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La Paciencia: Esa exquisita violencia de Quentin Tarantino

Tarantino | AFP PHOTO / BERTRAND GUAY

Tarantino | AFP PHOTO / BERTRAND GUAY

“hay una poderosa mezcla de elementos; tenemos así la depuración estética en lo referido a la banda sonora, el casting, el uso del color en la cinematografía, al igual que la apelación a lo retro y lo kitsch”

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Hoy por hoy Quentin Tarantino (Estados Unidos, 1963) ha alcanzado un  nivel excelso en el género cinematográfico. En efecto, este realizador que surgió a la palestra con su insólito film Pulp Fiction (1994) ha llevado a cabo una carrera en la que la violencia es marca estilística.

Hay varias razones que determinan la fascinación del público culto por las producciones de este creador. En su caso hay una poderosa mezcla de elementos; tenemos así la depuración estética en lo referido a la banda sonora, el casting, el uso del color en la cinematografía, al igual que la apelación a lo retro y lo kitsch.

No obstante, en toda su obra veo dos producciones que constituyen momentos clímax dentro de la historia del cine mundial, a saber de Pulp Fiction y kill Bill, tanto la parte I como la II, del 2003 y 2004, respectivamente.

En Pulp Fiction hay un referente directo a la poética del folletín y los personajes en este caso, están construidos siguiendo esa pauta literaria. Así, en la película se narran diversas incidencias en torno a personajes que viven al borde en el submundo del hampa de Los Ángeles. Está de este modo el gánster de alta peligrosidad Marsellus Wallace (Ving Rhames) –para quien Tarantino acota en el guion que Marsellus es una suerte de cruza entre un gánster y un rey–. En torno a él giran historias vertiginosas protagonizadas por Vincent Vega (John Travolta), un asesino a sueldo adicto a la heroína que reside en Ámsterdam y Jules Winnfield (Samuel L. Jackson), un negro matón proveniente de un barrio marginal quien siempre recitaba a sus víctimas el pasaje bíblico Ezequiel 25,17. Finalmente está Mia Wallace (Uma Thurman), la mujer de Marsellus quien termina sufriendo por accidente una sobredosis de heroína en una salida con Vincent.

En esta película hay elementos como la redención de los buenos y el castigo a los malos que son clara impronta de la lógica clásica. Asimismo, la intervención divina está también presente en el artefacto, siguiendo la fórmula del folletín. Sin embargo, uno de los hitos que caracterizan a este film es la ruptura narrativa en el sentido de que las múltiples historias que configuran la película están rotas y superpuestas de modo que hay una sensación de extravío en el espectador. Esto influye de manera decisiva en despertar una profunda curiosidad por este enigmático trabajo. La banda sonora está plena de canciones de antaño como Let’s stay together (1972) de Al Green, así como la canción de Dick Dale, Misirlou (1962), marca representativa del film; donde es obvia la emulación del sonido, tanto de las olas como de ametralladoras.

En kill Bill, Quentin Taranatino ahonda en algunas de sus obsesiones respeto al género espectacular en el sentido que rescata referentes de los años sesenta, como por ejemplo la cinematografía del Hong Kong de ese período. Esta pieza constituida por dos entregas narra la venganza de Beatrix Kiddo (Uma Thurman) contra Bill (David Carradine), su ex pareja y líder de una banda de asesinas. En la primera entrega se despliegan una serie de los más inauditos personajes, como por ejemplo Gogo (Chiaki Kuriyama), una asesina japonesa psicopática de poca edad, quien es la lugarteniente de O-Ren Ishii (Lucy Liu), la líder de la banda japonesa de matones maníacos, Los 88 Locos.

En su segunda entrega quizá el personaje más llamativo lo constituye Pai Mei (Gordon Liu), el sacerdote taoísta del Loto Blanco, quien además tiene mil años de edad. Es justamente Pai Mei quien enseña a Kiddo las destrezas por las cuales logra salvarse de la muerte en las situaciones más horripilantes, así como culminar la ejecución de su temible venganza. La ambientación y la música de la secuencia de Pai Mei están basadas en la estética del Hong Kong de los años sesenta y setenta. Asimismo, abundan en el film piezas musicales de gran exquisitez como The grand duel (Parte prima) (1972) de Luis Bacalov y Bang bang (My baby shot me down) (1966) de Nancy Sinatra.

De modo que es justamente esa poderosa combinación de elementos estéticos exquisitos lo que redunda en la alarmante fascinación del público por tal despliegue de ultraviolencia. De hecho, este mismo fenómeno se da con la clásica película de Kubrick, La naranja mecánica (1971).

Sin duda alguna que Quentin Tarantino ha trascendido a una dimensión privilegiada en el devenir de las artes: la de lo de culto. En él se manifiestan el genio creador, así como una mirada al género en su totalidad y una gran rigurosidad formal.