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La Mudanza del encanto. Carlos Contramaestre con su camisa de anestesia

Carlos Contramaestre, escritor y artista plástico venezolano | Foto: Enrique Hernández D' Jesús / Archivo

Carlos Contramaestre, escritor y artista plástico venezolano | Foto: Enrique Hernández D' Jesús / Archivo

“La mudanza del encanto” de Carlos Contramaestre, cuyo título es un homenaje al pintor Salvador Valero, es un libro imprescindible por su originalidad. Es un libro que, desde la perspectiva de lo insólito, muestra el imaginario latinoamericano y venezolano vinculado a la hechicería durante la Inquisición. Es, en síntesis, el primer acercamiento desprejuiciado hacia un tema que sigue siendo, de alguna manera, incómodo. Enrique Hernández D'Jesús, uno de sus discípulos más cercanos, se acerca al arte y la poética de Carlos Contramaestre, autor de este libro raro

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Carlos Contramaestre saltaba la página, corría detrás de las letras, de las ideas y de lo imposible. Lo que no se podía tocar, lo que no se podía agarrar. La Torre de Babel era su guía. Vivió hospitalizado de amores, alucinó con la vida, herido de muerte confabuló en las mediaciones de la naturaleza, en las creencias y prácticas mágico-religiosas y en la poesía. Lo dijo de una manera muy sencilla: “Los mitos y ritos constituyen verdaderas síntesis de esas oposiciones significativas, el totemismo una naturalización de las relaciones sociales, la magia una humanización de la naturaleza”.

El Magma detenido en la lluvia

Contramaestre palpitó en el enjambre visionario de los alquimistas, con esa desolladura sin restañar, con su camisa de anestesia frente al gran viaje: iluminado en las tinieblas. Con las herramientas más inusitadas extrajo luces herméticas y desconocidas, en su geografía palpitante de súcubos, de morfina y de colores pasteles. Persiguió e incendió el camino en donde le recibió el alma al ángel caído, donde apagó la antorcha para sobrevivir en el remolino de lo oscuro de la torre. Con estas experiencias preparó elixires editoriales, según las fórmulas de recetas antiguas. Solo el desasosiego le conservó la gracia del traumaturgo. Y colocó los codos en la luna. El sol lo tenía más cerca de la tierra, incendiado en su vulnerable vida. Conmovido, montado en El Techo de la Ballena, montado en el cielo raso de los animales ciegos, en el hábito oculto de mover la cabeza donde los cuervos discuten y le picotearon el cabello frente a la iglesia La Chiquinquirá. El diálogo de los cuervos. ¿Quién tiene la razón? Sigue siendo otro de los vicios de fin de milenio. “Si en tu casa cuervos negros parirán blancas palomas, entonces tú serás llamado Sabio”. Así reza en la Puerta Ermética de Roma. Contramaestre atisbó la soledad del sabio, se detuvo en la lluvia. El solitario que no siguió ahogado en un vaso de agua. A fin de milenio con la misma densidad desde sus comienzos. En él quedó la palabra como si cumpliera una primera comunión. Bailó con la carroza equivocada y era el más feliz de los creadores buscando el camino de la muerte. Al final no podía subir los escalones con la misma fuerza. Era un camino distinto, de sabiduría, de enseñanzas, de indicaciones y palabras en el sentido más estricto de la belleza y de su utilización, ahí nos quedó Tanatorio, libro de lo profundo, de muerte de la muerte. Carlos nunca dejó de tocar a su sonoro corazón apagado por la muerte como decía Montes de Oca.

