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Y el POP venezolano se fue a España

Rolando Peña en la Galería Odalys, Madrid | Foto cortesía

Rolando Peña en la Galería Odalys, Madrid | Foto cortesía

Rolando Peña, Roberto Obregón y Claudio Perna representan al arte conceptual Venezolano en una exhibición en la Galería Odalys de Madrid. Juan Carlos Chirinos nos ofrece un vistazo a la distancia al que dedicamos esta semana

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La calle Orfila, en Madrid, es breve y tranquila, sobre todo los fines de semana. Allí se encuentra la sede española de la Galería Odalys, en el local que ocupara, durante más de veinticinco años, el espacio expositivo de la célebre galerista española Soledad Lorenzo. Un espacio amplio y luminoso, en el que la mañana se alegra con el solo acto de entrar. Y si, ya dentro, el transeúnte se encuentra con la obra de tres excepcionales artistas, la visita sin duda es toda una experiencia. Tuve la oportunidad de recorrer la exposición POP –por Rolando Peña, Roberto Obregón y Claudio Perna, pero también por el contenido de la muestra–. Como dice el crítico Fernando Castro Flórez en la muy sesuda y erudita introducción del catálogo, “Claudio Perna, Rolando Peña y Roberto Obregón son, al mismo tiempo, unos pioneros del arte conceptual venezolano y unos activistas del reciclaje pop que intentan, valga la alusión benjaminiana, generar imágenes ‘en el instante del peligro’. Sus obras dan cuenta del carácter distópico del conceptualismo venezolano”. Esa distopía emerge en mi mente cuando, mientras escribo, rememoro las piezas que más me han impresionado: Disección (ca. 1998-99), los perturbadores pétalos de hule negro, y “triant£fillo” (triantáfilo), la pieza Rosa (Griego) (1998), de la serie El nombre de la rosa, ambas de Roberto Obregón, que recogen todo lo mórbido y perverso que reposa en el vocablo rosa como palabra y como objeto, esto es, como significante y significado; de Claudio Perna, me quedé con el óleo Nuestra Señora de Caracas, colorida puesta en escena del ordenado caos (o del caótico orden) que es la capital de Venezuela, y El líder (1990), una especie de profecía cromática de lo que se nos venía encima en el siglo xxi; y, de toda la muestra, lo que más disfruté fue la serie Santería, del “príncipe negro”, Rolando Peña, particularmente Don Simón Bolívar having a good time (1975) y The Last Supper of The Black Prince (1975), humorísticas e intervenidas, reinterpretaciones irónicamente venezolanizadas de La Primavera, de Sandro Botticelli, y La última cena, de Leonardo da Vinci; sendos collages que hablan de lo que el pensamiento contemporáneo, sincrético y crítico, al mismo tiempo, puede hacer a la hora de reelaborar las claves culturales que lo rodean –y lo conforman–: Botticelli y Bolívar, la cena más famosa de Occidente y el concepto de autor como esencia: todo en uno, en una sola celebración de historia, arte y (auto)biografía. El artista construye nuevos territorios por encima de los que ya existen, como furiosos palimpsestos llenos de vida. Pero los curiosos no deben perderse ¿……? (1980), el fotomatón de Rolando Peña sin su característica barba; toda una curiosidad artística y biográfica. Tal como apunta Fernando Castro Flórez en su texto, los tres artistas “con la urgencia de todo lo intempestivo, siguen, décadas después de su ‘emergencia’, desafiando al buen sentido, pervirtiendo lo codificado, instalando el arte en la brecha de la incertidumbre, trazando rutas en un territorio que, todavía hoy, es caótico, cuando sigue siendo necesario hacer un tremendo esfuerzo para dibujar los mapas”. Por lo pronto, el mapa del arte venezolano en Madrid pasa por la calle Orfila y por la galería que, hasta el tres de septiembre, acogerá las obras de estos artistas.