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Diómedes Cordero

Montaje: El lejano oeste

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El lejano oeste (Caracas: bid & co. editor, 2013), del joven poeta, ensayista y profesor universitario, Alejandro Castro (Caracas, 1986), como su primer libro, No es por vicio ni por fornicio. Uranismo y otras parafilias, Premio del Concurso para Autores Inéditos, mención Poesía, edición 2010, (Caracas: Monte Ávila Editores Latinoamericana, 2011), sería parte de una misma operación, creciente y sucesiva, de interpelación de la llamada “poesía de la experiencia” española (Luis Cernuda, Jaime Gil de Biedma) y de la experiencia poética inaugural del grupo venezolano Tráfico (Armando Rojas Guardia, Rafael Castillo Zapata [también la de Luis Enrique Pérez-Oramas]), que no sólo sería una estrategia de lectura individual sino que sabría tocar el cuerpo de la sociedad, potenciando el efecto político de una operación inédita, anacrónica, mediante el encuentro con “la luz Incierta”, el deseo de esta sociedad, que Castro, como un lector agambeniano,  parece percibir en “la oscuridad del presente”: la negatividad de la poesía homoerótica. Castro al elegir el lugar (el barrio, Casalta) y los lectores potenciales de El lejano oeste (los sujetos cooptados por los discursos de la política revolucionaría y de la normatividad heterosexual), convertiría su voz poética en un gesto político, al no ratificar las convenciones, estereotipos y prejuicios de carácter sexual acumulados y pasteurizados en la tradición poética, política, social y cultural.

La estrategia poética de El lejano oeste tendría como centralidad de su operación los procedimientos de la ironía política y los efectos políticos derivados de la recontextualización de la poesía de la experiencia en el tiempo y el espacio del presente venezolano. Castro sería un ironista moderno, aquel que va contra todo y contra todos, no contra un adversario concreto, alcanzando con la ironía, su propio punto de vista; es decir, un ironista de sí mismo, aquel que no deja nada, absolutamente nada, fuera del proceso de ironización. Pero, la intención de la ironía de Castro, en el contexto político venezolano actual, marcado por el discurso revolucionario, se transformaría en una intención de carácter político, privilegiando, posiblemente, la función subversiva de la ironía de las formas diversas del poder, por encima de su función autorreflexiva, que con la quiebra de la mimesis, pondría en evidencia el medio por el cual el arte se autopresenta. Al atravesar las relaciones de poder contenidas en el espacio irónico del poema, la intencionalidad política de Castro, percibida o no esta, provocaría posiciones de consideración como la inclusión y la exclusión, la intervención y la inhibición, lo que Hayden White llama el carácter “transideológico” de la ironía, que el caso de El lejano oeste, por la cesura y la discontinuidad con las que Castro horada el tiempo, e ilumina con la poesía de la experiencia, las tinieblas del presente, representa, tal vez, el artefacto poético y político que, centrado en la exposición de lo homoerótico, explora con rabia y ternura, intensidad y dignidad, las humillaciones y vergüenzas, los odios y las violencias, que forman parte de las circunstancias y las situaciones y acontecimientos vividos por los habitantes de las zonas populares del oeste de la ciudad de Caracas, e intenta, como pocos en el panorama venezolano de los jóvenes poetas, sin caer en la estetización de lo político, alcanzar por medio de la intención crítica e inteligente, directa y precisa de la frase, la belleza consciente y manifiesta del gesto político en el poema.

Si como dice Linda Hutcheon de la ironía política: “potencialmente conservadora tanto como radical, represiva y a la vez democratizadora, la política transideológica de la ironía es compleja: por eso es tan fascinante y –para decirlo con franqueza– tan eficaz en el discurso”, para la crítica e interpretación de la ironía política de El lejano oeste sería esencial comprender el contexto del discurso (el poema), independientemente de la capacidad previa de comprensión y uso de la ironía, porque las ideologías existentes en el contexto y sus diversas nociones y relaciones de raza, religión, sexo, etnia, nacionalidad, profesión, identidad política, afectan la capacidad irónica potencial del crítico e intérprete. Sea cual sea el modo de entender la ironía, su política transideológica la dota de un carácter subversivo ligado a la capacidad de autocrítica, de autoconocimiento, de autorreflexión, con la que subvierte las relaciones de poder contenidas en los discursos y derivadas del contexto de relaciones políticas, económicas, sociales, sexuales y culturales.

La ironía política de El lejano oeste, no podría aislarse de su sintaxis poética o de su pragmática, de sus referencias a los eventos (textuales y contextuales) y de su escenario de uso y recepción. La apelación sentimental del sentido con la que traza y trenza la visión directa, festiva y divertida, que funde y separa, al mismo tiempo, lo alto y lo bajo, lo culto y lo popular, con un humor leve y reflexivo, de la experiencia homosexual vivida y padecida en el oeste caraqueño, en medio del dolor y la miseria, la sobrevivencia y la muerte, produce la intelección poética (y racional) del desvelamiento de los “bajos sentimientos”, de “la extraordinaria poesía homoerótica de Alejandro Castro, su irreverente desenfado, su sabia y subversiva ironía”, que, según Armando Rojas Guardia, por la “presencia tácita pero también abrumadora” de “la atmósfera urbana”, que la contiene, no “es explicable sin el antecedente de Tráfico”.

