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Octavio Paz: una biografía privilegiada

“Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa”, Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”/ Fotografía tomada de Internet

“Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa”, Octavio Paz en “El laberinto de la soledad”/ Fotografía tomada de Internet

Este es un fragmento del ensayo del poeta Miguel Ángel Flores (1948) sobre la vida de Octavio Paz. Flores obtuvo el Premio Nacional de Poesía, en México, en 1980. Entre muchas otras actividades, destaca su labor como traductor de la obra de Fernando Pessoa a nuestra lengua

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Octavio Paz nació el 31 de marzo de 1914. Año turbulento en México, de discusiones violentas entre los grupos armados que buscaban imponer el proyecto social de su caudillo. Paz solía decir que había nacido en Mixcoac, entonces un suburbio de la ciudad, un lugar de grandes fincas, de casas con extensos jardines y árboles añosos. El nombre de ese suburbio es el recuerdo de que fue un asentamiento importante durante la ciudad azteca, y quiere decir “lugar de serpientes”. Pero en realidad, según prueba documental, Paz vino al mundo en lo que era entonces el barrio más elegante de la Ciudad de México: la Colonia Juárez, en la calle de Venecia. Aunque allí sólo vivió unos cuantos meses. A algunos años antes de su fallecimiento, el poeta explicó que él consideraba a Mixcoac como su verdadero lugar de nacimiento, pues cuando él sólo contaba con algunos meses de edad su madre se mudó a la casa de la familia paterna, ya que Octavio Paz Solórzano, el padre, por haber militado en el bando de los zapatistas, se había visto en una situación económica difícil. Paz Solórzano, un abogado de formación y que también ejerció el periodismo, se había destacado como agente de Emiliano Zapata.

La infancia y adolescencia de Octavio Paz transcurrieron en la casa del abuelo. Si se empeñó en afirmar durante largo tiempo que su lugar de nacimiento había sido Mixcoac, debemos buscar la explicación de este hecho en que Octavio Paz quiso relacionar su circunstancia biográfica con aspectos fundamentales de su obra y de su visión poética. Mixcoac representaba para él ligarse simbólicamente con la otra parte de su identidad mestiza, sobre todo si tenemos en cuenta que la rama materna de su familia era originaria del Puerto de Santa María, en Andalucía y que por la venas de su padre corría sangre indígena. Y esta identidad mestiza constituyó para él una parte básica de su quehacer artístico y de sus reflexiones filosóficas que se plasmaron en páginas de ensayos fundamentales para comprender la cultura y el arte en el México que surgió de la Revolución Mexicana.

El abuelo de Octavio Paz fue un ilustre escritor y periodista que había vivido las contradicciones de los intelectuales del siglo XIX mexicano: empezó su vida adulta como liberal juarista, es decir, militó en el Partido Liberal que encabezaba Benito Juárez, y que alcanzó su mayor momento de gloria cuando el ejército bajo su mando, en mayo de 1862, derrotó a las tropas invasoras francesas en el primer intento de Napoleón III por instaurar bajo su tutela el Imperio Mexicano, que tan malos recuerdos dejó a la familia de Maxilimiano de Habsburgo y a las casas reales europeas. Irineo Paz no sólo luchó con la pluma sino que tuvo una destacada actuación militar. Luego Porfirio Díaz, un coronel destacado durante la invasión francesa, dio golpe de estado y se encaramó en el poder en 1876. Proponía la modernización del país y la supresión del atraso en que vivía la mayor parte de la población. Promesas que no se concretaron en cambios efectivos. Irineo Paz lo apoyó, se convirtió en un, como diríamos hoy, intelectual orgánico del régimen dictatorial. Fundó un periódico y fue dueño de una vasta biblioteca. Tuvo varios hijos, uno de ellos se llamó Octavio. El que con los años se convertiría en el padre del poeta. La vida de Octavio Paz Solórzano fue azarosa y desordenada. Su trabajo como agente del zapatismo le exigió residir un tiempo en Los Ángeles, California, donde intentó conseguir armas y buena prensa para la causa zapatista. Se convirtió en un padre ausente, en una presencia lejana para el niño Octavio. Que lo hizo vivir una infancia distinta a la de muchos de sus compañeros de barrio y escuela. Podríamos localizar en este hecho el sentimiento de otredad, de excentricidad, que lo acompañó toda su vida. Paz no ha sido el primer escritor que intentó reinventar su biografía, para adecuarla a las líneas centrales de su poética. Él atribuyó ese sentimiento de otredad a su estancia en los Estados Unidos durante su infancia. Según Paz, su padre se vio obligado vivir en el exilio y se llevó con él a los Estados Unidos a su esposa y a su hijo. En Los Ángeles el futuro poeta descubrió lo que significaba ser distinto ante los ojos de los demás, ahí se le reveló ese sentimiento que lo acompañaría toda su vida, el de la otredad. El niño sólo hablaba en español y tenía dificultad para comunicarse con sus compañeros y eso bastó para hacerlo víctima de la crueldad infantil: a la hora del recreo era blanco de burlas y agresiones; nunca olvidaría esa experiencia. Todavía se discute este dato de la biografía de Paz. Todo parece indicar que fue un invento del poeta. Lo cierto es que sí sufrió la hostilidad de sus compañeros de estudio por sus ojos azules y su piel blanca. La otredad es un eje fundamental en su ars poética y fue un tema constante de reflexión: la presencia del otro en todas sus manifestaciones. La explicación de Paz resulta poética y se ajusta al molde de un romanticismo del que fue deudor y con el que siempre estuvo en deuda. Pero la cuenta cronológica no se ajusta a la realidad. Pero como apuntamos, más bien la explicación de esa otredad debemos buscarla en sus rasgos físicos: niño blanco, de ojos intensamente azules, hijo de una familia ilustre, entre niños mestizos que en su mayoría tenían antecedentes prosaicos.

