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Numerosos de penas y de días

Raúl Rivero / Foto Diario Las Américas

Raúl Rivero / Foto Diario Las Américas

Este texto fue publicado originalmente en Diario de Las Américas sobre el reciente poemario de Raúl Rivero, “Contraseñas para la última estación”.

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El verso alejandrino de Leopoldo Lugones dice: “El hombre numeroso de penas y de días”. Pertenece al poema “Historia de Phanión”, del libro Los crepúsculos del jardín (1905). Y parece dar la tercera contraseña para leer el más reciente cuaderno de poemas de Raúl Rivero: Contraseñas para la última estación, cuyas dos contraseñas –recuerdo y escritura– permiten subirnos a su tren existencial, tan inexorable como cualquier otro si no fuera hecho artístico, acontecimiento versal.

Si algo distingue esta compilación de poemas, escritos en los tres últimos lustros, es precisamente que los motivos temáticos convertidos en intensos mensajes expresivos, aparecen –sea o no consciente el autor de ello–  bajo una neblina “de penas y de días”, como apuntaba el poeta argentino cerca y lejos de 1938, cuando se suicida.

Esa atmósfera tibia –de tibiezas anímicas– le confiere a los textos un atractivo hálito de romanticismo, aunque quizás no a la experiencia de la que parten; habida cuenta –ahora en lenguaje de notario o historiador– de que se trata de un intelectual disidente, que sufrió desde persecuciones por parte de la policía política hasta cárcel y exilio, donde aún se halla a los 70 años, orgulloso de no hacer concesiones por cansancio u oportunismo, por irrefrenables nostalgias o cinismo.

Si en cada generación biológica, desde luego que con diferentes cuotas de talento, se cruzan y a veces se entrecruzan las poéticas que buscan aparentar espontaneidad con las decididamente manieristas; se observa en las primeras, con mayor o menor conceptualismo, lo que en el casi último siglo se llama coloquialismo –exteriorismo, conversacionalismo, realismo crítico...–, y dentro del cual se disfrutan en español variadas voces fuertes, desde el García Lorca de Poeta en Nueva York hasta el Dámaso Alonso de Hijos de la ira. Una de ellas, entre los nacidos alrededor de la Segunda Guerra Mundial, es Raúl Rivero, como aquí en Contraseñas se consolida, expande y recrea; coincidiendo con cuadernos decisivos de la sesgadura coloquial cubana, encabezados por los de la voz más enérgica, la de un autor de la generación precedente –Heberto Padilla, 1932–, cuyos poemas vigorosos rebasan los enclaves del español, enriquecidos además por sus valores éticos.

Con una peculiaridad compartida por Raúl Rivero, que contribuye a la singularización: las desavenencias de todo tipo, comenzando desde luego con las desavenencias lingüísticas, que lo hacen buscar y hallar sesgaduras inéditas para expresar situaciones más o menos comunes; y alcanzar así que muchos de sus poemas escapen del enorme saco donde los gatos pardos maúllan. La misma destreza que cualifica sus artículos periodísticos –que le valieron, entre otros reconocimientos, el Premio Ortega y Gasset– llega a sus poemas fuertes. Porque razona e intuye qué elegir como signo metafórico para cualificar  el texto. Tan difícilmente sencillo.

Mucho más en poemas aparencialmente espontáneos, donde los artificios apuntan hacia dar la inmediatez de una conversación; trucar para que dé la impresión de “agua de manantial” –frase irónica de Nicanor Parra–, aunque sepamos que esa “agua” ha pasado por numerosos filtros. Tantos como la más manierista oda de Lezama Lima o de Carlos Pellicer, aunque por supuesto que en dirección diferente, no necesariamente opuesta.En un poema de amor –hay unos cuantos en Contraseñas– titulado “Lecturas” el objeto de deseo –Virginia– adquiere en las hipérboles su desasosiego, que al narrar el imposible regreso nos hace cómplices:

Virginia abre la boca

Abandona el corsé

Y pégale en la cara

A tu marido

Con el sombrero gris.

Voy a romper la foto

Y a guardar el libro.

Sé que vas a volver.

En “Temporal” es la confesión quien se encarga de retroalimentar los versos e intimar la historia, como si el lector fuera no un anónimo interlocutor sino alguien muy conocido. En “Murallas” el testimonio de la represión que ejerce la policía política toma forma de premonición, anuncia la cárcel con una extraña normalidad, que es precisamente el catalizador, la clave expresiva. En “Visita” la intensidad es la paradoja final...

Siempre se centra en un solo artificio, donde el lirismo exige la exageración en cualquiera de sus disfraces. “Brujerías” –donde conversa con sus hijas– tiene en la enumeración –ese tan frágil y a la vez tan socorrido recurso, casi siempre fallido– el recurso estilístico que permite el clamor final. En “Versiones del sueño”  se recrudece un signo que caracteriza a los mejores poetas coloquialistas. La “voz” evita el pernicioso “yo”, y para ello recurre al cuento. De esa forma sortea calificativos, huye del tono discursivo, el que empantanó a voces que alguna vez mostraron talento, como Ernesto Cardenal, Roberto Fernández Retamar...; o que nunca lo mostraron, como una serpenteante fila de mediocres, de innombrables, entre los que se hallan unos cuantos que participaron en la primera etapa del desigual mensuario El Caimán Barbudo.

