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Pamuk y Andric: Dos novelas contrastantes, una visión común

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I
Cuando emprendemos la lectura de una novela, hay siempre una búsqueda no declarada en la indagación del texto. En la novela, de un modo semejante al que apreciamos en una obra sinfónica o coral, hay una exposición del tema, el desarrollo y las variaciones, para formar un texto polifónico: una sucesión simultánea de voces distintas con aparente independencia, pero que constituyen la unidad de lo expuesto.
Hay polifonía en la novela. Desde su inicio argumental abre brechas y trata de evadirse de la linealidad única. El Quijote tiene una aparente linealidad en el relato del personaje, pero en cada trecho de su andar vamos conociendo otros personajes que multiplican la historia. Pienso que se da aquí la polifonía que caracteriza una obra musical.
Es necesario que en la novela se presente un contrapunto: en la indivisibilidad del conjunto y la igualdad y correspondencia de cada tiempo y espacio. Lo que aparece a primera vista a la comprensión del lector es el argumento o tema de la narración, pero me pregunto si es eso lo que lo atrapa en la lectura.

II

Dos novelas distintas en estructura y contenido servirán para desarrollar estas ideas sobre el tema: Nieve, de Orhan Pamuk, y Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric.
Nieve es una fábula sobre el conflictivo presente turco, dividido entre los ataturquistas (fórmula turca de inserción en la modernidad: una Turquía secular) y los integristas absolutistas musulmanes. Para ello limita el tema y espacio de la novela, y acota su objeto. El mural que compone nos presenta un solo pueblo –Kars, en la frontera con Armenia–, y del pueblo, sus habitantes más tópicos: el islamista radical, el ilustrado insatisfecho, el demócrata moderado, alguna mujer insumisa y varios jóvenes musulmanes.
Un poeta y periodista de nombre Ka, regresa a su ciudad de origen: Kars. El móvil del protagonista es otro: encontrarse con la bella Ipek, a quien conoció en su pasado de estudiante, casarse y volver con ella a Frankfurt. Trae también otro objetivo: investigar las causas del suicidio de las jóvenes musulmanas obligadas a quitarse el velo. Y aun así, oficialmente el propósito de su retorno es escribir una serie de artículos para un periódico de la capital La República, sobre las elecciones municipales en Kars –que por boca de urna ganarían los islamistas. Se aprecia una polifonía ideológica: un mismo suceso es visto de distinto modo de acuerdo con cada personaje.

Irrumpe en Kars una revolución teatral, durante los tres días que dura la nevada, para aislar la ciudad del resto del país. Ka se verá rodeado por eventos políticos que los grupos teatrales progresistas realizan a la manera de Shakespeare en Hamlet, confundiendo lo verosímil con lo real, al punto de asistir los espectadores a “muertes bien reales” sobre las tablas.
Como contrapartida a las oposiciones culturales, el Estado intensifica la política de los Servicios Secretos, con estrategias ya conocidas como las ya clásicas escuchas y grabaciones. ¿Golpe de Estado o Golpe del Estado? Inspirado por estos sucesos, y mientras Ka se acerca a la mujer que lo atrae, Ipek, y a otros personajes, camina a solas por calles desiertas de la ciudad de Kars y escucha las historias de los habitantes. Bajo este influjo, el poeta creará una serie de diecinueve poemas, inspirándose en la atmósfera invernal de Kars. Estos poemas serán publicados en el extranjero en un libro llamado “Nieve”.
El tema del doble es central en la novela. Se presenta bajo la forma de la relación entre el personaje, Ka, y el narrador. Intenta ponerse en lugar del otro, desde que ha establecido relación con los habitantes de la ciudad. ¿Hasta qué punto es posible comprender el dolor y el amor de otra persona? Si comprender consiste en ponernos en el lugar de alguien distinto, ¿ha habido comprensión entre los poderosos del mundo y la enorme masa de pobreza humana? Es el poeta Ka y no el periodista el que ha descubierto el sentido de su retorno a Kars.
Un puente sobre el Drina, de Ivo Andric (Bosnia, 1892-1975), es una extensa novela épica del Premio Nobel (1961) expuesta en una sucesión de cuadros en torno a la existencia del puente que representó el nudo indispensable de la carretera que une Bosnia con Serbia. La novela se desarrolla desde la construcción del puente sobre el río Drina, a instancias del Visir Mohamed-Pachá en el siglo XVI, durante la dominación turca en la región de Bosnia Herzegovina y Serbia. El relato concluye con la destrucción del puente en la Gran Guerra.
La obra se propone como una relación de episodios que vive el poblado bosnio de Vichegrado, en la parte limítrofe con Serbia, en torno a las vidas de sus pobladores y a lo largo de las sucesivas ocupaciones territoriales que padeció esta región de Los Balcanes: Hungría, Turquía, el Imperio Austro Húngaro. En cada etapa de sometimiento va definiéndose el carácter de las poblaciones que vivieron en el pueblo de Vichegrado.
La historia dice que el puente fue construido por un afamado arquitecto turco, y que en su trabajo de edificarlo se topó con el hada de las aguas, que destruía por la noche lo que se había levantado durante el día, hasta que la voz misteriosa de un mago aconsejó al maestro

