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La Paciencia: Esa poética de los años noventa

Años 90 / foto David Benito (castelloambsoroll.blogspot.com)

Años 90 / foto David Benito (castelloambsoroll.blogspot.com)

“El cambio comenzó a percibirse hacia finales de los ochenta cuando la música pop tomó un cariz neo hippie y la misma industria del modelaje apostó por el cabello largo en los hombres, así como en las mujeres por el estilo anoréxico”

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Los años noventa significaron muchas cosas a nivel cultural, pero sobre todo fueron expresión de lo intenso. En efecto, ese vuelco de la mirada que se produjo durante dicho período hacia las formas estilísticas de los años sesenta y setenta originó una mezcla en la que reaparecieron lo à gogo y hubo un replanteo de las apuestas literarias y estéticas resultando en significantes que fueron únicos, dada la confluencia de lo nuevo con lo retro.

El cambio comenzó a percibirse hacia finales de los ochenta cuando la música pop tomó un cariz neo hippie y la misma industria del modelaje apostó por el cabello largo en los hombres, así como en las mujeres por el estilo anoréxico, en una suerte de emulación de Joe Dallesandro y Edie Sedgwick, los divos del Factory de Andy Warhol. Incluso, en el orden político se produjo una vuelta de tuerca sustancial en el sentido de que en los Estados Unidos fue elegido Bill Clinton en una especie de revival –al menos metafórico– de la era Kennedy.

Ya justo al comienzo de la década en sí, se dio el denominada fenómeno alternativo en el que irrumpieron bandas como los Red Hot Chili Peppers, Lush, The Breeders, Cocteau Twins, 4 Non blondes, The charlatans Uk, Ride, Oasis, Pearl Jam, Smashing Pumpkins y Nirvana; al igual que solistas como Alanis Morissette y Beck, entre otros, quienes se aproximaban a una mirada novedosa con la impronta intensa de los sesenta y setenta. No obstante, casi enseguida hubo sus tragedias, como lo ocurrido con Kurt Cobain, por ejemplo.

La primera mitad de la década fue particularmente singular en cuanto a la confluencia de obras en diferentes géneros. En efecto, quizá de los mejores títulos del período aparecieron juntos en ese momento. Fueron el caso de la película de Win Wenders, Tan lejos y tan cerca (1993), así como del argentino Eliseo Subiela, El lado oscuro del corazón (1992) y  No te mueras sin decirme adónde vas (1995). Asimismo, en el año de 1995, Javier Marías ganó el otrora prestigiosísimo Premio Rómulo Gallegos con Mañana en la Batalla piensa en mí (1994).

En cuanto a la lírica se produjeron fenómenos muy interesantes como fue el caso de la confesionalista Martha Kornblith, quien dejó tras de sí uno de los legados poéticos de mayor potencia en Iberoamérica: Oraciones para un dios ausente (1995), Sesión de endodoncia (1997) y El perdedor se lo lleva todo (1997).

A nivel local en Venezuela, el auge económico subsecuente a las impecables medidas económicas de la segunda administración de Carlos Andrés Pérez, trajo consigo la posibilidad de llevar a efecto creaciones interesantes y con muy buenos acabados. Por esos tiempos irrumpía en la plástica una nueva generación en la que estaban inscritos Carlos Enríquez-González, Muu Blanco, Blanca Haddad, Luis Salazar y Deborah Castillo, entre otros. Hubo por entonces excelsas publicaciones que daban cuenta de estos fenómenos, como la prestigiosísima revista Estilo de Caresse Lansberg.

En cuanto al orden musical venezolano, se vieron los momentos finales de esa singularidad que significó Sentimiento Muerto, así como la trágica muerte de su guitarrista, el sublime Cayayo Troconis. Hubo experiencias superlativas como Los Amigos Invisibles y Desorden Público, además de apuestas inscritas en lo hard, como la legendaria Muy Bestia Pop o Zapato 3. Asimismo, en el contexto latinoamericano irrumpían bandas como Aterciopelados, Babasónicos o Jaguares, entre otras.

Aun por esos días no había ocurrido la diáspora que comenzó con la llegada de los militares al poder en Venezuela en el año de 1999. El tejido social era efervescente y se veían propuestas de gran creatividad underground como las ocurridas en la casa que por entonces compartían Joanna Vegas y Carolina Tinoco, quienes estaban vinculadas a la Facultad de Arquitectura de la UCV de la época. Las escuelas de letras, tanto de la UCV como de la UCAB, estaban en un momento privilegiado. En esas universidades se daban los espacios de los profesores Guillermo Sucre, María Fernanda Palacios, Marco Rodríguez del Camino, Rafael Castillo Zapata, Eduardo Liendo, Judit Gerendas, Gisela Kozak, Vicente Lecuna, Jorge Romero León, Teresa Berbín, Miguel Marcotrigiano, José Sánchez Lecuna, Germán Flores o Francisco Javier Pérez, entre otros importantes intelectuales. Por esa era y en esos predios se formaban figuras como Lorena González, Gabriela Lepage, Jeffrey Cedeño, Ana maría Velázquez, Lesbia Quintero, Camila Pulgar Machado, Jason Maldonado, César Segovia, Andreina Mujica, Elena Cardona, Aymara Arreaza y Lorena Bou, esta última galardonada por esos días como el mayor índice académico de todas las universidades y todas las carreras del país.

Quienes vivimos esa década entendíamos que era un momento singular y que de algún modo el orden simbólico e inefable estaba desplegado. Fue, en efecto, una época neopsicodélica. La cultura elitesca, así como la de masas confluían en algo irreverente, como ocurrió con las películas de Quentin Tarantino y Danny Boyle, Pulp Fiction y Trainspotting, respectivamente. Igualmente, las series de dibujos animados para tv asumieron una perspectiva nueva y agresiva en el espíritu de la contracultura grunge imperante, tal y como fueron los casos de Beavis and Butthead, Daria y South Park.

Esta fue una brevísima mirada, sin duda alguna cargada de melancolía y de afectos, en torno a lo que recuerdo de esos días. Faltan en esta nota muchísimos personajes y artefactos que también fueron protagonistas de esos años.