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8900: Niño

Décimo segunda parte. “Sí, a los 6 años yo me sabía enamorada, me sentía enamorada y actuaba como enamorada”

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Hace algunos días una ex alumna muy querida e increíblemente talentosa, me confesó que estaba enamorada. Me hizo recordar cuando el amor era un secreto tan grande que nos hacía sonrojarnos solo de pensarlo. Era casi imposible contárselo a alguien porque nos daba pena mostrar que por primera vez alguien que no éramos nosotros mismos nos importaba. Era un enorme desafío para las emociones infantiles. Todo lo que nos faltaba por descubrir acerca del amor cuando éramos niños, era justo lo que nos permitía enamorarnos todos los días. A veces de la misma persona, a veces de otra. Porque en eso del amor podemos coincidir que el mundo está lleno de personas lindas e interesantes de las cuales podríamos enamorarnos cada día.

Los niños no piensan en el futuro cuando se enamoran, a ellos les gusta la sensación del presente, la que hace que su corazón palpite más rápido, la que los esconde detrás de un pilar para no ser vistos, y la que hace que sonrían siempre misteriosos cuando se enteran que su amor es correspondido. Los niños también dominan el arte de dejar ir cuando saben que se trata de un amor imposible. Caray, pienso en ellos y se me llena el corazón. Quisiera decirles tantas cosas, pero no más de las que les he aprendido. Alguna vez un alumno me preguntó que si yo creía en Dios. A muchas preguntas contesté “No sé”, pero a esa no podía contestarle una mentira. –No, no creo en Dios, pensaba– Pero lo mejor que pude hacer fue responderle que mientras él creyera en Dios, Dios existía.

Lo mismo con el Amor, lo mismo con todas las grandes ilusiones. Los niños son el mensaje que los adultos depositamos en botellas y arrojamos al mar, siempre con el deseo de que vuelvan a tierra firme. Yo crecí en una familia pequeña. Soy hija única y por muchos años tuve solamente a mis abuelos, por otros solamente a mi madre y ahora tengo a mi madre y a mi padre, pero ya no tengo a mis abuelos. Fui una niña tímida, con más facilidad de convivir con adultos que con niños, no aprendí a gritar de emoción ni a hacer travesuras en el recreo. Era más el tipo de niña reservada a la que le gustaba platicar y escuchar. Me enamoré por primera vez cuando tenía 6 años. Recuerdo el primer día de clases, fue mientras padres e hijos revisaban las listas de cada salón para ubicarse, cuando me encontré con el niño más guapo de toda la escuela. Por lo menos para mis grandes ojos negros, que se veían más grandes y más negros detrás de mis lentes redondos. Sí, a los 6 años yo me sabía enamorada, me sentía enamorada y actuaba como enamorada, porque en ese momento nada me importaba más que coincidir en la misma lista. Y así fue como no sucedió. A mí me mandaron al B y a él al C. Pasaron 5 años de primaria, en los cuales solo coincidimos en segundo grado. Fue entonces cuando nos sentábamos lo más lejos posible el uno del otro, no nos hablábamos y hasta mal nos caíamos. Pero toda nuestra generación sabía que había algo entre nosotros que no podíamos ocultarlo ni por dentro ni por fuera: era Amor, Amor del bonito, Amor del bueno. Nuestros papás lo sabían, los maestros lo sabían y nuestros amigos lo sabían, pero nuestro juego era aparentar todo lo contrario: no nos volteábamos ni a ver.

Finalmente, mi amor platónico se fue a vivir a la Ciudad de México cuando pasamos a 5to grado. Lo extrañé como loca. Le pensé y le lloré, hasta que un día me guardé todo ese amor, pero no lo olvidé. Tenía 11 años y llevaba 5 enamorada de la misma persona. Tal vez mis relaciones no duran mucho por fuera pero por dentro las llevo tatuadas, son indelebles. Yo solo sabía que el amor se trataba de poder estar lo más cerca posible de esa persona, de sentir el corazón bombear fuerte, de sentir las piernas temblar, las manos sudar y la boca tartamudear. Qué maravilla. 15 años después, me reencontré con ese güero de ojos lindos, nos confesamos el muto amor que nos teníamos y comenzamos una relación como adultos, o bueno casi adultos porque en ese momento parecía que el amor que sentíamos de niños era el mismo amor en nuestra vida actual. Sin duda es una gran historia. Para mí, para él, para nuestras familias e incluso para nuestros compañeros de generación que fueron testigos de la mutua timidez que compartíamos.

La historia no tiene un gran final, ni siquiera feliz. Pero el trayecto, sí. Pasamos un año juntos, recordando nuestros mejores momentos infantiles, compartiendo el proceso de soltar y convertirnos en individuos, nos reímos, nos divertimos mucho, éramos niños cuando estábamos juntos. El amor se terminó, pero nuestra historia está escrita en la última página de todos nuestros cuadernos de primaria. Y yo le deseo lo mejor siempre, porque me enseñó que cuando uno tiene corazonadas respecto a ciertas personas, hay que hacerles caso, porque si una de ellas resulta un acierto, puedes ganar los momentos más lindos de la vida, junto a una persona que elegiste por pura intuición infantil. No me equivoqué. César es una de las mejores personas que he conocido. Y estoy orgullosa de haber podido convertir mi sueño de niña en una realidad posterior.

Así que, cuando mi alumna me confesó estar enamorada, lo único que pude decirle fue que el Amor es el mejor sentimiento del Universo y lo mejor que podemos hacer con él es sentirlo. Y a mí me aconsejo enamorarme las veces que sea necesario e innecesario porque es cuando más viva me siento y cuando tengo la capacidad de revivir emociones en alguien más. Vamos a enamoraros como niños, antes que nos gane el amor adulterado. Es que el amor de un niño es tan grande como el talento de mi alumna y como mis ojos negros detrás de unos lentes redondos.