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Al principio fue Oviedo y Baños. La Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela

Mapa histórico de Venezuela

Mapa histórico de Venezuela

Pocas veces el poder de la palabra escrita asoma con tanta nitidez como cuando se leen las crónicas de Indias. En Historia de la conquista y población de la provincia de Venezuela de José de Oviedo y Baños, nos encontramos con un recuento de hechos que no necesitan ser probados. El mandato de Oviedo es construir un relato “creíble” y por lo tanto no se permite mitificar abiertamente. Aunque, como autor, participa inevitablemente del imaginario colectivo que lo induce a valerse de prejuicios y modos que solo son construcciones culturales

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¿Es posible ser caraqueño sin serlo? ¿Involucrarse hasta el compromiso con una ciudad ajena y extraña, convertirse en ciudadano “fundamental” sin siquiera haber nacido allí? ¿Se puede llegar en pocos años a ocupar un alto status (eso que en nuestros días llamaríamos instancias de decisión), aun siendo, como en efecto lo fue José de Oviedo y Baños, un joven de temperamento sedentario y contemplativo antes que dado a la acción? “Juan Antonio (su hermano) sería siempre muy andariego, por imposición de sus negocios; pero José echaría raíces, empatriecido definitivamente en Santiago de León”, es el retrato comparativo que realiza Guillermo Morón.

Puede parecer fácil el hecho de disipar las interrogantes: basta recordar que para los blancos criollos de reconocido linaje el ejercicio del poder y de una vida social más o menos intensa era, no una posibilidad, sino más bien una obligación, en aquella América tan europea, en aquella Caracas tan blanca, en aquella familia Oviedo y Rivas-Baños y Sotomayor tan peninsular. Empatriecido: hecho carne de patria por fuerza de su origen y sus vínculos familiares, si patria hemos de llamar a aquel conglomerado cuya solidez institucional comenzaba apenas a atisbarse, a escasos 200 años de la irrupción del hombre europeo en sus territorios. Por fuerza: dícese de la situación en que uno se encuentra al realizar actos contrarios a lo que le dicta la propia naturaleza, el temperamento. Lidiar contra ellos y abrirse paso hasta satisfacer tanto a la convención como a los propios apetitos y aspiraciones, es una hazaña de singular mérito.

Un siglo en veinte años

José de Oviedo y Baños debió realizar en sus primeros quince años de existencia un periplo enriquecedor: nació en Santa Fe de Bogotá, fue llevado a Lima y luego al piedemonte caraqueño: un par de viajes magníficos en esa época, máxime para un joven que apenas comenzaba a conocer de culturas y grandezas. Contrae matrimonio en 1698 y pronto da muestras de su capacidad para echar raíces (tuvo diez hijos), con el mismo frenesí con que luego dio muestras de una cruel predestinación: seis de sus hijos fallecen sin haber llegado a la adolescencia, cuestión que debe haber contribuido a acentuar su índole taciturna. Fue postulado para vestir la Orden de Santiago, en 1690; alcalde electo por el Cabildo en 1699 y 1710, mayordomo de la Archicofradía de Nuestra Señora del Rosario, Síndico General de los conventos franciscanos y otros cargos religiosos de envergadura.

En fin, un Oviedo y Baños evidentemente muy ocupado para darle forma definitiva a la obra cuya investigación había iniciado, según coinciden en señalar numerosas cronologías y semblanzas, hacia 1703 (el mismo año en el cual compra un cargo en el Cabildo, y al cual renuncia poco después, hastiado porque las obligaciones sociales le quitan tiempo para escudriñar sus documentos). Pero, por otra parte, en ese momento de su vida están dadas ciertas condiciones fundamentales: tiene a su disposición los archivos más ricos de la época, una biblioteca con obras fundamentales de la cultura europea, y también la templanza de la actitud: la Historia de la conquista y población de la Provincia de Venezuela, compendio de la vida y la muerte en estas tierras durante todo un siglo (sus páginas abarcan el período 1498-1600) no es criatura nacida de parto veloz ni forzoso, sino material de larga decantación: fue echada al mundo veinte años después de su gestación, cuando ya Oviedo era un ilustre y respetable cincuentenario. Una historia de España Se ha dicho que la Historia…, ese arduo producto de la investigación y la soledad, es el documento que inaugura los ensayos de rescate del pasado en Venezuela; no sin cierto tono descalificador, se ha replicado que no es una historia de Venezuela sino una vertiente de la historia de España. Esta condición, que se ha atribuido también a las crónicas de Indias, puede justificarse sin mayor esfuerzo: ni las crónicas ni la Historia… tenían por qué ser otra cosa sino un relato de lo que aquellos españoles del siglo XVI construyeron con el nombre de Conquista. La epopeya americana es una prolongación de la epopeya del hombre europeo, y ya se sabe que en un relato contado por vencedores no puede sino prevalecer la voz del vencedor. Sería mucho pedir que Oviedo, cuya condición de criollo no era tan fuerte como su linaje poblado de costumbres peninsulares, concibiera aquella obra monumental como algo distinto a un homenaje a los constructores del Nuevo Mundo. Tomás Eloy Martínez y Susana Rotker (prólogo a la Historia…, Biblioteca Ayacucho, 1992) abordan la cuestión por este flanco: “Esa dificultad extrema para entender ‘lo otro’ impregna todos los textos que darán origen a las literaturas latinoamericanas”; también es común el dicho según el cual América es una invención de Europa.