Está en la colina. No con el traje que Salvador Garmendia había conocido en Madrid. El traje que Carlos llevaba en el aeropuerto de Maiquetía era de plumas indomables, cubiertas del último chaleco donde el árbol se llenó de loros. Loros atónitos. Loro atónito es loro raro. Carlos rescató los loros. Rescató la cerámica de Eloísa Torres -Trina de los loros. Ella cargaba los loros entre sus ropas, entraba a misa y aquellos loros pillando. Así los pájaros fornicaban en la Catedral de Salamanca y los loros viven en el árbol. El árbol cubre la tumba de Carlos en el cementerio del Este de Caracas. Quedó el alma en la calle. La estantería vacía. Vacío en el precipicio. El Magma de color se fue al ciberespacio. La tijera negra para cortar alimentos en la cocina cortó el alma. Nunca una tijera había actuado tan violentamente.

Crear la danza macabra

Asemejarse y hablar en el pulso de la imagen es la pasión del creador. Actuar la sensualidad de lo representado, perpetuarse en los sentimientos de la estética de los renacentistas, crear la danza macabra con la creación expresionista eran los propósitos de Carlos Contramaestre. Su arte no fue acaso fuego, olor, olor, conceptos, sin complacencias, poseídos de una firme visión de lo contemporáneo, interpretando de muchas maneras su oficio. En sus palabras y en sus dibujos buscó el humor por la experiencia y el aprendizaje del cuerpo humano en sus estudios de medicina en Salamanca. Con el mejor sentido del forjador, del alquimista, dio vueltas y vueltas alrededor de una sola imagen, luminosa en el cuerpo frágil, la imagen de la configuración que a una señal de la línea percibe el arte complejo de la semejanza apetecida de amor, de lujuria, de apetencia carnal. Pensador dedicado a la historia de las ideas, a la historia de lo oculto, del verbo alquimista, del logro nigromántico, de la estructura conceptual en el discurso de lo mágico y religioso. Especialista del siglo, en la perpetuación maníaca de la ilustración de nuestros tiempos. El ensayo del hombre contemporáneo y la fusión de los diversos discursos era su interés.

Contramaestre juntó imaginación con un discurso total de ética y arte, de vida y creación. Carlos conspiró con Ramón Gómez de la Serna sobre la experiencia de la ironía, con la memoria en explosión lírica, en explosión poética donde se desnudó con las trivialidades de los humanos o de roedor, si el caso fuese de esa manera. Su curiosidad entra y recorre distintas series. La serie erótica, la serie poética, del pesimista, del desgarramiento, de la palabra convertida en profecía, de la palabra voluptuosa sorprendiendo en la modernidad, en los apetitos más débiles, más sensibles. Acompaña los dibujos de los conejos, de textos que, más que títulos, son parodias al mundo. La crítica mordaz y aguda conjuga el movimiento visual. Contramaestre contrapunteó con los dibujos, transfiguró y vivió cada palabra, cada línea, en su sistema de pensamiento, excitable y refinado dentro, muy adentro del laboratorio del traumaturgo, del dibujante que va creando personajes, dándole vida, anunciándolos como seres humanos, diseminándolos y saltando en la espesura del expresionismo lírico.

En su mundo plástico se desbordó más por el dibujo. En contra de la pacatería, en contra de lo pueril, estableció principios entre obra y realidad, como otros tantos caprichos exuberantes, hacia el camino fúnebre. Contramaestre realizó un viaje, en La Carroza de la muerte, con Ilaria del Carreto, en investigaciones peligrosas para su cuerpo, con pocas reservas. Solo, con la inteligencia superior del ocultista, con la fibra de la imagen en su moderna tradición. Agudo y conocedor de la vida con sus trazos transfigurados. El nos mostró las diferentes facetas que día a día vivimos los mortales. Era un saber de la vida como verdad en la conjunción total con la muerte. Nos habló y creó esos espacios vacíos que el artista solamente puede mostrar. Mejor que nadie fue un estudioso de la conducta de las formas estéticas como ejercicio libre, con una mirada renovadora y crítica. Fue un investigador agudo de lo que sucedía en el continente, los efectos que causa y sus fenómenos sociales. Transcurrió en los sentires de la vida. Así encontró su protagonismo: en los Seres Cotidianos.

