licenciado en Letras se ha podido ver lucrándose de alguna forma pueden ser intervenidos por cualquiera que tenga el talento y la devoción que estos requieren. Total, este hablará o escribirá de lo mismo que un licenciado en Derecho o Sociología trabajando en un periódico si quiere adueñarse del mismo prestigio. ¿O cuántos periódicos de renombre, más allá de su suplemento cultural, han circulado por las manos de millones por basar sus noticias en análisis foucaultianos o en la repercusión que ha tenido tal o cual novela en los modales de tal tipo de ciudadanos?

Es terriblemente normal que un padre enloquezca al oír que su hijo quiere dedicarse a la literatura, pues no solo su estudio es un mundo aparte del de su creación (¿cuántos, de los grandes escritores que han formado cualquier canon de la literatura occidental, estudiaron literatura?), sino que el futuro estudiante, al renunciar a incluirse en el modelo universitario vigente, dirigido a formar trabajadores y técnicos, se enfrenta a los medios de producción que han condicionado el modo de vivir de los últimos dos siglos. En esta sociedad posmoderna, en la que las grandes narrativas, los modelos totalizadores de vida, han sido echados a un lado para que lo instantáneo se establezca como lo único importante (Lyotard dixit); en esta sociedad en que las ideologías han sido y son constantemente desenmascaradas y la gente se rige por ellas sabiéndolo (Žižek dixit), el estudiante de Letras es parte de la peor de las élites: una que, como cualquier élite, se pretende elevada, pero que no presta ni da. No hay necesidad de personas que puedan delatar o construir imaginarios si la importancia de estos ha desaparecido; la capacidad crítica y el conocimiento acumulado quedan como posibles elementos para chistes entre círculos de amigos, tal vez un comentario sagaz mientras dos licenciados se fuman un porro y corrigen exámenes de Castellano.

Tal vez la dignidad de la élite letrada se manifiesta en su condición de rebelde. Al deslastrarse de las exigencias de la contemporaneidad, productiva y productivista, e infundirse de la más pura y teórica nada, quien estudia literatura se despega del mundo real y funda un reino aparte. No hay mayor acto de rebeldía que decirle NO a lo que define una cuestión y negar su existencia. Lástima que, al incrustarse en el círculo vicioso de la academia, asumir el rol de profesor de bachillerato o dejarse llevar por cualquier ámbito que, como dije antes, no tiene tanto que ver con la carrera como parece, el estudiante de Letras vuelve a formar parte de la contemporaneidad, a rellenar uno de sus aparentes vacíos. A la larga, la rebeldía de dedicarse a los libros, al arte, a todo aquello que el hombre ha vomitado para no ahogarse en sus ansias, se anula cuando estos se dan a circular por las instituciones que las han causado (y sí, comprendo la ironía de este pasaje).

Para dotar a las Letras y a las Humanidades la importancia y popularidad que han podido tener en el pasado, hace falta un cambio en nuestra manera de concebir el mundo y en el mundo como ahora está concebido. La palabra revolución se hace inevitable si se quiere que la literatura sea un pilar fundamental de nuestra sociedad: sea como impulsora de cualquier actividad social, en contra de cualquier tipo de opresión, como instrumento de aprendizaje o sencillamente como un colchón sobre el que los hombres puedan intercambiar sus inquietudes y esperanzas. No soy quien propone tales esquemas, el siglo pasado dio paso a vanguardias y movimientos que intentaron hacer de estos una realidad. Pero han quedado en la historia como anotaciones bibliográficas nada más, y sus obras sepultas en los cementerios que tanto aclamamos, las bibliotecas y los museos. La democracia, inevitablemente mediocre y antipática a cualquier especie de radicalidad, está demasiado bien vista –incluso en los círculos donde la mayoría ni siquiera tiene cabida.

“No me ha ido mal con mi carrera de Letras y menos como escritor,” escribe Santaella al final de su artículo. Y lo felicito, aunque no creo que su carrera de Letras le haya servido para su carrera de escritor o para cualquier cosa en la que se haya desempañado. Y aunque en su actitud conformista con el tema, ni siquiera intente explicar el verdadero problema detrás de la licenciatura. Pero me gustaría responderle una cosa: “Papá, yo estudio Letras. Y los que hemos entendido la maquinaria detrás de la carrera, sabemos que aunque no nos vaya mal, jamás nos irá bien. Porque esta sociedad no está hecha para nosotros, y no le interesa mucho que hagamos algo por ella”.