III

de obras que buscase dos hermanos gemelos, todavía lactantes: niño y niña, y que una vez hallados los emparedase en los pilares centrales del puente. Finalmente, movidos por la recompensa ofrecida, el pueblo halló a los gemelos de pecho y acataron la orden del Visir. Pero la madre no quiso separarse de ellos y los siguió hasta llegar al arquitecto. Los gemelos fueron emparedados, pero el constructor dejó en los pilares dos aberturas a través de las cuales la madre podía amamantar a sus hijos.
Marguerite Yourcenar trae esta leyenda a uno de sus “cuentos orientales”, pero hace una adaptación del relato legendario y nos dice que una torre se hunde por no haber tenido cuidado de encerrar en sus cimientos a un hombre y una mujer cuyos esqueletos sostendrán, hasta el Juicio Final, la carne pesada de las piedras. He aquí el tono de realismo mágico de la novela.

En un lugar del puente y durante cada etapa de la sucesiva ocupación extranjera, se establece la guardia de control del paso de viajeros y transeúntes. Se erigen postes en la cabecera del puente y el poder militar turco exhibe cabezas de los rebeldes serbios y de tantos inocentes que han sido víctimas del árbitro otomano. En la terraza discuten los musulmanes, y ya en el siglo XIX se proponen las medidas para enfrentar el avance de las tropas del cristianismo que trae el Imperio Austro Húngaro. Aquí también se instaura el comité representativo de las tres religiones de la ciudad dominada, cuya presencia no ha podido ser abolida: musulmanes, cristianos ortodoxos y judíos coexisten bajo el dominio político que en el curso del tiempo han impuesto autoridad en la ciudad de Vichegrado. La misma representación que recibirá al victorioso ejército austro húngaro en la indetenible ocupación. Con un claro tinte melancólico conocemos las peripecias sociales o políticas o amorosas de una comunidad en busca de su libertad como pueblo, con su ethos particular. Son cientos de anécdotas de significado humano e histórico que se unen a la historia del puente y su permanencia como símbolo. El puente es testigo y víctima del cambio de los tiempos. Nacido por voluntad de un gobernante islámico, conforme transcurren los siglos su significado religioso pierde relevancia, para terminar cediendo frente al utilitarismo y pragmatismo de los días de la modernidad.

Los musulmanes de Vichegrado observan la inquietud y laboriosidad de los occidentales, manifiesta en los ingentes trabajos de reparación del puente. Pero también constatan los más ancianos la malicia e impiedad del eterno enemigo, al enterarse de que los austriacos han instalado una carga explosiva en la emblemática edificación.

Ivo Andric ha dibujado cada situación en su calidad humana: un indicio del sentido de la vida y del mundo, del ser del hombre en situaciones cambiantes a lo largo de la obra. Son crónicas ficticias que cuenta de un modo sencillo, sin propuestas filosóficas. Los episodios se suceden con naturalidad, aunque sean crueles y dolorosos, pero sin el exceso melodramático que caracteriza a muchas novelas calificadas de históricas.

IV

Al leer luego la novela-retrato Estambul, de Orhan Pamuk, hallé una visión contrapuesta de la historia, pues la novela del también ganador del Premio Nobel es un canto al pueblo otomano en su lucha de preponderancia y, no obstante, con la mirada puesta en occidente. “Al contrario que en las ciudades occidentales que han formado parte de grandes imperios hundidos –escribe Orhan Pamuk–, en Estambul los monumentos históricos no son cosas que se protejan como si estuvieran en un museo, que se expongan, ni de las que se presuma con orgullo. Simplemente, se vive entre ellos”. Esta reflexión forma parte de la teoría general sobre Estambul que defiende Orhan Pamuk: en la ciudad gobierna la amargura.

La novela Un puente sobre el Drina tiene la apariencia de una crónica y está escrita con una serenidad que pretende ocultar el fervor patriótico de los bosnios, pero en el fondo se aprecia un sentido nacionalista. El Poniente y el Levante de Europa se enlazan en esta novela, y el puente es el símbolo del lazo espiritual de los pueblos en pugna.

Cierro estas reflexiones con un planteamiento. El imperativo de la novela ha sido tradicionalmente decir lo esencial: aquello que sólo la novela puede decir. Cuando leemos novelas como las comentadas advertimos que en ellas se dan profusamente ideas que pertenecen a otros modos del saber: la filosofía o la historia. ¿Debe quedar oculta la presencia del novelista en su obra, y dejar al lector la libertad de vivir sus pensamientos?

Estas obras, como tantas otras, son novelas que comprenden en su motivación el sentimiento de los pueblos que retratan. Son contrastantes en la medida en que cada una de ellas pone ee acento en aspectos humanos diferentes pero no opuestos: el individuo en su especificidad, en Nieve; y el pueblo como vínculo social, en Un puente sobre el Drina. Son estas obras distantes de la novela de ideas, en las que se yuxtaponen los episodios de los protagonistas con las ideas y reflexiones colocadas por el autor: La montaña mágica, de Thomas Mann, o El hombre sin atributos, de Robert Musil. Digamos, en defensa de esta intrusión enriquecedora, que toda obra es como un amplio manto dorado que cubre el tiempo y el espacio contenidos en ella, sea cual