Octavio Paz Solórzano regresó a México cuando parecían aquietarse las pasiones en México.  Tuvo una vida de frustraciones que buscó aliviar con el alcohol. Desapego de la familia, actividades erráticas. Las balas que habían segado la vida de Emiliano Zapata en Chinameca, en 1919 cancelaron también la hasta entonces brillante trayectoria del abogado y negociador de la causa zapatista. Hombre muy inteligente, destacó en el periodismo con páginas brillantes sobre la experiencia de la derrota de su bando político, pero nunca pudo borrar el estigma del fracaso. Y como sucede en casos semejantes, el alcohol, como ya dijimos, fue su gran refugio. La vida se convirtió en días de vino, delirios y extravío; existencia sin ningún orden en la que abundaban las aventuras galantes. Se convirtió en un padre ausente. Sin embargo, para el hijo fue en un privilegio invaluable escuchar hechos y sucedidos de la reciente Revolución Mexicana de labios de uno de sus protagonistas, “Mi padre habla de…” y hubo ocasiones en que se desempeñó como su secretario: a veces el estado físico lamentable del padre le impedía pasar en limpio sus artículos periodísticos, y más de una vez el joven Paz los concluyó. En dos poemas habló de estos aspectos de su progenitor. En “Pasado en claro” recuerda el alcoholismo de Paz Solórzano: “Atado al potro del alcohol/ entre el vómito y la sed/ ibas y venías entre llamas/ yo nunca pude hablar contigo/ te recuerdo ahora en sueños/ esa borrosa patria de los muertos” (Pasado en claro). En otro poema menciona las conversaciones con su padre. “En la mesa mi padre hablaba de Zapata y Villa y el mantel olía a pólvora” (Ladera este).

La figura paterna ausente la suplió el abuelo Irineo. Octavio recordó en algunas entrevistas, y en algunas páginas de circunstancia, el papel tan importante que desempeñó el abuelo en esos años en los que cada hecho, cada conversación, cada libro, leído y manoseado, se graban en la mente y quedan incorporados en la carne de la memoria. Con el abuelo Irineo daba largos paseos por un Mixcoac aún impregnado de ambiente rural, lo acompañaba a visitar a sus amigos y él esperaba en los patios plantados de fresnos; se entretenía con otros niños y a veces se maravillaba contemplando las nubes y sus formas caprichosas en el entonces azul profundo del cielo del valle de México; juntos hacían ejercicios matinales y leían algunos libros. Irineo Paz era, a todas luces, un hombre del siglo XIX, en su biblioteca había volúmenes de los grandes novelistas como Dostoievski, Víctor Hugo y Anatole France; y como  todo intelectual mexicano de la época, su sistema filosófico era el Positivismo; y entre sus poetas favoritos destacaban, Alfredo de Vigny, Verlaine y Ronsard. En la poesía mexicana estaban en el esplendor de su popularidad, de una popularidad de la que no han vuelto a gozar los poetas en México, aquellos que hoy llamamos modernistas: Gutiérrez Nájera, Amado Nervo, Díaz Mirón, Urbina. La tía solterona, la tía Amalia (parece que en todas las familias mexicanas siempre hay una tía solterona), hermosa y que, por supuesto, murió célibe, leía en francés, en voz alta, poemas de la época. El fin de siglo mexicano había vivido bajo la órbita de la cultura francesa. No fue raro el caso de Amalia en aquellos tiempos. Así pues, la educación sentimental y literaria del niño Octavio Paz corrió a cargo del abuelo y la tía. Fue un privilegio haber nacido en el seno de esa familia, que se esmeró en dar una educación de primera al niño Octavio, por eso el abuelo decidió inscribirlo en el colegio Williams, que se hallaba en el mismo barrio de Mixcoac. En unas notas autobiográficas escritas a propósito del interés del gobierno de la Ciudad de México de ponerle su nombre a un parque del barrio de su infancia, pocos años antes de su muerte, Paz recordó muy vivamente, con su prosa de lujo: precisa, elegante y apoyada en relaciones poética de hechos y de cosas, el colegio de su infancia: “En el colegio Williams me inicié (sin saberlo) en el método inductivo, aprendí inglés y un poco de boxeo, pero, sobre todo, el arte de trepar a los árboles y el arte de quedarme solo, en una horqueta, escuchando a los pájaros. Cuarenta años más tarde descubrí, leyendo The Prelude, que Wordsworth había tenido experiencias semejantes en su niñez”.