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Montaje: Desatarse del Estado

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Guillermo Morón en “Prólogo” a Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos (Caracas: Artesano Editores, 2014), del abogado y posgraduado en Economía y Ciencias Políticas, ensayista y empresario Luis José Oropeza, acude al Tesoro de la lengua castellana o española, de Sebastián de Covarrubias, para encontrar “el modo y las maneras de sacar las patas del barro” en la definición que éste hace del prólogo como una forma de justificar la escritura del suyo: “«La prefación o introducción al libro, para dar claridad al argumento. En las comedias acostumbravan hazer prólogos para el mesmo fin y para captar la benevolencia y atención del auditorio»”, habiendo acudido antes a Borges y el prólogo de su Prólogos, con un prólogo de prólogos. “[…]. Una suerte de prólogo, digamos, elevado a la segunda potencia»” y a Cervantes y su “prólogo a su archicelebrado  Don Quijote de la Mancha: “«Desocupado lector...» y lo que sigue”. Morón traza la genealogía caroreña y familiar de Oropeza como escritor: “domina el idioma que hablamos en Venezuela: el español o castellano; es, en este libro, un escritor de raza, para utilizar la expresión más antigua y apropiada”. Recomienda el tiempo adecuado para la lectura: “por eso puede leerse de un tirón. Pero conviene hacerlo poco a poco”. Describe con elocuencia y precisión la materia del libro: “porque en este libro se destruye la leyenda de El Dorado y la fantasía de los amos del valle, del de Caracas y de todos los demás” y los méritos, la intención y fin de Oropeza como escritor: “Claro que sabe de economía, por estudios de alto nivel y por experiencia en el terreno. Luis José Oropeza, caroreño de toda Venezuela, hombre de estudio, se rebela contra una abultada tradición milagrera: «el mito histórico de la riqueza venezolana». Siéntese, enchinchórrese, como más le acomode, y lea un libro excelente, en buena prosa, en profundidad de saberes, una magnífica lección de historia de Venezuela”.

Oropeza en “Introducción explicatoria” fija con claridad, densidad y rigor los propósitos conceptuales y críticos de Venezuela. Fábula de una riqueza. El valle sin amos: “En estas páginas se intenta una ronda sobre la turbulenta trayectoria del devenir económico venezolano. Y esa faena se emprende con el propósito de presentar, con la severidad de algún espíritu crítico, una visión distinta frente a un mito secular tan hondamente arraigado entre nosotros, una fábula que ni la vivencia misma de tantas frustraciones por cinco largo siglos ha podido extinguir: las fantasías y delirios de un país más que pletórico, colmado por la Providencia con la más descomunal riqueza. Se trata, pues, de encontrar, desde una visión más eficaz, real y transparente de nuestra sociedad, maneras distintas de involucrarnos con nuestras propias evidencias y, a partir de ellas, emprender un análisis sustentado sobre paradigmas más concretos, modos más genuinos y constructivos de concebirnos y de mirarnos a nosotros mismos”.

Sintetiza, con el arte de un miniaturista diacrónico, la historia de las ideas políticas, económicas, sociales y culturales del país: “Desde los tiempos inaugurales de nuestra vida colectiva hemos edificado una sociedad subyugada y sometida a la fábula y el mito: el encuentro del paraíso celestial de los delirios colombinos; el Dorado de los conquistadores, y el valle avileño poseído por unos amos insignes con gorguera y casaca, de cuyo seno surgirá la obra y el testimonio de no pocos de los más logrados espíritus que van a traer la libertad a todo un continente. Acudirán también a las quimeras de nuestro mundo tormentoso unos férreos autócratas aclamados y trocados, por arte de las confabulaciones, en símbolo y señuelo de un genuino patronazgo redentor contra todo riesgo o desventura nacional. Y cuando ya nada ni nadie pareciera salvarnos, vendrán súbitamente a socorrernos las reservas estratégicas de petróleo más descomunales del planeta. Y ahora, en la más reciente  e insólita ocurrencia, el mito de una revolución redentora nos pretende llevar a las vivencias engañosas de un nuevo y maravilloso paraíso. La utopía ha sido, pues, el santo y seña de nuestros anales”.