Las voces biológicas

Entre sus obras se destaca La mundanza del encanto, libro sobre la hechicería, una de las obras más originales de la literatura venezolana. Es un trabajo que parte desde unos libros muy antiguos, con pieles de becerro, que pertenecen a la Biblioteca de la Universidad de Los Andes, obras de los siglos XVII y XVIII, que llegaron a Mérida desde Santa Fe de Bogotá, traídas por el obispo Torrijos. En ese descubrimiento Contramaestre desempolvó relatos, expedientes, grabados españoles y alemanes, situaciones particulares sobre la inquisición y el ocultismo provenientes de la Conquista; a esto se agrega un material de textos recogidos en la zona andina sobre versiones de literatura oral que tratan el tema de lo milagroso y lo fantástico. Además de una antología de literatura latinoamericana. Libro fundamental para los historiadores y para los imaginistas. Es, como lo dice Gustavo Guerrero, el encanto americano.

Los libros de poesía Metal de Soles y La Torre de Babel, son la contracara de la existencia, la muerte es el ámbito final.

En sus libros de poemas iniciales: Cabimas Zamuro y Por decreto y por sueños de Maximina Salas, expresa (en el primero) en un lenguaje coloquial y pleno de vitalidad, la rebeldía ante el despojo nacional; en el segundo, la mirada nostálgica desafía las arenas del tiempo y recrea ámbitos vivenciales de la infancia y la adolescencia.

Con la Pensión Ardiente de Maximina Salas, vivió el país natal.

A partir de La Torre de Babel (1986), una nueva simbología exploratoria se hace presente en su poesía, que se exacerba en el libro Tanatorio, a través de la fugacidad del tiempo.

Otras obras publicadas: Armando Reverón, el hombre mono, 1969; Como piel de ángel, 1980; Metal de Soles, 1983. Costumbre de piedra (Antología), 1996.

En cada imagen plástica y poética mostró voces biológicas, formas poéticas, con su capacidad global, creando ámbitos perceptivos cargados de atmósferas en misteriosos rasgos, advirtiendo la perplejidad de la que habla Canetti “...solo cuando advierte la perplejidad deseada se pone en marcha, encumbrándose hasta su caos”.

 

Atravesar el espacio vacío

Sus dibujos son almacenados, colgados en una carnicería, en las neveras de una charcutería, en el frío de un congelador, intestado en la habilidad y la gracia del necrofílico. Contramaestre se encontró con el espíritu abandonando la morada natural, entregándose a las instancias del iluminado, donde su experiencia temerosa y lúcida lo llevó al punto inicial, atravesar el espacio vacío y fragmentarlo en segmentos: poeta, crítico de arte, investigador, artista plástico, alquimista, editor, cronista, médico, creador y fundador del grupo literario-artístico El techo de la Ballena, en donde organizó Homenaje a la necrofilia, exposición paradigmática en el arte latinoamericano. Fundador de la editorial La Draga y el Dragón, creador del Museo de Arte Popular “Salvador Valero” de Trujillo, del Museo de Esculturas a la orilla del Albarregas en el estado Mérida. Director del Centro Experimental de Arte y de Publicaciones de la Universidad de Los Andes. Agregado Cultural en España. También estuvo en el descampado, se reunía con los solitarios, su estilo particular era gigante en los instintos.

Otras exposiciones importantes fueron Tumurales (964), Confinamientos (1967), Perforopunturas (1972), Las Tribunalaciones del Amor (1975). Estas muestras tenían un carácter controversial y satírico.

 

Oficiante de lo extraño y lo profundo

Por Jesús Sanoja Hernández

Desde afuera, Juan Liscano definió a Contramaestre como orgánicamente ballenero, y desde adentro, en tiempos del Homenaje a la necrofilia, González León trató de atrapar aquella exposición insólita como un acto de transacción que reivindicaba las formas de amar y morir. Contramaestre fue para mí, y siempre, un extraño. Estaba más allá de la línea formal de Sardio y más acá de la pura estridencia. Extraño, aunque entrañable para mí, fue también Rafael José Muñoz, obstinadamente fuera de grupos, así hubiera pertenecido al que fundamos con espíritu de lucha política, en 1950.

