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Notas para una poética del desencanto

El carácter de clásico no reposa en las frías páginas de un libro, sino en esa posibilidad ofrecida a los lectores del futuro de transcribir el imaginario literario a partir de las claves de su presente

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Hay obras que ofrecen claves para registrar la futilidad del ser humano y que saben sobrevivir al entorno en el que fueron creadas. Al añadir su interpretación y encontrar su espejo puntual, cada generación los va convirtiendo en clásicos.

Es decir, el carácter de clásico no reposa en las frías páginas de un libro, sino en esa posibilidad ofrecida a los lectores del futuro de transcribir el imaginario literario a partir de las claves de su presente.

En días de crisis y declinación del proyecto de la modernidad, es difícil escapar de esa sensación que surge feroz en la Viena de los Habsburgo entre finales del siglo XIX y el final de la Primera Guerra, y que Hermann Broch resumió en la célebre frase el gozoso apocalipsis.

El destino del barón Von Leisenbohg revisa con un microscopio tales desventuras. Cada uno de los trece relatos que conforman el volumen funciona como una pequeña máquina, exacta y precisa en su mecanismo.

Expone no sólo a minuciosos personajes rodeados de objetos, o a la naturaleza convertida en paisaje, sino lo sustantivo de una manera de mirar el mundo que trasciende la orgía preciosista de una sociedad a punto de derrumbarse por su propio gusto y peso, gracias a su eficaz y victorioso manejo de la máscara y de la hipocresía. Adheridos a su disfraz, los héroes padecen el inevitable tránsito hacia su caída, como cualquier precario Edipo que al intentar huir de su destino, lo cumple irremediablemente.

Los cuentos están escritos en clave de tragedias. Personajes de todo pelaje concurren a estos thriller donde se narran los pequeños desamparos humanos que constituyen, desde los griegos hasta nuestros días, la cotidiana lucha entre lo instintivo y lo socialmente aceptable. Doctores en El hijo y en La muerte del soltero, aristócratas en La predicción, clases medias en Los muertos no hablan, trashumantes y mendicantes en El ciego Gerónimo y su hermano.

En fin, una ralea de caracteres que padecen sus minúsculos dramas como marionetas independientes de su autor, pero ateridos por sus actos y sus miserias. Desde sus pequeños desastres cotidianos, los protagonistas caen en desgracia como si no hubiese solución amigable.

El amor, la traición y la muerte, lo escondido y oculto bajo la prolijidad de los detalles, construyen esta poética del desencanto que Arthur Schnitzler aprendió paralelamente a manejar en su extensa dramaturgia. Es necesario acotar que cualquiera de estos relatos conjetura guiones cinematográficos, arte que comienza a convertirse en espectáculo de masas justo en aquellos años y que Schnitzler también explora como guionista.

Walter Benjamín define al flaneur como aquel sujeto que observa las calles de la ciudad con la actitud de un dandy. Arthur Schnitzler es un flaneur del alma moderna, recostado tímidamente en la zona de quien ha comprendido que debe ser solidario con alguna causa perdida y explora hasta la náusea el juego de apariencias que es la modernidad.

Resulta extraño que Borges no lo cite en alguna de sus reseñas literarias. Le hubiese fascinado. Tanto como a su contemporáneo y coterráneo Sigmund Freud.