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Músicos venezolanos en Madrid

De izquierda a derecha: Omar Acosta, Ignacio Izcaray y Elvia Sánchez | Foto: Lisbeth Salas

De izquierda a derecha: Omar Acosta, Ignacio Izcaray y Elvia Sánchez | Foto: Lisbeth Salas

El pasado 22 de febrero, en una fría noche madrileña, tres músicos venezolanos que residen en Madrid se reunieron en el restaurante madrileño-venezolano, El Ávila Gourmet, para intercambiar sus historias y experiencias. La soprano Elvia Sánchez, el flautista y compositor Omar Acosta, y el cantante y compositor Ignacio Izcaray conversan para los lectores del “Papel Literario”

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—Elvia Sánchez: Salí de Venezuela para radicarme en España hace ya once años. Tengo una historia particular porque yo he pasado muchos años de mi vida fuera. Con mi padre,  Alfredo Sadel, viví  en México,  Estados Unidos, Canadá y, finalmente, terminé mi carrera en Inglaterra. El máximo de tiempo que he pasado en mi país ha sido ocho años. Lo cual no quiere decir que no me sienta profundamente venezolana. Cuando llegaron los nuevos tiempos políticos decidí levantar vuelo de nuevo. Decidí salir de Venezuela porque sentía que el clima político no me era favorable. Había cantado con todas las orquestas del país y en los principales teatros, tanto música popular como ópera y escogí vivir una experiencia distinta y ampliar horizontes.


—Omar Acosta: Soy emigrante desde que nací, porque nací en Caracas pero me crié en Barquisimeto, con mis abuelos. Mis raíces son populares, pues mi padre formaba parte, con sus cuatro hermanos, de lo que en Venezuela llamamos un grupo de músicos “guataqueros”, que son los que tocan en bares y fiestas.  Así que yo amamanté de ese cuatro, crecí tocando los golpes tocuyanos y esa es, fundamentalmente, mi base musical. Lo que toco ahora es básicamente lo mismo. Regresé a Caracas y me inserté en el Sistema Nacional de Orquestas. Formé parte de la Orquesta Simón Bolívar, a la que entré  por concurso, y luego me fui a la Orquesta Sinfónica de Venezuela. Dentro del Sistema aprendí muchas cosas, sobre todo a nivel técnico, pero también tuve otras escuelas como Santa Capilla y maestros italianos, aunque sigo diciendo que mi escuela, la que me ha enseñado lo fundamental, es lo que aprendí en la calle.

—Ignacio Izcaray: También soy larense como Omar. Nací en Carora, y mi formación musical es bastante informal. Había un barrio en Carora, que es un barrio pobre pero con mucha cultura musical –Rodrigo Riera es de allí– que tenía un laberinto de callecitas que desembocaban en una calle ciega con el bar que servía las cervezas más frías de todo Carora, llamado El Rinconcito Arrabalero. Allí se hacían las mejores olletas de lengua, los mejores sancochos y mondongos y las mejores arepitas a media tarde, y además tenía la única rocola que no era estridente, sino que tenía el más exquisito repertorio. Esa rocola fue mi maestra.

Primeros pasos en Madrid

—E.S.: La llegada a Europa fue difícil. Me quería ir a Alemania donde hay más espacio para  la ópera  pero, al final, por distintas razones, me quedé en Madrid. A diferencia de otros cantantes académicos yo llegué, no como estudiante de un conservatorio, que te da una plataforma de lanzamiento importante, sino madura como  artista. Y abrirme camino ha sido mucho más difícil. Hice muchísimas audiciones, lo que en Venezuela se llama matar tigres y aquí se dice “hacer bolos”. Bolos de todo tipo, hasta que te vas metiendo un poco más en el ambiente, te vas dando a conocer y empiezan a confiar en ti.

—O.A.: Yo me vine muy asustado, y no digo que en patera pero casi, porque, entre otras cosas, el primer año perdí una casa que tenía alquilada en Venezuela y que significaba todos mis ahorros para estar aquí. Fue muy duro porque traté de entrar aquí en la Sinfónica, pero los títulos de estudio que tenía de allá aquí no me servían para nada. Seguí buscándome la vida, hasta que grabé un disco de música venezolana con un grupo que se llama Terre Ensamble. Y entonces, grabando, apareció un señor que me llamó seis meses después, Joaquín Cortés, con el que me fui de gira hace ya 14 años y con quien he recorrido el mundo un par de veces.


