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El Orinoco ilustrado, defendido y redescubierto

Padre José Gumilla

Padre José Gumilla

Las andanzas de los sacerdotes jesuitas en territorios orinoquenses, allá en los años 30 del siglo XVII, nos dejó un legado histórico de trascendencia indiscutible: “El Orinoco Ilustrado y Defendido” de José Gumilla. Más que una crónica de viajes, el libro del cura español es un manual de antropología e historia natural. La joven mirada de Roberto Echeto nos introduce suavemente en el mundo de la selva de Gumilla, y Jesús Sanoja Hernández nos conduce por el caudal bibliográfico de un tema que, cuando se cumplen cien años de la publicación de “El soberbio Orinoco” de Julio Verne, vuelve a estar de moda

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¿Saben que para mí ha sido muy grato y muy difícil hablar sobre El Orinoco Ilustrado y Defendido de José Gumilla? Ahora verán por qué.

Mi primer encuentro con el río Orinoco se produjo en diciembre. Es una maravilla viajar durante horas y horas por las famosas rectas de El Tigre y ver cómo de repente el paisaje austero se abre para mostrarte el enorme río marrón que trae consigo toda el agua y toda la vida del mundo. Pasar el puente de Angostura oyendo a Charlie Parker fue para mí como pasar a otro mundo, a un mundo enmarcado por el peso de unas aguas opacas capaces de marcar el pulso de ciudades enteras, de conmover y forjar la sensibilidad de la gente, de producir un aire y una manera de vivir alegre. En Puerto Ordaz y en Ciudad Bolívar la vida se expande. Todo rezuma optimismo. La mirada se te pierde en el horizonte, se te nubla de pura distancia, de pura grandeza territorial que poco a poco ha dejado de ser virgen. Cuando pasé por Ciudad Bolívar y llegué a Puerto Ordaz, no pude menos que sentir el peso de ese sino que marcan el Orinoco y el Caroní. Allá el agua empuja literalmente a la vida; todo se construye a su alrededor, por su gracia y su venia. Así ha sido siempre. Así será siempre.

Hubo un momento en mi visita a esta Mesopotamia criolla en el que pude ver el encuentro entre el Orinoco marrón y el negro Caroní. Esa unión es en verdad la mezcla de dos colores intensos, es el feliz encuentro de la piedra oscura como la noche y de la arcilla moldeable. Estar observando ese portento natural generó en mí la duda sobre cómo verían los hombres de generaciones anteriores la omnipresencia del agua en esas tierras.

Sin tremendismos

En el pasado el río era un mar de misterios. En sus aguas vivían monstruos mitológicos que crispaban los pelos de los exploradores, de los viajeros y de los inocentes que iban al río sin saber que en Guayana las aguas dulces y las corrientes abarcan la extensión que en otras latitudes ocupan mares enteros. Fue en el momento en que hice esa reflexión cuando decidí que podría hablar sobre un libro como El Orinoco Ilustrado y Defendido de José Gumilla. En semejante cartapacio (la edición más reciente tiene casi 550 páginas), escrito en 1741, hay un intento por abarcar literariamente al río que parte en dos a nuestro país. Lo curioso de esta obra radica en que su estructura sobrepasa las ambiciones normales de la Crónica de Indias a la que hemos estado acostumbrados quienes hemos leído literatura colonial venezolana. Y digo esto porque semejante libro se encuentra a medio camino entre la crónica y el manual de historia natural. Su definición es difícil. Recordemos que en la Crónica de Indias se mezclaban la historia, las costumbres, la rendición de cuentas, y a veces la ficción. El Orinoco Ilustrado y Defendido es todo eso más una acuciosa compilación de datos que convierten la obra en una auténtica guía científica del territorio recorrido por los caudales del río. Una rápida mirada al índice puede darnos una idea de lo minuciosa que llega a ser la escritura del padre Gumilla. En su Orinoco... aparecen estudiados y clasificados detalladamente todos los animales que pueblan las riberas fluviales, la flora y los pueblos según su fenotipo racial, sus costumbres (religiosas, económicas, sociales y culturales. Véase como ejemplo el capítulo VII de la primera parte titulado “Desnudez general de aquellas gentes: óleos y unturas que casi generalmente usan”) y su convivencia con el ambiente que los rodea. De ese modo el libro no es apenas una sucesión de anécdotas que revelan el quehacer de una comunidad, sino un compendio que explora verbalmente hasta el más mínimo detalle de una región.

