• Caracas (Venezuela)

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Obstrucción de los perdones

Roberto Echeto / Foto Manuel Sardá

Roberto Echeto / Foto Manuel Sardá

“¿De qué sirve defender la autonomía del artista ante un Estado opresor si esta ha de responder, a su vez, a una serie de lineamientos?”

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Un sábado reciente, Roberto Echeto, entre otras cosas ganador del XV Concurso Anual Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana, pidió disculpas públicamente en Facebook por tildar de “oportunistas literarios” a los autores de The Night y Patria o muerte. Llama la atención, no obstante, que en la misma publicación, Echeto luego insistió que su intención “no era ofenderlos a ellos ni a nadie; era subrayar la utilización del desorbitado y extenso anecdotario venezolano para crear sus respectivas novelas y que eso mella, a [su] parecer, nuestra literatura”. No estoy de acuerdo con su visión: no creo que el “realismo” sea la clave de toda gran literatura, pero menos me apresuraría a condenarlo como un veneno. Mas en cuanto a la publicación per se, me ha desconcertado en extremo que el autor de La máquina clásica se haya visto obligado a pedir perdón por una opinión que sostiene, por mostrar un desacuerdo del cual no se arrepiente. Cosa extraña, ¿no?

Lo digo, pues no percibo que cuando se les critica a Luis Britto García o a Juan Calzadilla por haberse bandeado con el gobierno esta última década, los escritores del otro polo se apuren a disculparse ante los posibles ofendidos. Como si criticar la postura de un escritor, sus adherencias políticas, los basamentos de sus relatos, solo tuviera sentido si se le transforma en un otro irreconciliable. Como si esbozar una opinión contraria a los semejantes, digamos, a quienes publican en las mismas editoriales y dan foros en los mismos espacios que uno, implicase una traición a la familia. Como si discutir posiciones, pues, solo sirviese como instrumento excluyente y no para reunir o concluir ideas.

La querella que tuvo como foco el tal vez haber herido la dignidad de Rodrigo Blanco y Alberto Barrera Tyszka, me hizo pensar en El campo literario, aquel fundamental texto de Bourdieu. Particularmente, en el pasaje en que escribe: “lo fundamental que está en juego en las luchas literarias es el monopolio de la legitimidad literaria, es decir, entre otras cosas, el monopolio del poder de decir con autoridad quién está autorizado a llamarse autor”. Y en el que afirma que “la obra de arte es un objeto que solo existe como tal por la creencia (colectiva) que lo conoce y lo reconoce como obra de arte”. Esto, porque se me hace totalmente irracional que un escritor se disculpe por mantener una opinión sin retirarla, estando al tanto de las consecuencias que debió haber causado la misma. A menos que este tema pierda su legitimidad en el espacio en que se ha desenvuelto, que sus compañeros en el arte de escribir le quiten el título y el reconocimiento de su obra por vociferar una posición incómoda. Un escenario que se me hace triste, pues, ¿de qué sirve defender la autonomía del artista ante un Estado opresor si esta ha de responder, a su vez, a una serie de lineamientos?

Y apenas tomo el caso de Echeto como punto de partida, pues así como el autor de Maniobras elementales probablemente pensó en la apología como su salida del enfrentamiento, muchos han callado opiniones adversas a uno y otro polo intelectual para evitar entrar en una pugna. Sé muy bien que no soy el único que ha dudado de la imparcialidad de los concursos privados en el país, en los que a veces parecieran rotarse los ganadores sin pena alguna, y de la apertura de las editoriales privadas del país, que en vez de publicar a escritores verdaderamente noveles, muchas veces re-bautizan a quienes han estado publicando estos últimos años como tales. Pero claro, reconociéndose públicamente como adversarios del gobierno chavista, son muy pocos quienes están dispuestos a perder la posibilidad de formar parte del campo literario con quienes comparten políticamente en líneas generales.

¿Lo peor del problema? Que con una crítica académica que está cada vez más apartada del mundillo editorial (¿quién se acuerda de Beatriz González-Stephan y Javier Lasarte, dos de los críticos más importantes que tuvimos en los años noventa, por citar irónicamente a unos de los m. Hemos visto que en el campo gubernamental, la popularidad no implicataesttizan a quienes han estado publicando estos l paeros ás prolíficos?), y con una crítica vulgar que apenas existe o que se auto-censura en los mass media, la literatura nacional sufre. Los escritores se endiosan, creyendo que toda oposición a su obra parte de una opinión polarizada y por ende, ilegítima, y leyendo cantidad de reseñas que elogian sus libros. Y nadie reflexiona sobre la calidad, la pertinencia de lo escrito en el país. Nos quedamos con el extranjero como referente único y entre amigos, dentro de la patria desdeñada, simulamos que todo está bien.    

Para evitar la zombificación de nuestras letras, perdamos el temor a pronunciar nuestros desacuerdos. Hemos visto que en el campo gubernamental, lo popular no es necesariamente lo mejor, lo más adecuado; hay que trasladar esta lección a los demás contextos de Venezuela. Debemos penetrar y dilatar los campitos literarios que van de la mano con la polarización nacional, y hacer visible el malestar que ha llevado gradualmente a su ensimismamiento. Si tanto nos metemos en la boca la reivindicación de la autonomía y la democracia, comprendamos la obstrucción de los perdones y demos paso a una heterogeneidad productiva, incluyente. Las personas ofendidas solo serán un par de víctimas más; su sufrimiento, sobre todo efímero.