—I. I.: Cuando me fui a Caracas empecé a componer mis propias canciones mientras trabajaba como creativo publicitario en Voz y Visión. Hice dos o tres discos en Venezuela y compartí con grandes músicos como Simón Díaz, que grabó una canción conmigo. Y me vine de Venezuela, de donde nunca pensé que iba a emigrar, porque el clima de tensión política que se vivía ya en los días del famoso paro petrolero se me hizo insoportable. Yo trabajaba en RCTV, ya amenazada de cierre, y entonces sentía que el espacio laboral se iba cerrando, además de la tensión política y la inseguridad, me hicieron emigrar al país de mis abuelos. Porque mi abuelo era español de Salamanca. Aquí me resistí, quise ser asesor comunicacional, pero terminé cantando en los bares de Madrid.


El esfuerzo de los días

—E.S.: Hace cuatro años hice una audición para Albert Boadella, que en aquel momento estaba preparando la reposición de una de sus obras. Boadella quedó muy entusiasmado conmigo y, aunque había ya compromisos previos con la persona que interpretaba  el papel, él me dijo: “en el futuro quiero trabajar contigo”. Y así fue.  Empezamos a ensayar en febrero del año pasado y estrenamos El Pimiento Verdi, a casa llena.  Hemos presentado la obra en Cantabria, en Ceuta y todavía nos falta recorrer media España. Hay el compromiso de reponer la obra en marzo de 2015. Paralelo a esto, que ha sido mi debut como actriz además de cantante,  he seguido con mi vocación y, en estos momentos, con un grupo de compañeros y amigos hemos creado la primera compañía de ópera privada en Madrid, y el mes que viene  empezamos nuestra primera tem­porada de ópera con Rigoletto.

—O.A.: Ahora trabajo con el Ballet Nacional de España. Grabo música mía, porque también soy compositor. Y como ya tengo más de 15 años viviendo aquí en Pozuelo de Alarcón, hemos creado una Asociación Cultural con la intención de difundir acá música de todas partes del mundo.

—Annie van der Dys: ¿Y cómo ha sido el proceso de integración a la música española viniendo de la música popular venezolana?

—O.A.: Pues te diré que muchas veces encuentras una raíz muy parecida. Para entender el flamenco, por ejemplo, es fundamental haber tocado joropo: hay muchos palos muy parecidos. Y el flamenco, que es con lo que trabajo más, es una de las expresiones musicales más completas que hay ahora, con una evolución como la del jazz.

Homenaje a Simón Díaz

La intervención de la tertuliana gira la conversación a un tema muy vivo para los músicos y los venezolanos presentes: el reciente fallecimiento de Simón Díaz.

—A.V.: ¿Y cuál creen ustedes que es el aporte fundamental de Simón a nuestra música?

—I.I.: Definitivamente el rescate de la tonada llanera. De la tonada de ordeño que el llanero le cantaba a la vaca en la madrugada para que pasara las penas más rápido, para que el animal se relajara y diera mejor leche, la llamaba por su nombre. (Canta) La vaca Mariposa…Mariposa porque las vacas tienen nombre. Ese momento se estaba perdiendo por la industrialización del ordeño. Simón dijo que no se podía perder y comenzó a recopilar todos esos temas, a trabajar con poetas como Alberto Arvelo Torrealba.


—E.S.: Incluso tomó ese poema de Andrés Eloy Blanco que se llama “Flor de Apamate”, del poemario de Giraluna y compuso una tonada…(la canta): Qué pena de miedo luto, tiene la flor del apamate, qué pena de medio luto, desde que tú te marchaste…. esa fue la canción que se me vino a la cabeza cuando me dieron la noticia de la muerte de Simón. Ese disco de tonadas es un hito en la música venezolana.

—O.A.: El poder de comunicación, la capacidad de promover y hacer sonar, internacionalizar la música venezolana, es uno de los grandes aportes de Simón Díaz a la música del país.

—I.I.: Simón nos une a todos: el clásico, el popular, a todas las generaciones, jóvenes, viejos, territorialmente, un margariteño y un andino, un español o un colombiano: todos se  sienten identificados. Dejó un ejemplo importante de que se puede ser popular y llegar a todo el mundo sin perder cualidades. Simón une, convergen en él corazones más allá de las ideologías, razas, creencias.

El encuentro terminó, como un buen sábado en la noche entre amigos, al son de  la guitarra de Ignacio Izcaray, la flauta de Omar Acosta y la hermosa voz soprano de Elvia Sánchez, los tres interpretando a coro, con los presentes en El Ávila Gourmet, Caballo Viejo.