• Caracas (Venezuela)

Papel literario

Al instante

Orden alfabético: Barbara Demick
Corea del Norte, la sociedad que no puede

Barbara Demick / BookFans.net

Barbara Demick / BookFans.net

“Toda actividad privada tiene la calificación de delito. Cuando la hambruna comenzó a extenderse a comienzos de los años noventa, se autorizó a los norcoreanos a cultivar legumbres en sus casas”

  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

I.

Barbara Demick lo expresa con palabras elocuentes: a comienzos de la década de los noventa “el país fundió a negro”.  Ni en la principal avenida de Pyongyang, la capital, ni mucho menos en los pequeños poblados rurales, el menor atisbo de energía eléctrica. Un país en la oscuridad. Una sociedad impedida de leer o de prender un televisor en las noches (para comprar un televisor, programado sólo para ver canales oficiales, se requiere de un permiso especial de las autoridades). Que no puede hablar por teléfono. Que no puede enviar un correo electrónico. Ni menos ir a un cine o a un restaurant. Una sociedad que no puede. Que no puede nada. Corea del Norte: la monarquía comunista fundada por Kim Il-sung, continuada por su hijo Kim Jong-il (murió en 2011) y que ha sido heredada por Kim Jong-un, nieto del primero e hijo del segundo.

Nadie tiene reloj. Está prohibido adquirir vehículo, aún cuando nadie tendría el dinero para ello. Las viviendas tienen una habitación. Está prohibido colgar nada en las paredes, salvo los retratos de Kim Il-sung y de Kim Jong-il. Existe un cuerpo, la Policía de los Estándares Públicos, que tiene la potestad de visitar de forma imprevista las viviendas para cerciorarse si ambos retratos están bien puestos y limpios. Bastaría un sarcasmo sobre alguno de estos sujetos para ser condenado a torturas, a una prisión en condiciones inimaginables o a un pelotón de fusilamiento. La red de espionaje organizada es de tal extensión, que alcanza el extremo de hijos que denuncian a sus padres o amantes que delatan a sus parejas. Corea del Norte: la sociedad que sobrevive en el ahogo de lo no dicho.

Los norcoreanos son clasificados por su fiabilidad política. Hay más de cincuenta categorías. Quienes desciendan o tengan parientes en Corea del Sur o tengan supuestos rastros de “pasado burgués”, son beuhun, portadores de sangre contaminada o impura. Luego de extenuantes jornadas de trabajo en fábricas (cuando ha habido con qué producir) los trabajadores se concentran en auditorios donde reciben “formación ideológica”. Allí se repiten historias, a menudo ficticias, del heroísmo combatiente de Kim Il-sung. Los miércoles en la mañana, antes de iniciar sus tareas, se asiste a sesiones de autocrítica donde los asistentes describen sus faltas, reales o inventadas, a los demás.

Está prohibido llevar bluyines. O franelas que lleven frases o palabras escritas con caracteres latinos. O dejar que el cabello supere los cinco centímetros. O usar un bombillo superior a cuarenta vatios. O tener un fogón eléctrico. O un horno portátil: todos son delitos porque son caprichos del capitalismo. Comento Querido líder. Vivir en Corea del Norte. Editorial Turner, España, 2011.

II.

Toda actividad privada tiene la calificación de delito. Cuando la hambruna comenzó a extenderse a comienzos de los años noventa, se autorizó a los norcoreanos a cultivar legumbres en sus casas. Las fábricas comenzaron a paralizarse por falta de insumos. Los trabajadores debían usar la mitad de su tiempo para recoger chatarras y heces en el mar y en las orillas de los caminos. Al principio, el gobierno entregaba el equivalente a raciones de veinticinco días por mes. Luego, fueron diez. El arroz desapareció: sólo se encontraba en las mesas de los funcionarios del partido. El Querido Líder lanzó la campaña “Hagamos dos comidas al día”. El hambre convertida en deber de Patria.

Se desató el consumo de los residuos. Un ejemplo: se recogía alimentos podridos que eran cocinados y distribuidos entre los hijos ya famélicos. No había gasolina. Los médicos de los hospitales, privados de antibióticos y otros medicamentos, eran obligados a hacer uso de hierbas medicinales. Los pacientes morían sin remedio. Los médicos estaban obligados a internarse en los montes a recoger hierbas.