En cualquier Crónica de Indias era frecuente encontrar una intromisión del propio cronista en los sucesos que estaba contando. Tales intromisiones generaban una especie de punto muerto en la semántica del texto que hacía que en el relato hubiera un buen espacio para la imaginación, para el invento, para el cuento forjado por el propio escritor. De ese modo la crónica perdía su confiabilidad histórica y se plegaba hacia terrenos eminentemente literarios. En El Orinoco de Gumilla esto no sucede. Hay en cada una de sus páginas un rigor que no puede ser sino científico (véase como ejemplo el capítulo XVIII de la segunda parte, titulado “De los caimanes y cocodrilos y de la virtud nuevamente descubierta de sus colmillos”). Su libro es más afín a un manual de antropología e historia natural que a una crónica encandilada por la fuerza de la selva y del río. No hay en sus páginas un solo gesto que denote tremendismo hiperbólico; hay siempre un deseo sincero por conocer, en el más extenso sentido de la palabra, el territorio, nuestro territorio. Quizás por todo esto que acabamos de mencionar la obra en cuestión brille aún más. Sabemos perfectamente que en España el espíritu científico es algo que siempre se ve reducido ante la potencia de la imaginación y del picante uso de la pluma. Como autor y como científico, Gumilla logró amaestrar su verbo para dar a la posteridad un tomo en el que cabe hasta el más milimétrico detalle real de un río que nos pertenece a los venezolanos. Es importante subrayar este detalle. El libro del padre Gumilla tuvo en su época un valor que superaba lo literario y lo científico para rozar lo político. En su volumen se fijaron detalles geográficos que suponían los límites territoriales del país para que no viniera ningún pirata remolón de cualquier potencia marítima ajena a España a reclamar como suya aquella tierra bendita por las aguas, por eso el título contiene el adjetivo “Defendido”.

¿Leyó Verne a Gumillas?

A quien se le ocurra decir que la España eterna e imperial no nos dejó ninguna herencia valiosa, aparte del idioma y la fe, se equivoca de plano. Con esta obra queda demostrado que la Madre Patria llegó a amar esta tierra y la hizo suya hasta el punto de dejarnos en herencia una obra como El Orinoco Ilustrado y Defendido. Hoy, cuando todo el mundo se afana a celebrar el centenario de El soberbio Orinoco de Julio Verne, pocos son los que recuerdan que el gran escritor de Veinte mil leguas de viaje submarino nunca vino a Venezuela. Verne ni siquiera vio con sus propios ojos al río de sus sueños. En una conjetura arriesgada, pero no imposible, podríamos afirmar que el gran Julio Verne leyó al padre Gumilla (como seguramente leyó a Loefling, a Gilij, a Humboldt y a todos los grandes exploradores, botánicos, zoólogos y antropólogos que estudiaron esta tierra) para documentarse y escribir El soberbio Orinoco. Un libro tan exhaustivo como el del sacerdote jesuita español era precisamente el tipo de compendios propios de la Ilustración y del enciclopedismo que Verne usaba para escribir sus Viajes extraordinarios desde su querida y amada Francia sin moverse ni dar un paso. Al final, sólo puedo decir que El Orinoco Ilustrado y Defendido es uno de esos libros que uno debe tener a mano en cualquier viaje a Guayana. De ese modo pueden leerse mejor el río y el libro. Quizás sea imposible leerse todo el cartapacio. Es imposible abarcar en la memoria todo el Orinoco como difícil es leer todo Gumilla. Por eso, si va a Guayana dispuesto a leer las páginas de este gran autor, haga como yo y llévese un papagayo para que lo vuele en La Llovizna o en la Gran Sabana.

 

El Padre Gumilla

El padre Gumilla nació en 1686 y murió en 1750. Era un jesuita cuya inquietud natural se manifestaba en sus viajes hacia las misiones asentadas en plena selva y en la pluma detallista. Aparte de El Orinoco Ilustrado y Defendido, publicado en 1741, Gumilla escribió y publicó el Informe que hace a su Majestad sobre impedir a los indios Caribes y a los holandeses las hostilidades que experimentan las colonias del gran río Orinoco y los medios más oportunos para este fin (1739); la Carta edificante sobre el misionero P. José Cavarte (1724); el Informe que hace su Majestad en su Real y Supremo Consejo de Indias (1739); Informe para que se corten las divergencias entre Capuchinos y Jesuitas (1739); Carta de navegar en el peligroso mar de los indios gentiles (1745); Aggiunta al Orinoco Ilustrado (1749), entre otras.

