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La Paciencia: Jean Cocteau, un diálogo atemporal

Jean Cocteau, Testament of Orpheus /Foto Cortesía

Jean Cocteau, Testament of Orpheus /Foto Cortesía

“De principio a fin, su vida fue una aventura revestida de lo insólito”

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El 11 de octubre de 1963 Jean Cocteau recibía la noticia del fallecimiento de quien había sido su mejor amiga en vida, Edith Piaf. Horas después y mientras preparaba un obituario para la cantante, el propio Cocteau falleció. Concluía de este modo una vivencia en el mejor espíritu surrealista.

La obra de este artista es singular y estremecedora. En su figura personal confluyen una serie de tradiciones artísticas y períodos estéticos. De principio a fin, su vida fue una aventura revestida de lo insólito. De esta forma, el poeta se desempeñó como conductor de ambulancias durante la Primera Guerra Mundial y llegó, entre otras ocupaciones, a ser manager del boxeador Panamá Al Brown durante los años treinta. 

A pesar de haber estado inscrito en la estética surrealista, el propio Cocteau no era muy amigo de que se le encasillase en uno u otro ismo. Ya desde los mismos comienzos del siglo XX y a muy corta edad fue considerado un joven prodigio al irrumpir su primer poemario, La lámpara de Aladino, de 1909. Durante los comienzos de ese siglo trabó amistad con importantes figuras de las artes de ese período, como Guillaume Apollinaire, Pablo Picasso, Sergei Diaghilev, Erik Satie y Jean Marais, entre otros.

Sin embargo, un vínculo en particular le marcará de por vida. Fue el caso de Raymond Radiguet, por quien Cocteau sintió un profundo amor. De hecho, se ha llegado a especular que el propio descalabro del cineasta en el consumo de drogas pudo haber tenido como disparador la muerte prematura del joven Radiguet. En efecto, ya para la década de los años veinte Cocteau se encontraba inmerso en el consumo de opio y el infortunio que le propició dicha sustancia le llevó a escribir Opio, diario de una desintoxicación, publicado en 1930. Asimismo, durante el proceso en que el artista padeció los rigores de uno de sus síndromes de abstinencia escribió de un solo tirón Los muchachos terribles, de 1929.

La obra de este creador es vertiginosa y de un refinamiento excelso. En el cine es célebre su trilogía constituida por La sangre de un poeta, Orfeo y El testamento de Orfeo. Los tópicos inherentes a la condición de poeta y al proceso de creación están muy bien representados en estas piezas. Las imágenes del cineasta son de naturaleza onírica. Es abismal, por ejemplo, el plano de La sangre de un poeta en el que el protagonista se sumerge en un espejo. La estilística de este artista está virtualmente salida de este mundo. En la última pieza de esta trilogía es representada su propia  vivencia atemporal y su confrontación con lo sagrado, en este caso su llegada al templo de la diosa Palas Atenea, cuyo portero es personificado por su amigo personal, Yul Brynner. La problemática de un poeta inmaculado que debe ser juzgado por su inocencia, así como la dimensión inmortal del mismo, son tópicos recurrentes en este trabajo.

Asimismo, su obra plástica es profunda y densa, llegando incluso a tener una dimensión abiertamente religiosa. La propia conversión de este creador al catolicismo practicante luego de sus descalabros con drogas podría estar relacionada con ello. Del mismo modo, se observa una clara analogía con la vivencia de Paul Verlaine en este sentido. En efecto, mientras Radiguet estuvo en vida, se llegó a comparar el vínculo que mantuvo con Cocteau con lo que fue la experiencia de Verlaine y Rimbaud durante el siglo XIX.

La exquisitez siempre fue marca de este artista, de manera que en su obra hay títulos tan provocadores como El bello indiferente, escrita especialmente para su siempre amiga Edith Piaf y estrenada en Paris en 1940.

De la misma forma, este poeta fue también un extraordinario ensayista; su texto La dificultad de ser es clara muestra de ello y constituye un retrato sin precedentes de un período estético y de los creadores que lo protagonizaron.

Jean Cocteau fue una figura que inauguró una poética y una estilística única. Fue la dimensión del artista y de lo atemporal hecha carne; un creador que no sólo dialogó con su época sino con todos los tiempos.