“A quien pueda interesar:”, poema inicial a manera de arte poética; y las partes “(Casalta)”; “(Textículos insurrectos)”; “(Monstruación)” y “(Vísceras de soledad)”, estructuran los cuarenta y nueve textos de El lejano oeste, que desde el mismo nombre produce una mirada irónica, poética y política, indirecta, lateral y crítica del ser y la práctica homosexual, “la infancia perdida, la guerra perpetua en la ciudad y sus lugares emblemáticos, sus voces altisonantes y chillidos, su sensorialidad tramándose en lo pútrido y lo cursi, en lo culto decapitado por lo popular, el homoerotismo y las infamias que configuran su lugar en el mundo, la historia patria y la historia literaria”, del hablante poético, máscara probable de Castro, como lo señala Roberto Martínez Bachrich, en la contratapa del libro.

Estos fragmentos de poemas y poemas de El lejano oeste: “qué haces ahí sentado al final de la página / qué quieres del poema / […] quieres patadas     te gusta duro el poema / te gusta dócil en cambio te gusta sabio / atrevido moderno qué      qué buscas aquí / la ciudad o el sol      una experiencia / un modo un fosa una voz / al final de la página / qué” (“A quien pueda interesar:”); “Tengo que sobrevivirte / entre los perros que de madrugada / profieren la música del odio. / Debajo de las balas encima de la ciudad / día tras día Casalta tengo que sobrevivirte” (“Casalta”); “Ahora que todo lleva tu nombre, Bolívar / y no es una metáfora / vamos a poner las cosas en su sitio. / […] / Tu nombre es una coartada, / un sucio billete que nada vale, / una plaza cualquiera repetida, / una esquina. / […] / La única gloria en tu nombre, Libertador, / es una avenida sonora de tacones / talla cuarenta y seis.” (“Canto a Bolívar”); “Todos van borrachos en el autobús” / borrachos pero contentos. / Caracas ahí estás toda herida / toda rota insultando odiando. / Caracas ahí está tus cloacas / abiertas tus calles cerradas / tus multitudes sordas / y el calor / […] / Yo saco la cabeza por la ventanilla / y el olor a mierda me indica que estoy en casa” (“Pérez Bonalde”); “[…] / por eso a mi poesía le falta poesía / porque la gracia verbal aparece / tan sólo frente a la duda de un potencial / columpio porque irrumpí en el templo / profanándolo y la belleza / para mí es un medio y la poesía un cebo / a veces un escudo como cuando jugaba con mi nombre / porque no salía el poema y decía alejo / yo alejo y castro.” (“Función de la poesía”); (de Casalta); “[…] / ahora que tenemos un día como las madres y los / [trabajadores / que podemos dejar la estridencia a Ginsberg / la pornografía a Verlaine / la culpa a Lorca / la sublimación a Cernuda / los discursos a Lemebel. / ahora que no necesitamos ir a la cárcel ni a la marina ni / [seminario / para tener adentro un hombre adentro. / […]” (“I”); “Papá, cuando sea grande / quiero ser pato. / Caminan raro, pero cómo nadan /  cómo se deslizan por la superficie / del lago, con qué gracia estoica / avanzan en línea hacia el matadero. / […] / Papá, cuando sea grande / quiero ser pargo. / no he visto uno vivo. / Pero fritos     son deliciosos. / Quiero ser algo jugoso y muerto / sobre la mesa del último banquete.” (“III”); “La culpa es de los pollos. / Y qué genoma incompleto ni qué Edipo / ni qué sexo gonadal o desorden endocrino. / (compadre no coma pollo)” (“VIII”); (de Textículos insurrectos); “Yo sólo amo mujeres defectuosas / estériles de vientre putas o poetas / ¿De qué sirve –en la guerra- / una mujer idiota una mujer mujer? / Colecciono cicatrices abortos persigo / una cabeza oscura paridora de versos / una infeliz que no haya querido / a sus hijos lúbrica baudeleriana lésbica mujer / incendiaria     libérrima.” (“IV”); “Estoy absolutamente dispuesto a recordarle / a cada gordo negro judío feo / enano bruto viejo indio bizco / calvo zurdo pobre etcétera / y etcétera que compartimos bando. / Dadme un hombre / (las mujeres lo llevan por fuera) / y mi ojo entrenado para la ternura / señalará de qué margen está hecho. / ¿Quién ha dicho que yo –y sólo / yo- soy diferente?” (“VI”); (de “Monstruación”); “Voy a meterle la mano a este poema / Voy a lamerlo, voy a mentirle voy a perder / la cabeza por este poema como si fuese / un hombre. / Voy a mirarle los pies largamente, / voy a mirarle el paquete a este poema como / si fuese de carne. Ignoraré las señales de alerta, no podré / decidir si es amor o deseo o hastío lo que / me arrodilla frente al poema. / Y no alzaré la mirada hasta su corazón: / me gusta el poema de la cintura para abajo. / Este poema no tiene corazón y el mío / a esta hora es del muchacho que exprime las naranjas.” (“VI”); (de “Vísceras de soledades”); podrían servir de incitación y tentación para engrandecer y ennoblecer la comunidad poética y política del país, que Alejandro Castro, siguiendo a Rancière, cree ver, pensando “en un sentido amplio”, como las “dos pulsiones urgentes del espíritu humano que se desprenden de la misma, irrestricta, menesterosidad: el otro. El olvido de esa médula compartida nos ha dejado malos poetas y peores políticos”.