Explicaciones suficientes para entender por qué Oviedo, igual que sus homólogos, no escatima glorificaciones, episodios dramáticos ni aires épicos:

“... (El cacique Paramaconi) lo asió con tanta fuerza por la lanza, que reconociendo Juan Jorge que se la quitaba de la mano (…) se arrojó tras ella del caballo, cayendo abrazado con el bárbaro y sacando una daga que llevaba pendiente a la cintura le quitó la vida a puñaladas, dejándolo a sus pies muerto, pero no rendido” (Libro tercero, capítulo XIV).

Propensión que lo hace incurrir a ratos en exageraciones y hasta en las mismas imprecisiones que él mismo recomienda evitar, como cuando pone en boca de un indio moribundo un discurso sospechosamente castizo:

“Acercóse Juan Ramírez (…) a preguntarle ¿qué era lo que quería? Y el bárbaro (…) les respondió: “Solo mataros; y pues el impedimento con que estoy no me da lugar para buscaros, ya que os preciáis de tan valiente llegad a pelear conmigo, que un indio solo soy, que os desafía”” (Ídem).

Y el “pecado” central: la imposibilidad de desterrar de su relato, que él mismo anuncia como un trabajo en el cual no tiene cabida otra cosa de la verdad (“siendo preciso revolver todos los archivos de la provincia para buscar materiales, y cotejando los instrumentos antiguos”, dice en el prólogo), algunos episodios inverosímiles. Así, en los palafitos del Lago de Maracaibo se operan prodigios como el del material (las cañas o veras) que sostiene a las casas sobre las aguas, “pasando algunos años se convierte en piedra, quedando lo demás en su ser primitivo de madera” (Libro primero, capítulo V).

Se ha repetido, pues, que en la Historia… se percibe más lo español que lo americano, así como se ha dicho que en sus páginas pueden leerse los primeros signos de la venezolanidad. Y no deja de maravillar que el libro de aquel hombre atormentado por una aparentemente ingenua disyuntiva (¿cumplir con los deberes sociales o satisfacer una urgente necesidad intelectual?) haya sido el generador de esta polémica. Si se quiere, una de las fundamentales para intentar precisar cuándo comenzamos a ser como somos.

 

Yo, Fray Pedro Simón

Sobre la Historia de Oviedo y Baños pesa, desde hace muchos años, una acusación tremenda: se ha dicho que no es sino una reproducción de las Noticias historiales de las conquistas de tierra firme en las indias occidentales, de Fray Pedro Simón. Existen varios textos que presentan, a modo de “pruebas” y demostraciones, algunos alegatos que sustentan ese señalamiento.

“Oviedo y Baños no es el historiador primitivo de Venezuela sino un compilador del verdadero, que es Fray Pedro Simón”, ha escrito Arístides Rojas en la introducción a su Leyendas Históricas de Venezuela; Gonzalo Picón Febres lanza indicaciones de más duro tenor en un trabajo publicado en un Boletín del Archivo del estado Mérida, titulado “El historiador Oviedo y Baños fue un plagiario”, en el cual no solo le enrrostra el haber fusilado vilmente a Pedro Simón, sino que hace lo mismo con el poeta Ulloa. Hay quienes señalan la ausencia de citas, a lo que Oviedo se anticipó advirtiendo que sus fuentes eran tantas que resultaría imposible citarlas a todas a lo largo del volumen; otros, más perspicaces, indican como sospechoso el que prácticamente obvie la obra de Pedro Simón: “si Oviedo y Baños cita muy pocas veces a fray Pedro Simón es porque no le convenía de ningún modo aparecer como su glosador y parafraseador (...) Oviedo y Baños fue algo más que un plagiario: fue un ladrón”, es la terrible sentencia de Gonzalo Picón Febres.