Basta leer “Sin censura” o “Solicitud de resurrecciones” para saber que Raúl Rivero no ha resbalado por la canal didáctica o el trillo facilista. Parece que así terminará su estancia, las contraseñas. “Alta fidelidad” reafirma la mordacidad que tantos problemas le ha causado con los poderes establecidos, sobre todo los que aún ejercen un mandato que nos avergüenza por el aguante que hemos tenido. Nada de intelectual tranquilo. Nada de parsimonia, como se observa en “Versión libre”, con lobo y Caperucita haciendo el amor, irreverentes pero dándole a los besos “un rumor de buñuelos”. Poema que fue escrito todavía en Cuba, hacia 2002, según recuerdo, bajo las marejadas totalitarias.

Es una lástima que ningún poema lleve ni fecha ni lugar, que el orden cronológico haya que adivinarlo sobre la concomitancia entre ellos. También que el volumen tenga una dimensión y diseño que abarata los espacios en blanco, además de créditos anónimos, detalles al bulto que contrastan con la sugerente portada, ¿anónima?

Pero volviendo a lo esencial, los poemas prueban que Raúl Rivero mantiene aquellos mismos rasgos que argumenté cuando aparecieron Papel de hombre (1970, Premio David en 1969) y Poesía sobre la tierra (1972, Premio Julián del Casal 1972) y sus libros sucesivos, antes y después de la antología que preparamos juntos en La Habana borrascosa de 1997 –Herejías elegidas (Betania, Madrid, 1998)–, bajo la mirada y el puño de los oficiales de la Seguridad del Estado y de sus colaboradores intelectuales que “atendían” nuestros sacrilegios contrarrevolucionarios, que corrían con sus informes a marcar puntos para viajes, pensiones, vacaciones.

En Por la poesía cubana (1984) la caracterización enunciaba “el uso casi siempre eficaz de la técnica de objetivización, la búsqueda de la limpieza metafórica y la frecuente sagacidad en la elección de situaciones significativas”. En el prólogo a las Herejías –leído por primera vez en el semiderruido apartamento  de Teté, su mamá, cuya puerta daba a Oquendo, entre Neptuno y San Miguel, en el populoso barrio de Cayo Hueso en Centro Habana– señalé que cuatro puntos de recepción caracterizaban sus inflexiones verbales: “Poemas donde predomina lo narrativo-descriptivo, la tercera persona, los plurales incorporados; poemas donde el eje discursivo es de carácter irónico-satírico-humorístico, en los que el extrañamiento permanente marca el tono; poemas donde las tensiones entre tradición y actualidad se resuelven distanciadamente en cauces métrico-versológicos, casi siempre como subzona de los irónicos; y poemas del yo, donde predomina lo lírico-íntimo, lo autobiográfico en su vertiente más volitiva, afectiva, personal”. Aquel deslinde se lee en 2016, también señala a Contraseñas.

La arqueología literaria –necesaria para el canon– puede sin embargo otorgar un paralizante tufo a naftalina. Contraseñas y su autor están bien lejos de etiquetas y urnas. Si alguien andaba feliz suponiendo que a Raúl Rivero se le había cercenado la inspiración y cortado la expresión poética tras su destierro a Madrid, aquí tiene suficiente causa para echarse a bramar.

Invito a recrearse con poemas tan dinámicos en su estructura como “Solicitud de resurrecciones”, experimento de edición aditiva que logra intensificarse vertiginosamente. Invito a recordar en “Alta fidelidad” los juegos de Julio Cortázar en Rayuela. A saludar a Juan José Arreola en “El pasajero”, que parece montarse en alguno de los trenes surrealistas –simplemente mexicanos– de “El guardagujas”. A que “Patria borrosa” le nuble la mirada. Y a que los “Recados” habaneros se vayan a Banes, en “Para Gastón Baquero”, juego de vecinos que no por gusto comparten las páginas 84 y 85.

Porque como a todo poeta, a veces ella se le escapa –”En noviembre sin ella”– hasta llegar en una “Foto de estudio” a desgarrarse, transmitir a través del retrato su retrato. Conmovernos. ¿Cuántos poemas de los que leemos cada mes nos conmueven?

¿Acaso “Plegaría tardía” no es suficiente prueba de cómo la rabiosa realidad de María López –recuerdo unas cuantas que él ha conocido– logra hacerse poema en las interpelaciones? ¿”Teatro” no emploma un fracaso amoroso? ¿”Nota final” no es solo a ella sino también al domador de circo? ¿La nostalgia elegíaca de “Para Eliseo” (Diego) sentado en un banco del parque de Víctor Hugo en El Vedado, no identifica sin confusiones a este poeta que no se arrepiente de su “Vida de perro”,  pero que gruñe libre hasta en la cárcel de Canaleta, en mayo de 2003, cuando escribe “Celda 31” como homenaje implícito a los poetas que han sufrido prisión?

Cierro con la explicación de la atmósfera anímica de la pérdida –ubi sunt– que siempre ha transferido, dada en el urgente poema “Cercanía”: “Nadie conoce como yo el dolor/ que puede producir la lejanía./ Nadie./ Yo soy el que más cerca ha estado de ella/ ceñido a su noche mortecina/ expatriado en patria de hielo./ Más lejos de mí/ nadie”. Porque “numeroso de penas y de días” el poeta Raúl Rivero Castañeda prosigue sus Contraseñas. Parece reírse de la última estación. Burlarse. Escribir otro verso.