Oropeza encuentra que: “El acentuado estatismo caudillesco que hemos padecido no fue tampoco producto de una aventura súbita suscitada con ocasión de un despliegue alevoso del despotismo militarista posterior a la independencia. Fue un proceso que contó muchas veces con el auxilio de la inteligencia nacional más esclarecida”. Esta tendencia estatalista tendrá en “el caso de Fermín Toro y otros compañeros de su generación”, la posible contribución para que, siguiendo “la tradición inglesa de John Locke y del liberalismo individualista de Alexis de Tocqueville”, el proceso democrático venezolano, haya derivado en un “despotismo arbitrario”, en vez de alcanzar “una libertad plena”. Como excepción, Oropeza señala que  “el caso del doctor Domingo Briceño Briceño recoge un sorprendente y excepcional testimonio de anticipada y precursora modernidad en su concepción de la democracia verdadera, que dejamos abandonada y sin posibilidad desde las horas más tempranas de la primera década de la república nacida a raíz de la muerte del Libertador. Pero al ser estas ideas desoídas en su tiempo, para nada o para muy poco van a servir un siglo más tarde”.

Con este predominio del Estado sobre la sociedad: “La política de prevalencia de los dominios públicos, históricamente admitida por nosotros en relación con algunas áreas de nuestra economía, fue extendida ciegamente al universo sin fronteras de un Estado mayestático y leviatánico. Desde muy temprano la presencia del Estado había adquirido entidad autónoma frente a una sociedad subalterna férreamente sometida a su superior jerarquía”, contribuyen, en los tiempos de la modernidad política, “los partidos políticos, que en el texto de sus doctrinas, salvo en las excepcionales instancias de una ocasión estelar de nuestro fugaz proceso democrático, siempre ha dejado recluida y despojada de toda relevancia a la sociedad civil, a la cual nunca se pudo concebir como ente vital donde se forjan, reposan y fortalecen los derechos esenciales de la ciudadanía”.

La historia del estatalismo venezolano alcanzará con la nacionalización petrolera la gravedad absoluta de la ausencia de políticas económicas de mercado: “La nacionalización del petróleo –que fuera laguna vez emblema definitivo de nuestra soberanía– se ha convertido en la forma más expedita para consolidar un manejo privatístico y ajeno a toda previsión dirigida a resguardar la riqueza nacional. En el manejo de nuestros recursos petroleros ha prevalecido una discrecionalidad absoluta, ejercida por quienes administran presuntamente en nombre del Estado los recursos que pertenecen a toda la nación”. Para Oropeza “cuando el Estado sustituye a los mercados, acusados estos de toda ineficacia, los agentes que participan en la política –votantes, burócratas y grupos de interés– promueven en su propio beneficio los resultados de sus actuaciones. No se trata desde luego de una acusación contra los gestores de la política, sino de una manera de escrutar las motivaciones y razones éticas en sus acciones”.

Así, en ocho capítulos, más un epílogo que vuelve a la genealogía histórica y familiar caroreña, José Luis Oropeza indaga en la historia de las ideas la manera de desatar la sociedad venezolana de los excesos hegemónicos del Estado: “este ensayo no es un desafiante y frontal libelo contra el Estado. Es un alegato contra sus excesos hegemónicos”, rondando la veneración del mito, el mito de los grandes cacaos, el mito del cesarismo, las formas indigentes y pletóricas de las autocracias de Guzmán a Gómez, la leyenda de losamos del valle de Caracas y de los millonarios del siglo XX, el mito del petróleo y la ficción de su siembra, Pdvsa o la Guipuzcoana del siglo XX, la concepción romántica del Estado, la economía constitucional, la ausencia del mercado de capitales en los siglos XIX y XX, la banca en un mercado reprimido y el fenómeno del béisbol (los jugadores venezolanos de grandes ligas) y su importancia en la creación de empleos y en la generación de medios de pagos externos, no para aspirar ni poder tener “el secreto de todas las respuestas”, pero si para tras “doscientos años de convivencia con las fábulas de una riqueza”, convocar, con suficiencia de saberes como indica Guillermo Morón, “a todos los venezolanos a la faena seria de reflexionar y meditar”, para intentar lo que no se ha podido nunca: desatarse “de las interferencias indebidas del poder público”.