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Nogales Bey

Nogales Méndez, el epítome del aventurero mundano, era un fino escritor con grandes dotes narrativas. No hay manera de aburrirse leyendo sus descripciones en las que se encuentran batallas, eventos políticos, arquitectura, gastronomía, mujeres, amor a los animales, psicología y sociología, descripciones de lugares y costumbres y recuento de viajes

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Agosto de 1937, en el Cementerio del Sur en Caracas un pequeño grupo de personas se reúne para un entierro. Una de las pocas coronas fúnebres tiene una tarjeta firmada por el Káiser Guillermo II que reza: “A Rafael de Nogales Méndez, generalísimo en la Gran Guerra, uno de los caballeros más valientes y nobles que haya conocido”.

Que uno de los artífices de la Primera Guerra Mundial, último Rey de Prusia y último Emperador de Alemania le rindiera homenaje a uno de nuestros coterráneos, muestra la importancia de este en aquella contienda.

¿Cómo llegó un tachirense a pelear en una guerra que ni le iba ni le venía? Pues buscando aventuras, el mismo impulso que lo llevó a pelear del lado español en la Guerra de Cuba, participar en misiones secretas en Túnez, Egipto, Afganistán y Sumatra, cazar en safaris en África, comerciar diamantes brasileños, discutir con Cipriano Castro, colaborar con la causa revolucionaria guatemalteca, conseguir armas para los hondureños, ser vaquero en Estados Unidos bajo el nombre de “Nevada Méndez”, defender damiselas en apuros en China, espiar para Corea y Japón, buscar oro en Alaska y Nevada, robar ganado en Texas, participar en la revolución mexicana, alzarse contra Juan Vicente Gómez, pelear con el Mocho Hernández, investigar la situación política nicaragüense y conocer a Augusto César Sandino, entre peripecias galantes, duelos y otros lances. Todo esto lo recogió en cuatro libros: Cuatro años bajo la media luna (1924), The looting of Nicaragua (1932), Memoirs of a Soldier of Fortune (1932), Silk Hat and Spurs (1934). Dos de ellos tienen reediciones venezolanas recientes: Las Memorias fueron publicadas en Biblioteca Ayacucho en 1991, Cuatro años… fue publicado en 2006 por El Perro y la Rana, con una muy buena presentación de Kaldone Nweihed, el mayor experto en Nogales Méndez.

Los libros de Nogales son una delicia y, como suele suceder en la literatura autobiográfica, quizás no demasiado confiables desde el punto de vista de los hechos. Nogales Méndez, el epítome del aventurero mundano, era un fino escritor con grandes dotes narrativas.

No hay manera de aburrirse leyendo sus pormenorizadas descripciones en las que se encuentran batallas, eventos políticos, emboscadas, arquitectura, gastronomía, bellas mujeres, amor a los animales, psicología y sociología, descripciones de lugares y costumbres y recuento de viajes.

Cuando veas una guerra buena, alístate para combatir en ella En 1914, al estallar la Gran Guerra, Nogales está en un hiato. Acababa de participar en una asonada contra Juan Vicente Gómez que no salió como esperaba, se va a Curazao y de allí a Puerto Rico. En la travesía se entera de las noticias y se emociona:

“Había estallado la guerra, la gran guerra mundial de 1914, la guerra que venía a ofrecer a mi espíritu militar su primera y más hermosa oportunidad”, cuenta en sus Memorias.

Su idea es unirse a lo que llama las naciones latinas de Europa y pelear por su raza y por la civilización “dentro de la amplia y profunda hermandad latina”.
Decide ofrecerse como soldado de Bélgica porque le era simpático Leopoldo II. Sin embargo, su condición de no renunciar a la nacionalidad venezolana le dificulta las gestiones. Después de varios y complicados trámites se da cuenta que sólo el Imperio Otomano (esto es, los enemigos de Bélgica y los Aliados) lo aceptarían como soldado, así que sin mayor problema cambia de enseña (si es que la tuvo) y bajo el alegre lema de “Una misión es una misión” se convierte en “un oficial de la Media Luna, que ahora combatía contra los ejércitos que habían rehusado aceptar mis servicios días antes”. Su ligereza
guerrera es refrescante (aunque no menos asombrosa y hasta extraña) en comparación con el patrioterismo radical que nos rodea: “Después de todo, una causa es una causa. Puede que sea más o menos justa.

Los que se diga en su defensa podrá ser más o menos cierto. Pero ¿quién tiene la razón? La guerra es la guerra, como dicen los franceses. Yo, como soldado profesional, naturalmente tenía que tomar parte activa en esa guerra”.

Había tenido la desgracia de ser el único cristiano, entre los sesenta mil turcos que habían cristiano debía ser testigo, para ostentar el privilegio de vivir y contarlas más tarde”.

A pesar de su horror por este hecho, Nogales, nos cuenta el profesor Nweheid, “no sale bien parado ni con los unos ni con los otros”. Los turcos consideran que da información que los compromete; los aliados, que fue parte de los que ejecutaron la masacre, eso no les impide a ambos, sin embargo, utilizar su testimonio para demostrar que tienen razón. El mismo estudioso nos dice que a partir de estos sucesos Nogales evitaba pasar por Europa y que Estados Unidos le negaba la visa, ya que el presidente Woodrow Wilson lo había catalogado como “Verdugo de Armenia”.

Para escribir Cuatro años bajo la media luna, el único de sus libros que escribió en español, Nogales decide asentarse en Gramalote, cerca de Cúcuta. Sesiente perseguido por los servicios secretos europeos y no es bien visto por Estados Unidos.

Para colmo, Juan Vicente Gómez piensa que lo que escribe es un libro contra su gobierno, y lo tiene vigilado. Cuando termina el libro, aproximadamente en 1922, sale rumbo a Barranquilla, perseguido por agentes de Gómez, que entre disparo y disparo beben en demasía. Totalmente borrachos, pierden el rastro de Nogales que puede escapar. Así, Nogales pasa a Panamá, de allí a Costa Rica, Cuba y finalmente Estados Unidos donde publicará el libro.

Será el primero de varios en los que cuenta sus magníficas aventuras.