El síndrome de emaciación (el cuerpo urgido consume su propio tejido muscular) se reproducía en cientos de miles de personas. Muchos comenzaron a alimentarse de hojas, cáscaras y raíces, que hervían e ingerían. Aparecían enfermedades como la pelagra, pero también otras desconocidas. Los hospitales no tenían calefacción ni suero ni materiales quirúrgicos. Los médicos dejaron de cobrar. En las escuelas que tenían algún terreno, se ordenó a los profesores cultivar. Los niños caían desplomados en sus pupitres.

“Arrancaban de los excrementos de los animales los granos de maíz que no digerían. Los trabajadores de los astilleros desarrollaron una técnica que consistía en raspar el fondo de los espacios de carga de los buques allí donde se había almacenado comida y extender sobre el suelo el residuo viscoso y maloliente así obtenido para que se secara: después podían extraer de él granos minúsculos de arroz crudo y otros alimentos más o menos comestibles”.

Se pasó a una dieta de hierbas. Se recogían algas en las playas, sin saber si eran comestibles o no. Antes que morir de hambre, la gente moría de enfermedades causadas por ingerir vegetales que nunca habían sido parte de la ingesta humana. En Corea del Norte el hambre seguía su progresión: un resfriado se convertía en una neumonía; una diarrea en disentería. Una estimación conservadora señala que en 1998 había muerto por hambre el diez por ciento de los norcoreanos. El gobierno prohibió a los hospitales declarar el hambre como causa de muerte.

III.

No seguiré listando los sufrimientos, fuera de toda proporción, que significa la vida cotidiana en Corea del Norte. Podría dedicar varias páginas a sumar las carencias, prohibiciones y castigos, y seguiría bajo la sensación de no haber logrado comunicar el aplastamiento de lo humano que es patente en el libro de Barbara Demick. Es bajo esa perspectiva, la de una vida en la que nada se puede, donde prácticamente todo está prohibido y penalizado, donde hay que mostrar los usos del culto a la personalidad que forman parte de la genética del régimen totalitario.

El reglamento de imágenes del Gran Líder establece que el retrato debe guardar proporción con el tamaño de los edificios: ello explica que los retratos de Kim Il-sung y de Kim Jong-il tengan dimensiones grotescas. Hay cánticos de alabanza a uno y a otro, que los niños deben entonar en las escuelas. Un  museo de historia revolucionaria dedicada a Kim Il-sung.  Estatuas de uno u otro en las plazas. Retratos en los despachos. Los niños no celebran sus cumpleaños, sino el de los dos líderes. Se contrae matrimonio frente a la estatua de Kim Il-sung. Hacer un chiste o comentar sobre la baja estatura del Gran Líder tiene como castigo la deportación a perpetuidad (los obeliscos levantados en recuerdo de Kim Il-sung se llaman “Torres de la vida eterna”).

“Los locutores hablan de Kim Il-sung y de Kim Jong-il con el aliento entrecortado, al modo de los predicadores pentecostales. Los periódicos norcoreanos referían fenómenos sobrenaturales. Se decía que unos marineros, agarrados a un barco que se hundía, habían logrado calmar las aguas tormentosas entonando un cántico de alabanza a Kim Il-sung (…..) Además, el hijo de Kim Il-sung hacía florecer los árboles y derretir la nieve. Si Kim Il-sung era Dios, entonces Kim Jong-il era el hijo de Dios. El nacimiento de Kim Jong-il, como el de Jesucristo, había sido anunciado, se decía, por una estrella radiante y un precioso arcoíris. Una golondrina había descendido del cielo para cantar el nacimiento de un general que llegará a gobernar el mundo”.

Eslóganes: Larga vida a Kim Il-sung. Kim Jong-il es el sol del siglo XXI. Haremos lo que nos diga el partido. Vivamos a nuestra manera. Ayudaremos al Partido por muy duro que sea el camino. El Ejército es lo primero. Hagamos dos comidas al día. Si has cometido un delito, confiésalo. Atrapemos a más espías para salvaguardar la Patria. No tenemos nada que envidiar al mundo. De ese trata el poder comunista-totalitario: de mentir, en una secuencia irreversible y cada vez más ajena a la realidad. Mentir siempre. Mentir a toda costa.