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La Paciencia: Sentimiento Muerto, a la hora justa

El libro fue bautizado en el BOD La Castellana el año pasado / Foto Lucía Jiménez

El libro fue bautizado en el BOD La Castellana el año pasado / Foto Lucía Jiménez

“El territorio de lo emocional es uno de los aspectos clave en este trabajo donde se observa la maestría de Padrón”

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El más reciente libro de William Padrón; Sentimiento Muerto, a la hora justa es un interesantísimo testimonio sobre esta legendaria banda venezolana, así como de un período histórico y una generación en particular. En efecto, este texto de Ediciones B es un artefacto donde se evidencia lo que fue el devenir de un momento privilegiado para las artes en Venezuela y cómo se gestó la vuelta de tuerca que constituyó la irrupción de esta propuesta frente a un ámbito musical y a emisoras de radio que se hallaban anestesiados previo a la llegada de lo nuevo.

La estructura de la edición está conformada por una serie de entrevistas a los diversos integrantes de la agrupación que sobreviven. De modo que, incluso a nivel de lo que es el lenguaje y el dialecto, se pone en evidencia un registro histórico en el cual estuvimos inscritos quienes vivimos nuestra infancia y adolescencia hace treinta y cuarenta años. Asimismo, hay referencias a cada uno de los discos editados por Sentimiento Muerto desde una perspectiva técnica y crítica.

El lector hallará un discurso muy interesante que fluye en un continuo in crescendo a lo largo de las entrevistas realizadas a Alberto cabello, Edgar Jiménez, Wincho Schäfer, José “Pingüino” Echezuría, Sebastián Araujo y Héctor Castillo; hasta culminar con la explosiva entrevista a Pablo Dagnino, sin duda el registro testimonial  más vibrante del libro por lo honesto, lo vivaz y lo provocador.

Además, el territorio de lo emocional es uno de los aspectos clave en este trabajo donde se observa la maestría de Padrón a la hora de indagar y llevar a efecto una arqueología que pone en evidencia lo que fue el devenir y las interacciones, con sus momentos de armonía y de conflicto, entre los diversos miembros de la banda y sus allegados. Esa emocionalidad manifiesta en la edición está complementada con una serie de imágenes al final del libro que le dan una aproximación mayor al lector con los tópicos tratados.

Fue cosa alegre para mí reencontrarme con figuras de grata recordación, como el artista plástico Luis Poleo, quien fue parte de la primera alineación del conjunto y quien sin duda, al igual que Cayayo Troconis, es personificación del alma sensible y de la vivencia genuina del artista.

También, la geografía social de la clase media caraqueña de los años ochenta, sobre todo de los jóvenes inscritos en la contracultura del período, queda muy bien expresada. En ese sentido, se muestra con claridad el modo cómo se dio el fenómeno de marketing de la banda mediante grafitis que fueron apareciendo en  la Caracas de la época, así como la entrada del grupo en la dimensión main stream. Incluso, la estrategia inicial de distribución de casetes de audio con temas en donde predominaba lo salvaje queda patente. Todavía recuerdo la manera compulsiva como yo mismo escuchaba esos casetes e incluso la motocicleta de Pablo Dagnino, a quien en más de una oportunidad vi por las calles de Macaracuay durante la época.

La vivencia de las personas que fueron cercanas a la alineación, como Helena Ibarra y Gustavo Atilano, está muy bien planteada desde el punto de vista de los enfoques de ambos profesionales; al igual que la interacción que el conjunto tuvo con reconocidos músicos del calibre de Fito Páez y Andrés Calamaro. Adicionalmente, la evolución estilística de la agrupación, desde lo estrictamente punk hasta las apuestas de corte más pop queda en evidencia.

A todo lo largo de este texto se nota una gran coherencia por parte de William Padrón. Quizá el hecho de ser un profesional con una mirada profunda en torno al fenómeno de la música redundó en los excelsos acabados de este libro. Aquí es importante mencionar que el autor ha tenido una amplia trayectoria, no solo en el ámbito local sino a nivel de medios internacionales, habiendo tenido participación en la legendaria revista Rolling Stone, entre otras.

Como detalle concluyente, y sumamente cargado de emocionalidad, hay un breve texto al final del libro dedicado a Cayayo Troconis, quien fue representación del artista donde lo poético hizo epifanía. El recuento que hace William Padrón de su último contacto con este creador el propio día de su muerte constituye un cierre impecable para esta edición que es un aporte más, junto con Caramelos de cianuro, la carretera para dejar testimonio de lo que ha sido toda una era en la música venezolana en lo referido a registros verdaderamente ligados a lo nuevo.

 

Sentimiento muerto, a la hora justa

William Padrón

Ediciones B.

Caracas, 2015.