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Diómedes Cordero

Montaje: La realidad alterada

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Mi habitación es un gran perro (Caracas: Monte Avila Editores, 1975), del narrador, abogado y criminólogo, Carlos Villalba, como su otro libro ¡Socorro! Contar sombras (Caracas: bid & co. editor,  2009), no solo altera las convenciones del género sino que, al mismo tiempo, altera la realidad representada. Como lo indica el texto de la contraportada: “Si la poesía es siempre una manera esencial de nombrar las cosas en este libro de Carlos Villalba se asiste a una manera inédita de descubrir el mundo. Bajo la apariencia de breves poemas de carácter narrativo se va desenvolviendo una materia densa de sugerencias y penetración en el complejo de datos y relaciones de la realidad. No obstante la primera impresión  de riqueza fantasiosa que estos textos causan, se advierte de inmediato  que ello es apenas la cáscara. Por debajo se encuentra enseguida una constante vocación por significar la más concreta situación del hombre y su peripecia. De modo que es elusivo para llegar a ser más perfectamente pleno de su intención  esclarecedora. Villalba ordena un lenguaje que recurre discretamente a las formulaciones del superrealismo y que alcanza esa inocencia primordial que es condición de la poesía”; la hibridez genérica, singularidad de la narrativa de Villalba, quizás causó que Mi habitación es un gran perro haya sido considerado en el tiempo de su edición un libro de poemas de carácter narrativo, lo que también, tal vez, causó que no haya sido considerado dentro de la minificción. Villalba parece no tener predecesores ni descendientes en la literatura venezolana.

Sin que la literatura en prosa dependa exclusivamente del sentido, como lo refiere Derek Attridge, es decir, suponer que las diferencias sintácticas sólo  se encuentran en las diferencias del significado trasmitido, “los efectos de complejidad, de suspense, de referencias hacia atrás y hacia delante, de acumulación de implicaciones, son recursos importantes para el escritor de prosa”, en cuanto dependen “ de la linealidad, la secuencialidad, y de las relación entre las palabras y las unidades sintácticas y semánticas”, al presentar “ciertas palabras en un determinado orden, pero no a las palabras en una experiencia temporal controlada”, como ocurre con los efectos de la poesía que dependen “de una experiencia  que se desarrolle  a tiempo real”. Villalba operaría con recursos similares a los que Attridge atribuye al escritor de prosa, para producir un efecto cercano a los efectos de intimidad y extrañeza que caracterizan tanto a la singularidad  poética como a la singularidad narrativa. Villalba, probablemente, compartiría con Aira la preferencia por la invención frente a la ficción: como dice Sandra Contreras, “no se trata del arte como una experiencia de conocimiento –sea la intelección mediata de la realidad, o la imposible aprehensión del mundo– sino el arte como pura acción: acción perpetua […]; acción intempestiva que, desconociendo por completo sus alcances, quiere ir hasta el final de lo que puede y a la que la inmediatez de la irrupción y el desenfreno del continuo le son inherentes”. Constreñido por la brevedad, la progresión del relato y la ficcionalidad, marcas del microrrelato, según David Lagmanovich, y de la minificción, según Violeta Rojo, Villalba singularizaría el género al contaminarlo con los procedimientos de la interrupción de las series narrativas a nivel del acontecimiento y la irrupción de finales imprevistos, al tiempo que lo abre a la indeterminación y la innovación de la novela moderna. Invención y paradoja como formas de desviación de las convenciones (suspenso, fantasía, sorpresa) del microrrelato o de la minificción.

Quizás, el intempestivo gesto narrativo de Carlos Villalba, condensado y plenamente realizado en Mi habitación es un gran perro, reserva, todavía, para el futuro la potencia de su extraña forma de alterar la realidad representada: “[…]. Pero como este pueblo posee una torre de petróleo, aun cuando sus habitantes lo ignoren, además de no tener pasado, posee un privilegio adicional: jamás tendrá futuro” (De “El privilegio”).