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La Paciencia: El canon estilístico de la música alternativa durante los noventa

El hit “Under the bridge” (Red Hot Chili Peppers) marcó un momento / Foto The Red Hot Chili Peppers Club (Fanpop.com)

El hit “Under the bridge” (Red Hot Chili Peppers) marcó un momento / Foto The Red Hot Chili Peppers Club (Fanpop.com)

“Lo que estaba en el tapete era una reedición de lo que fue la era Woodstock, quizá en parte porque la cultura estadunidense expresaba la fatiga que le había producido la época tan conservadora y ortodoxa que significaron la administraciones de Reagan y Bush”

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Ese fenómeno que fue denominado “alternativo” durante los años noventa implicó una serie de tendencias y de tonalidades estéticas. Así, hubo una gran cantidad de señales que indicaban que ya el canon de los ochenta, marcado fundamentalmente por lo dark y lo punk; con bandas como Joy Division, Bauhaus y New Order, entre otras, estaba llegando a un desenlace que auguraba la irrupción de una nueva estilística. Quizá los álbumes que marcaron la tendencia que se avecinaba fueron The seeds of love de los Tears for Fears y Cosmic thing de los B-52’s, que aparecieron en el año 89 y que denotaban –obviamente– una disposición subterránea hacia una apertura psicodélica, que solo florecería plenamente durante los noventa.

No obstante, el momento que –desde mi punto de vista– indicó ese florecimiento pleno fue el lanzamiento en el año 91 del hit Under the bridge de los Red Hot Chili Peppers, cuyo video y predicamento inauguraban una poética intrínseca a la juventud de ese período, una generación que Elizabeth Wurtzel en su Nación Prozac (1994) nombró como la “generación perdedora”. Yo mismo pude ver de primera mano ese fenómeno desde la perspectiva de MTV y su legendario programa 120 minutes que salía al aire los domingos en la noche. En este punto hay que mencionar que el fenómeno artístico de esos años fue un replanteo de la psicodelia y lo à go gó de los años sesenta y setenta. De hecho, los períodos estéticos y la moda en general responden a patrones cíclicos y reaparecen de tanto en tanto como nuevos pastiches.

De forma que lo que estaba en el tapete era una reedición de lo que fue la era Woodstock, quizá en parte porque la cultura estadunidense expresaba la fatiga que le había producido la época tan conservadora y ortodoxa que significaron la administraciones de Reagan y Bush, y de este modo buscaba una liberación; una expansión bajo el signo de las ya previamente exploradas utopías de la contracultura.

Casi en seguida, las bandas se polarizaron entre aquellas con vocalistas masculinos y las que estaban bajo el liderazgo de mujeres. En relación a estas últimas fue marca de dicho tiempo el video de la pieza de Lush, Superblast (1992), con la potencia desenfrenada de Emma Anderson; que sin duda capitalizó lo que fue un rock más de corte espacial. Asimismo, las gemelas Kim y Kelley Deal constituyeron un fenómeno sin precedentes con fuertes visos experimentales a través de su banda Breeders. Inolvidable fue el diseño, muy en la esfera mallarmeana, de su álbum Last Splash (1993). Adicionalmente, la agrupación Cocteau Twins significó la impronta de un lirismo y una fuga mundis exacerbada. Si bien esta banda ya venía desde los ochenta, su explosión se produjo durante los noventa. Se comentaba en la época que las letras eran incomprensibles pero no había nadie que no se hubiese enamorado escuchando Cocteau Twins. Tres álbumes de ellos fueron legendarios: Blue bell Knoll (1988), Heaven or Las Vegas (1990) y Four calendar café (1993). Además, 4 Non blondes le dio una dimensión icónica al período con su pieza What's Up (1993). De igual modo, Dead Can Dance significó una mirada mucho más introspectiva y donde la impronta estaba en matices medievales. Incluso, en el Lejano Oriente, los japoneses Pizzicato Five irrumpieron con una apuesta de gran sobriedad formal, muy retro y con claras marca de lo que fue la contracultura de los sesenta. El nombre de su canción Twiggy Twiggy (1991) es clara muestra de ello. Otras bandas, como los suecos The Cardigans, estremecieron a la audiencia con su hit Carnival (1995).

En cuanto a las alineaciones masculinas, aparte de los Red Hot Chili Peppers, hubo grupos que significaron la hechura de una música de máxima calidad estilística e innovadora, como lo fueron Nirvana, The Smashing Pumpkins, The Charlatans Uk, Ride, Spacemen 3, Possum Dixon, Oasis, The Jesus and Mary Chain, Blur, The Lightning Seeds, Pearl Jam, R.E.M., Stone Temple Pilots, Radiohead, The Verve, Blind Melon, y Butthole Surfers, entre otros. De nuevo, era obvia la mirada retro, como ocurrió con la canción 1979 (1995) de los Smashing Pumpkins.

La presencia de solistas también fue marca fundamental y esa década vio el nacimiento de leyendas como Beck, Alanis Morissette y la expansión cuántica de Björk. La industria discográfica estaba en un momento en que se permitió una cantidad de licencias que redundaron en las tragedias de artistas prodigiosos como el caso Kurt Cobain de Nirvana o Jonathan Melvoin de los Smashing Pumpkings, que fallecieron a consecuencia de una adicción desenfrenada. Sin lugar a dudas, la ejemplificación de la “generación perdedora”, tal y como fue conceptualizada por Wurtzel estuvo centrada en las figuras de Kurt Cobain y Beck, quien vivía en una condición marginal hasta que estalló su mítico Loser (1994), y cuyo video representó una vuelta de tuerca real y profunda, así como una mirada que apuntaba más hacia el surrealismo y la psicodelia.

No me cabe la menor duda de que más allá de lo trágico y lo salvaje que resultaron algunas de las experiencias y apuestas musicales de los años noventa, a nivel estilístico dicho tiempo significó la irrupción de lo nuevo, de un sonido que eventualmente fue categorizado en muchas tendencias distintas que iban desde el grunge y el industrial, hasta el Indie y la neopsicodelia. Los registros de hoy en día serían inexplicables sin ese período.