Contramaestre, desde aquel noviembre de 1962 en que la necrofilia adquirió fuerza contestataria y expansión de pasmo en la calle Villaflor, penetró en campos en que plástica y literatura copularon en medio de un “empaste violento” (“tripas, mortajas, untos, cierres relámpagos, asbestina y caucho en polvo” deformaron adrede, insinuaba González León, la visión del “objeto bello de coleccionista”), provocando el susto pequeño y gran burgués, así como la ira y la venganza de la formalidad derechista. En dos diarios, los seudónimos Arrechedera y Cienfuegos atacaron a la exposición necrofílica, calificándola de atentado a la moral y de provocación extremista, y añadieron que el catálogo había sido editado en la Imprenta Universitaria, “refugio ideológico y propagandístico” de conspiradores y guerrilleros.

Intelectuales de primera fila, encabezados por Miguel Otero Silva, publicaron entonces un documento en defensa de la libertad de expresión. Ya no se trataba solamente de la ilegalización de partidos y el cierre de sus órganos de prensa, ni de la censura ocasional, sino de la limitación y represión de las expresiones artísticas. Los firmantes de aquel manifiesto fueron clasificados, según el caso, aquellos alabarderos de la seudonimia, de homosexuales, terroristas y amorales.

Pasaron los años de iracundia del Techo y de violencia de Tabla Redonda. Contramaestre fue a parar a Mérida, ciudad universitaria por definición, entre castálida bohemia. Allá, como en otro sentido sucedía en Maracaibo, Valencia y parcialmente en Cumaná, fueron confluyendo intelectuales jóvenes, algunos de ellos profesores, otros empleados y no pocos desempleados en busca de trabajo y estímulo. Contramaestre cofundó entonces, 1969, La Otra Banda, cuyos resultados se vieron al poco tiempo, y entró a dirigir el Centro Experimental de Arte y más tarde a ocupar la jefatura de redacción de la excelente revista Actual.

Larga pasantía merideña aquella, especie de puente tendido entre sus juveniles estudios en España y su agregaduría cultural en el mismo país. De ese tejido temporal y existencial, el médico se alejó de la profesión y mutó a ocio múltiple donde se revelaron sus dotes de investigador de hechicerías, ensalmos y encantos, de poeta enamorado de la muerte, de excavador de memorias seculares y, en fin, de explotador de zonas extrañas, como extraña había sido su incursión necrofílica.

Cuando afirmaba que Rafael José Muñoz también era un extraño (uno de los pocos como Contramaestre, en nuestro medio), me guiaba por dos líneas de comportamiento, su poesía desentonó con la de la época y él mismo (Muñoz, Rafael, Kruñoz) se consideraba mago, hechicero, brujo, piache y curandero. La extrañeza de Contramaestre navegaba por otras aguas. La mudanza del encanto combinó con maestría la investigación de viejos libros y testimonios con creencias y oraciones, se paseó por los papeles de España e Indias, particularmente por los de Perú y Venezuela y por los de escritores latinoamericanos, y representó una búsqueda del pasado muy alejada de las historias y categorizaciones oficiales. Después, su Tanatorio, del que Hernández D'Jesús ha escrito que es libro de lo profundo, “de muerte de la muerte”, mostró el punto más alto de su obra creadora.

Me viene a la memoria cierto teatrillo del absurdo en que los espectadores bebíamos vino de garrafa mientras Contramaestre y Lancini (otro extraño) inventaban diálogos desconcertantes. Aquello debió ser en 1961, muy cerca de la Plaza Venezuela.

 

*Publicado el 27 de diciembre de 1998