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Nicolás de Federmann y la fiebre de El Dorado

Nicolás de Federmann

Nicolás de Federmann

Se adentra en los llanos venezolanos y remonta el Meta hacia finales de 1537, su destino es el sur. Va bordeando la cordillera oriental neogranadina hasta que la remonta por el páramo de Sumapaz, a 4.300 metros de altura

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La peripecia de Nicolás de Federmann en América se inicia con su desembarco en Coro en 1530, entonces al mando de Ambrosio Alfínger, ambos factores de la casa Welser, financistas alemanes que respaldaron la coronación de Carlos V y titulares de la célebre capitulación. Su aventura americana culmina en 1540, con el sello característico de su tiempo.

Alfinger deja encargado a Federmann de Coro y sale de expedición. Federmann desatiende la orden y también sale a dar vueltas. A su regreso es hecho preso por Alfínger y enviado a España. De aquella primera jornada descubridora Federmann escribe y publica en 1557 un texto, Viaje a las indias del mar océano, que se le tiene entre los primeros escritos sobre el territorio nacional. Fue traducido al francés y del francés lo vertió al español el doctor Pedro Manuel Arcaya, siendo publicado en 1916. Luego, en 1958, Juan Friede tradujo la obra directamente del alemán y se publicó en Madrid. Los datos ofrecidos por el alemán son valiosísimos por su condición pionera y porque permite la reconstrucción de estos hechos iniciales. Sigamos el primer párrafo de la obra: “El segundo día de octubre de mil quinientos veintinueve, yo, Nicolás Federmann el joven, de Ulm, embarqué en Sanlúcar de Barrameda, puerto de la provincia de Andalucía en España. Iba nombrado por el señor Ulrico Ehinger, en nombre de los señores Bartolomé Welser y Compañía, Capitán al mando de ciento veintitrés soldados españoles y de veinticuatro mineros alemanes a quienes debía yo conducir a tierras de Venezuela, situadas en el gran mar Océano y cuyo gobierno y dominio ha concedido su Majestad Imperial a dichos Welser, mis señores. Debía además ir en auxilio de Ambrosio Dalfinger, que gobernaba y administraba tal provincia.”

Federmann regresa con Jorge Espira en 1535, ya poseído por la fiebre americana y repite el esquema de su primera vuelta. Espira lo deja al mando y sale en jornada, mientras Federmann arma una tropa y también sale en busca de la fortuna, desobedeciendo a Espira. Primero avanza hacia Maracaibo y luego pasa a Valle de Upar, siguiendo el camino que llevó a Ambrosio Alfínger a la muerte, pero con suerte distinta. Se topa con las tropas del gobernador de Santa Marta que le hacen saber que está en una jurisdicción ajena y regresa a Coro. Allí comprueba que los oficios que le han prometido no han llegado. Se le ha dicho que avance, que en el ínterin llegarán sus títulos, pero nunca llegan. Toda la aventura de Federmann tuvo lugar al margen de lo prescrito. Entonces, prepara un viaje por otro camino, más largo, siempre en busca del mítico Dorado que le refieren los aborígenes.

Se adentra en los llanos venezolanos y remonta el Meta hacia finales de 1537, su destino es el sur. Va bordeando la cordillera oriental neogranadina hasta que la remonta por el páramo de Sumapaz, a 4.300 metros de altura, y pierde a muchos soldados que mueren de frío, así como no pocos caballos. Sigue adelante hasta Fosca y allí se entera de que el adelantado Gonzalo Jiménez de Quesada ocupa el territorio desde hace casi dos años: ha remontado el río Magdalena desde la costa y ha llegado a la meseta de los Muiscas. Conviene con el adelantado de Santa Marta un acuerdo, firmado el 17 de marzo de 1539,  y deciden partir ambos para España a entregarse en manos de la decisión del rey. Los dos se sienten acreedores del territorio conquistado. Para colmo de extraña circunstancia, Sebastián de Belalcázar, el fundador de San Francisco de Quito, Popayán y Santiago de Cali, también llega a la sabana de la futura Bogotá y decide acompañarlos en el viaje decisorio, también atribuyéndose el descubrimiento de la sabana de Bogotá.

 

Llegan a España a principios de 1540 y se informan de que Carlos V está en Gante. Hacia allá se dirige Federmann y halla a Bartolomé Welser en la corte del emperador y, naturalmente, con mala voluntad hacia él. Lo hacen preso. Lo acusan de no haber interesado en caja todo el oro que ha traído de América. Se defiende infructuosamente, hasta que Carlos V lo envía a España a ser juzgado por el Consejo de Indias. Llega a Madrid en abril de 1541, cansado y enfermo. Muere en Valladolid en febrero de 1542. Una vida de arrojos, coronada con éxitos no reconocidos, y signada por la fatalidad: así fue la hipérbole de Federmann. Siempre desobediente. Doradista a morir.