Lo mejor de esta inconmensurable labor literaria es que es una suerte de eco del descubrimiento de América. Es cierto que en 1498 llegó el Almirante con sus galeotes, pero fue labor de sucesivas generaciones “descubrir” de verdad esta tierra prometida donde tantas utopías fueron fundadas. El padre Gumilla fue un ilustre continuador de esa labor pionera y descubridora. Su obra representa un interesante punto intermedio entre la labor de los meros cronistas y los expedicionarios científicos que vendrían al nuevo continente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII en las figuras de Fray Antonio Caulin, del padre Filippo Salvatore Gilij, Peter Loefting y Alexander von Humboldt.

 

 

Exploraciones de un terco jesuita

Por Jesús Sanoja Hernández

Quinientos años del descubrimiento de Venezuela y cien de la publicación de El soberbio Orinoco parecen ser un golpe de azar del calendario. La programación multidisciplinaria, a lo largo de este 1998, de Orinoco, Arte, Ciencia y Cultura, con participación de más de 30 instituciones, le otorgan valor adicional al libro de Gumilla El Orinoco ilustrado y defendido, nacido de su aventura en las misiones orinoquenses de los tercos jesuitas, en los años 30 del siglo XVIII.

El título del texto editado en 1745 abreviaba el del impreso en 1741, que era El Orinoco Ilustrado, Historia Natural, Civil y Geographica de este gran Río y de sus caudalosas vertientes. Por aquellos mismos años Gilij y Rivero, también jesuitas, dejaron testimonios acerca del Orinoco, lo mismo que el franciscano Caullin. La Orinoquia entraba así al reino de los cronistas después de haberlo hecho al de los expedicionarios. Faltaban tres siglos largos para que reviviera en los actos celebratorios del Descubrimiento y del centenario de la novela de Verne, cuya fuente informativa fue, sin duda, el volumen de Chaffanjon, El Orinioco y el Caura, publicado en forma de folletín en 1894 y luego por Hachette “como edición definitiva”, según anota Rafael Pineda.

Decía Gumilla que el Orinoco bien podría hombrearse, “sin temor alguno” con el Amazonas, el Marañón y el Plata, y su descripción es viva, “de aguda visión de los principales problemas del Orinoco”, como sostiene el estudioso José Del Rey Fajardo, aunque "a veces inexacto y demasiado crédulo", fallas o virtudes propias, añadiría yo, de todo cronista o novelista, grandes imagineros. Lindante con estas sospechas son los comentarios que en su caótico y valiosísimo libro En pos del Dorado hizo Luis R. Oramas, por ejemplo aquel de que Gumilla, “sin documentación precisa, decía que los caribes comían mujeres y niños que cautivaban”, o el otro donde asentaba que “la boca de los Dragos fue la puerta de acceso para que Colón acertase descubrir la costa de Paria”, cuando, en realidad, “fue por la boca de la Sierpe”.

El Orinoco de 1998 es muy distinto al de hace un siglo, al de 1731 de Gumilla o al de Raleigh, 1595, y antes al de Berríos y Ordaz. En su confluencia con el Caroní ha nacido Ciudad Guayana (Santo Tomé de Guayana oficialmente, desde 1961) y en sus alrededores se extiende el imperio de la CVG, cuya estructura estatal ha comenzado a ceder ante las privatizaciones, iniciada por la de Sidor.

Al decir de Enrique Bernardo Núñez: “El padre José Gumilla en su obra El Orinoco ilustrado, equivoca la fecha del viaje de Raleigh, a quien nombra Ralego y el cual viaje fija en 1545. Gumilla recoge algunos testimonios de la existencia de El Dorado, entre ellos el del indio Agustín por quince años esclavo en Manoa de donde huyó con otros”.

Por encima de objeciones de este tipo, Gumilla ha sido revalorizado, tanto por nuestros historiadores del siglo XIX como por estudiosos de la obra de cronistas y exploradores. Pablo Vila, Acosta Saignes y Morón, entre otros, al examinar su libro han penetrado en ciertas verdades, válidas para su época y para la actual. Y Demetrio Ramos, toda una autoridad, afirma que la obra sigue viva, “y se ha hecho más moderna que lo fue incluso en su tiempo. Ese es su mejor milagro”.

 

 

*Publicado el 15 de marzo de 1998