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La Paciencia: Deborah Castillo, deconstruyendo al poder

Deborah Castillo posa con su obra "Marx palimpsesto" (Galería Carmen Araujo Arte, de La Hacienda La Trinidad, 2016) / Foto William Dumont. El Nacional

Deborah Castillo posa con su obra "Marx palimpsesto" (Galería Carmen Araujo Arte, de La Hacienda La Trinidad, 2016) / Foto William Dumont. El Nacional

“El abordaje que esta creadora tiene con relación al hecho estético se da desde la piel y desde el cuestionamiento, referido no solo al plano político, sino también a  lo que tiene que ver con la sexualidad y las representaciones de la mujer en la cultura actual”

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Sin duda alguna que la vida y obra de Deborah Castillo son expresión de un compromiso pleno con la experiencia estética. Quizá sea ese compromiso lo que ha redundado en una obra profundamente subversiva y que expone un cuestionamiento real y profundo del poder. No obstante, ese cuestionamiento está referido a la causa primera del mismo, que en lo relativo a Venezuela representa a la esfera ideológica desde la que se articulan los discursos por los que se pretende justificar a la cruenta dictadura militar de la cual Nicolás Maduro es la fachada.

Para mí es de grata recordación el momento iniciático en el cual mi vínculo con Deborah asumió una cercanía mayor, así como la afinidad en cuanto al compromiso ético y estético. Ello ocurrió años atrás cuando la artista y mi persona coincidimos en la célebre peluquería de Omer y empezamos a ahondar incluso en discursos de naturaleza mística, circunscritos a la religiosidad del Lejano Oriente.

El abordaje que esta creadora tiene con relación al hecho estético se da desde la piel y desde el cuestionamiento, referido no solo al plano político, sino también a  lo que tiene que ver con la sexualidad y las representaciones de la mujer en la cultura actual. Trabajos como El beso emancipador (2013), El secuestro de la Ministra de la Cultura (2013), Lamezuela (2011), El extraño caso de la sin título (2006) y South American Cleaner (2005), entre otros, ponen en evidencia a un espíritu profundamente transgresor y cuya perspectiva apunta a hacia lo libertario y hacia el triunfo de la individualidad del hombre per se.

Esa dimensión de la piel y lo salvaje que la artista expresa en un plano ideal es una de las razones por las cuales hay vasos comunicantes entre su propuesta y la obra de algunas poetas, principalmente las confesionales. Hoy por hoy la experiencia de Castillo constituye una apuesta excelsa en el devenir del arte venezolano. Las manifestaciones de su trabajo sin duda alguna son claves en la gestación del porvenir de la nación, en el sentido de que apuntan hacia el nacimiento de un nuevo orden libertario.

En fecha reciente Deborah Castillo llevó a efecto en la Galería Carmen Araujo Arte la exposición de su obra, Marx Palimpsesto, en la cual de nuevo la creadora ahonda en esa refutación de los discursos generados a partir del poder que pretenden justificar el orden dictatorial del presente. La sesuda deconstrucción que realiza la artista del manifiesto marxista es expresada con gran agudeza por Sandra Pinardi en el texto del catálogo de dicha muestra, de forma que la intencionalidad estética apunta a poner en cuestión “tanto la coherencia ideal –ideológica– de sus proposiciones, como su efectividad práctica”.

De nuevo, en esta exhibición están patentes –aparte de los ya mencionados aspectos teóricos– un gran refinamiento y depuración formal. Y es que ello es uno de los rasgos que definen a la experiencia de Deborah Castillo en el sentido de que cuando la idea es concretada ya la misma posee una sedimentación superlativa, de manera que los acabados responden a la exactitud prodigiosa de un mecanismo de relojería.

Incluso, ese carácter expositivo de la dimensión ideal posee una constelación en la cual la idea y la emoción están imbricadas en una suerte de desnudez donde, además, la propia censura de la cual ha sido objeto la creadora en repetidas oportunidades es parte intrínseca de su propuesta. En este caso se trata de una arista que legitima la obra y que despierta una curiosidad mayor en el público, incluso en el espectador que es confrontado. En cuanto al objeto del cuestionamiento en tanto generador de discursos en torno al mito del héroe, vale decir que la mirada de Castillo apunta hacia lo libertario per se, es decir al desmontaje de anclarse ad infinitum en el discurso épico del siglo XIX, pero sin menospreciar la importancia histórica –en su momento, y solo en su momento– del héroe, en este caso Bolívar.

Asistimos con esta brevísima mirada a la obra de Deborah Castillo a un momento privilegiado en el devenir del arte mundial. Sin duda alguna la vivencia de esta artista constituye la experiencia viva de lo atemporal.