Pero tampoco han sido escasos quienes han salido en defensa suya. Tomás Eloy Martínez y Susana Rotker, en el prólogo a la Historia…, presentan las coincidencias entre una y otra obra como la resultante de una cuestión de método: “(Oviedo) no puede, como Fray Pedro Simón, legitimar su historia con el argumento del testigo. Su método es el encierro, la compulsa de papeles, la reconstrucción de la realidad a partir de las huellas ajenas”.

Resuelta o no la diáspora, queda Oviedo como el iniciador, el pionero “oficial” de la historiografía venezolana, mientras fray Pedro queda reducido a la condición de elemento curioso y accidental, digno de alguna eventual mirada.

 

Esa historia sin segunda parte

Por Jesús Sanoja Hernández

En los años 40, dos ensayistas de primera línea definieron muy bien la obra y el tiempo histórico de Oviedo y Baños, despejando razonablemente los cargos de plagio (Fray Pedro Simón como “agraviado”) y de sus escasos aportes investigativos. Uslar, más bien, lo definió como ratón de archivos, a saltos entre los del Obispado y los del Cabildo y la Gobernación, y aunque certificó el legado de Castellanos y Pedro Simón, no dejó de situarlo en el siglo XVII, acerca del cual tenía conciencia que no era esplendoroso. Habían pasado los tiempos de la utopía doradista y acaso la noticia del año era, antes que las aventuras del oro, las cosechas.

Por su parte, Picón Salas lo fijó también en su tiempo, que no era el de la conquista: “Estas sociedades coloniales conocen la etiqueta, la ceremonia, el complicado estilo de vivir”, y en ese sentido, en la visión del período de asentamiento social, la obra de Oviedo es, para él, maestra. Se estaba ante un letrado profesional y no ante un cronista de Indias.

Testimonios escritos, así como aquellos que se deslizan por las sendas deformantes de la oralidad, dieron como cierto que la Historia de Oviedo y Baños tenía una segunda parte, y sobre todo este punto, que ha resultado polémico, escribió Arístides Rojas a finales del pasado siglo, páginas interesantísimas, muy propias de este anticuario metido a detective literario. Rojas, en “Resolución de un mito bibliográfico”, hurgó mucho para averiguar el destino del volumen II de la Historia… y demostrar dos puntos entonces en discusión: uno, que la segunda parte nunca había sido impresa, y otro, que el manuscrito, “en poder de uno de los descendientes del historiador”, no había sido devorado por las llamas.

Lo curioso en el trabajo de Rojas es su hipótesis en torno a lo que debió contener el volumen II. Supuso él que por estas páginas debieron desfilar hechos como la pacificación de las tribus indígenas, la fundación de pueblos y el desarrollo del culto católico; la cronología de los obispos y gobernadores; los ataques de los filibusteros; el terremoto de 1641 y “la influencia que tuvo sobre la construcción de los nuevos templos y edificios; las primeras bases de la instrucción pública con la creación del Seminario Tridentino”… Y así sucesivamente.

Cuatro centurias después de la fundación de Caracas, el Concejo Municipal editó de Oviedo y Baños Tesoro de noticias, cuyos originales poseía Jiménez Arráiz y los cuales, en 1945, Enrique Bernardo Núñez anunció que serían reintegrados al cabildo. El prologuista, Pedro Beroes, intelectual de sólida formación, afirmó que no cabía dudas acerca del uso que Oviedo había hecho de esos materiales para construir parte de su Historia: “Así lo confirma la breve noticia que precede a la publicación de la primera parte, en el Boletín de la Academia Nacional de Historia, de fecha 9 de diciembre de 1923, con el título Orígenes nacionales”.

Beroes llegó una conclusión, tras recalcar la investigación de textos y documentos por parte de Oviedo: “Es el último de nuestros cronistas, y el primer historiador digno de tal nombre”. Similitudes y diferencias que desarman la tesis del plagio puro y simple. Ahora, tomando otros caminos, ¿por qué el título del libro?

Para entenderlo hay que acudir a Guillermo Morón, quien aclaró lo que como territorio comprendía la Provincia de Venezuela hasta 1777: desde Barcelona hasta cercanías de Río Hacha, en sentido Este a Oeste, y “en cuanto al interior”, hasta el río Orinoco, siguiendo las aguas hacia su nacimiento, hasta más allá de Meta; y en la dirección andina, “los límites se detenían en el Estado Trujillo”. Es decir, era aquella una parte y no todo lo que hoy conocemos como Venezuela, incluyendo, claro está, algo de la actual Colombia.

 

* Publicado el 29 de marzo de 1998