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La Paciencia: Los setenta años de Octavio Armand

De izquierda a derecha: Graciela Yáñez Vicentini, Octavio Armand, Franklin Hurtado, Kira Kariakin, José Antonio Parra y Violeta Urbina / Cortesía

De izquierda a derecha: Graciela Yáñez Vicentini, Octavio Armand, Franklin Hurtado, Kira Kariakin, José Antonio Parra y Violeta Urbina / Cortesía

“Está nítido en mi memoria ese instante inaugural en que le conocí en un Festival Internacional de Poesía que se llevaba a cabo en Caracas y donde él tenía una presentación”

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Este pasado diez de mayo Octavio Armand cumplió setenta años. Esa mañana, Graciela Yáñez Vicentini me avisó que sus allegados más cercanos nos reuniríamos con él en la panadería que está frente a su casa y donde usualmente solemos visitarle. La situación ahí se dio de forma fluida y revestida de esa espontaneidad que caracteriza cualquier vivencia con Octavio. Así que esa tarde pudimos confluir en el sitio un grupo de amigos entre quienes estaban mi muy querida Kira Kariakin, al igual que la propia Graciela, Frankin Hurtado, Alejandro Sebastiani Verlezza, Santos López y Rafael Castillo Zapata. El ambiente de familiaridad fue pleno y al grupo se sumaron la esposa de Octavio –Violeta Urbina–, su hija –Julia Cecilia– y mi madre, Yolanda. De ese modo pudimos celebrar la alegría de otro año más junto a este artista cubano que constituye un pilar fundamental de la literatura iberoamericana y quien, además, ha llegado a ser nombrado como el último de los surrealistas.

Ya hace bastantes años desde que me une a Octavio una profunda amistad y una serie de vivencias en donde ha habido momentos plenos de alegría, así como tiempos intensos. Está nítido en mi memoria ese instante inaugural en que le conocí en un Festival Internacional de Poesía que se llevaba a cabo en Caracas y donde él tenía una presentación. Ese impacto e invitación al mundo otro de Octavio se dio cuando le escuché leer un poema que reza “entro a una gota de agua y me la bebo”. En esas palabras hace su epifanía ese universo de Armand en donde las geometrías son cóncavas, convexas, fractales y donde también es patente la constelación de lo infinito y de la multiplicidad. Incluso, en esa oportunidad, el semblante físico de Armand era impactante y todavía  recuerdo como su rostro se manifestaba infinitesimalmente en la sala donde se celebraba el evento.

Puede decirse que en los textos de este autor, tanto en lo referido a la poesía como al ensayo, hay una exuberancia profusa en la que el lenguaje se va desdoblando sucesivamente de manera rizomática y donde una idea lleva a la siguiente siguiendo una causalidad inaudita e incluso acrobática. Hay, asimismo en su trabajo, una poderosa inquietud de carácter místico en torno a consideraciones últimas referidas al fenómeno existencial. Octavio es hoy por hoy un canon estilístico, al igual que una referencia plena de erudición. Ya he mencionado en el pasado, además, que la voz de este poeta resuena con una carga que está más bien en el ámbito de la profecía. Adicionalmente, su nombre está vinculado a uno de los momentos más privilegiados de la experiencia editorial en Iberoamérica, habiendo sido fundador y director de la mítica revista Escandalar, que tuvo su apogeo durante los años setenta.

Son innumerables las anécdotas que recuerdo junto a Octavio, desde las feroces tardes en el Club Social Chino, hasta una oportunidad cuando en el frenesí de una entrevista que le hacía en radio lo nombré a manera de provocación “el antecedente primordial de la generación psicodélica”. Armand refiere con frecuencia que yo justo he vinculado ese poema iniciático a través del cual lo conocí con cierta estética de orden psicodélico. También está viva la oportunidad en que nos reunimos en esa misma panadería junto con kelsy Koch y nuestra conversación fluyó a través de la gama más exótica de personajes, desde César Romero hasta Santos Traficante y pasando por figuras literarias como François Villon y Juan Sánchez Peláez. Sin duda alguna que una de las obsesiones de Octavio en el ámbito ensayístico está vinculada a los personajes transgresores, de forma que hay referencias insólitas al propio Villon en obra de Armand, tal y como ocurre en su célebre texto, Lacan te ve, en torno a cuyo título nos refiere el propio autor en nota al pie de página lo siguiente: “El título viene de las siglas de la Compañía Anónima Nacional Teléfonos de Venezuela: la Cantv. Cabría pues añadirle algo: Lacan te ve y escucha. Desde mi primer viaje a Caracas, en el ya remoto año de  1978, ¡dicen que 20 años no son nada!, me impresionó que sus habitantes, inadvertidos, vivieran tranquilamente bajo el escrutinio implacable del psicoanalista. Desde entonces vengo señalando el hecho con pavor. De una vez por todas, pues, quedan advertidos”.

De forma que ese martes diez de mayo fue un nuevo pretexto para encontrarnos con Octavio y para celebrar la epifanía de la luz y de la amistad, para celebrar la vida y obra de uno de los autores de mayor envergadura en el ámbito internacional actual. Entonces, quizá sea propicio cerrar este texto con el siguiente poema de Armand: “Saludo a quien sabe arder. / Saludo al cocuyo, a la chicharra, / a los amantes retorcidos en lo oscuro (…) Henchido el cuerpo, / la piel vacía como un tambor, / doy vueltas con el guerrero / dibujado en el jarrón. / Bailo abrazado a las esferas / hasta sentir que son míos el viento / y la tierra, el fuego y el  agua. / Soy dios. / Hoy yo soy dios. / Callo con la noche y canto con el día. / Bailo y roto. / Muero, muerdo la vida”.