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La Paciencia: La fotografía transgresora de Bettina Rheims

Bettina Rheims / Foto Cortesía

Bettina Rheims / Foto Cortesía

“No cabe duda que el entorno artístico familiar del cual proviene esta fotógrafa determinó una contemplación superlativa en lo relativo a la experiencia estética”

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La obra de Bettina Rheims (Francia, 1952) es profundamente polémica y transgresora. En ella confluyen temáticas que incluso revisten un carácter tabú como el erotismo transgénero, así como representaciones de índole religiosa que han desatado cierto escándalo en predios ortodoxos. No obstante, su obra es expresión de un erotismo hondamente decantado y de una gran depuración.

No cabe duda que el entorno artístico familiar del cual proviene esta fotógrafa determinó una contemplación superlativa en lo relativo a la experiencia estética. De modo que ser hija del escritor y comisario del arte Maurice Rheims ha traído como consecuencia una perspectiva que va más allá de las cosas al momento de concebir una pieza o llevar a efecto una determinada composición. En ella está patente lo exquisito. En sus planos hay una obvia impronta de lo que fueron las propuestas de Helmut Newton y Robert Mapplethorpe por lo que hay un carácter muy apolíneo y con acabados excelsos. Del primero quizá heredó las escenas surreales y como salidas del mundo en donde lo desfachatado está en primera línea. Más allá de la tensión erótica, en este caso se da una resolución descarada de esa tirantez. En ella hay escenas en las que los primeros planos de vaginas o el deleite sáfico son rotundos. Asimismo, la presencia de modelos trans se da dentro de un preciosismo donde la reflexión va más allá de lo estrictamente andrógino. De hecho, esta artista sostiene que para ella es importante la representación de su propia naturaleza vital en el sentido de que en ésta se manifiesta la dualidad de la mujer y la madre en contraposición con aspectos estrictamente masculinos al momento de ejecutar el trabajo. Esta reflexión última, de un gran valor avant garde, es clave en el instante histórico actual en el que las fronteras de los géneros o de la orientación misma se han desdibujado y el ser humano está volcando su mirada hacia la propia ambivalencia.

Sin embargo, pareciera ser que la transgresión es la zona de confort de esta francesa puesto que no solamente se aproxima a esta postura en el territorio meramente erótico, sino también desde la religión. En su obra I.N.R.I. que hizo en colaboración con Serge Bramly apela a nuevas representaciones de la vida de Cristo al ubicarla en una perspectiva contemporánea e imbuida por atmósferas profundamente kitsch. Incluso, hay matices que recuerdan al trabajo de Derek Jarman en esta pieza.

En su apuesta erótica, la fotógrafa a pesar de ir hacia un revival de lo que fueron las primeras miradas al erotismo no procura la recreación estricta de los ambientes de la crápula y lo sórdido, aun cuando el realismo en algunos casos es extremo, como ocurre en escenas de mujeres amando mujeres. La resolución de este tipo de tópicos se da circunscrita a lo que es bello por lo bello.

Quizá este carácter tan depurado de la obra de Rheims esté vinculado con su trabajo en la industria de la moda y la publicidad, así como con su propia trayectoria en tanto retratista de figuras públicas de primera plana. Aquí no solamente se puede ver a celebridades como Monica Bellucci, Madonna o Naomi Campbell; sino al propio Jacques Chirac.

Recientemente fue una nota muy curiosa su Libro de Olga, publicado por Taschen en 2008 y donde hay soberbios desnudos de la esposa del multimillonario Sergey Rodionov. Todo ello recuerda esa exquisita tradición del arte que tradicionalmente ha representado mujeres desnudas vinculadas al poder, como pudo haber ocurrido en el siglo XVI con el retrato de Gabrielle d’Estrées y de su hermana, la duquesa de Villars.

No hay nada al azar en este trabajo.  De esta forma, cada detalle de sus planos responden a una profunda elaboración. El uso de colores saturados en muchos casos redunda en atmósferas de gran refinamiento y excelencia. Incluso en la interrelación con sus modelos quizá cuente el hecho de que sus propios orígenes fueron en ese mismo rol. De este modo se logra un resultado final muy lúdico en sus representaciones, como ocurre similarmente en el caso de Ellen Von Unwerth.

La obra de Bettina Rheims nos aproxima a una mirada que erotiza y que inaugura diálogos novedosos en torno a la transgresión, en este caso  en cuanto a los discursos relativos al género. Con esta propuesta singular asistimos a una exaltación de la exquisitez que está más allá del borde.