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La Paciencia: Max Ernst, potencia surreal

Max Ernst | Foto: Dorothea Tanning

Max Ernst | Foto: Dorothea Tanning

“La propuesta de Ernst está plagada de acertijos. Quizá ello es representación de aquellas fachadas del mundo, tanto interior como fenoménico, que el artista expresaba”

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Si algo caracteriza a la obra de Max Ernst (Alemania, 1891) es lo inquietante. De igual forma, la vida de este artista fue una aventura plena que ahondó en la experimentación. Su carácter rebelde le hizo indagar más allá de los límites del mundo real en pos de nuevos modos de representación.

A comienzos del siglo XX tuvo contacto con artistas como Cézanne, Vincent van Gogh, Gauguin, Munch y Picasso. Muy pronto estuvo dentro de lo que fue conocido como dadaísmo en la búsqueda de una aproximación irreverente a aspectos del mundo donde el acento estuviera puesto en el absurdo. Sin embargo, este alemán era muy minucioso y poseía una sutileza excelsa. Así que en sus comienzos estudió historia del arte, filosofía y psiquiatría. Pero fue en esa posición poco usual frente al fenómeno estético donde se vio innovando con técnicas como el frottage, la cual se basaba en la reproducción de texturas mediante el frotado con lápices. Asimismo fue precursor de la técnica de goteo, de modo que constituyó el antecedente primordial del futuro dripping de Jackson Pollock. De igual manera sus trabajos con collages expresan una dimensión trastocada del mundo. En este caso se trata de una perspectiva onírica, como de pesadilla.

No obstante, su momento crucial llegaría con el arribo del surrealismo, del cual fue pilar. Así que durante la década de los años veinte del siglo pasado utilizó técnicas análogas a la escritura automática, pero en el contexto de las artes plásticas. Recordemos que una de las búsquedas del surrealismo es la resolución futura de los estados del sueño y la realidad en un estado surrealista. En efecto, esta poética buscaba dicho paradigma mediante la ruptura de las cadenas de la lógica, de la moral y del orden social. Del mismo modo, una de las características de este ismo consistió en la vinculación fraternal de sus miembros, entre los que se contaban André Breton, Paul Éluard, Man Ray y Salvador Dalí, entre otros. En estos contextos no eran inusuales las situaciones de tono insólito, tales como el supuesto ahorcamiento de Joan Miró por parte del resto de sus cofrades surrealistas en la conmemoración de la muerte de Gérard de Nerval, quien es considerado un antecedente de esta tendencia. Las relaciones entre estos artistas no estaban limitadas exclusivamente al ámbito de sus oficios, de forma que el propio Ernst vivió un affair con Gala, quien para la época era esposa de Paul Éluard. Tiempo después, Gala sería la mujer del propio Salvador Dalí.

La propuesta de Ernst está plagada de acertijos. Quizá ello es representación de aquellas fachadas del mundo, tanto interior como fenoménico, que el artista expresaba. Aspectos simultáneos de lo real como el evento de la muerte de un ave que era mascota de su familia al momento de nacer su hermana le llamaban profundamente la atención. Hay, en todo caso, una inquietud cósmica y del algún modo mística en su trabajo. Las metamorfosis en las cuales aparecen representaciones de seres fantásticos con partes humanas y animales dan una constelación inusual a algunas de sus piezas.

 La vida personal de Max Ernst fue también intrincada. De este modo, este creador estuvo en una lista nazi de “artistas degenerados”, por lo que se vio perseguido y estuvo preso, no solo por el fascismo, sino por las propias autoridades francesas. El carácter de figura en estado de sospecha no solo fue simbólico, sino literal. Sin embargo, gracias a las diligencias de amistades pudo huir hacia los Estados Unidos en 1941 donde protagonizó un tórrido matrimonio con Peggy Guggenheim. De hecho, Ernst fue un connotado mujeriego que también tuvo cercanía íntima con Leonora Carrington y Dorothea Tanning, con quien se casó en una doble boda escenificada junto a la pareja constituida por Man Ray y Juliet Browner. Luego de la guerra, el artista retornó a una Europa asolada donde sintió el extrañamiento de no ser reconocido como una celebridad, tal y como había sido antes del conflicto. No obstante, a partir del premio recibido en la Bienal de Venecia del año de 1954 entró en una constelación atemporal de las artes.

La muerte de Max Ernst, acaecida en el año de 1976, puso fin temporal a una figura que inauguró una poética propia, uno de los referentes más intensos del surrealismo y del arte universal.