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Modiano, el oriental

El lugar de la estrella por Patrick Modiano

El lugar de la estrella por Patrick Modiano

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Leída en retrospectiva, la primera novela de Patrick Modiano, El lugar de la estrella (1968), parece una anomalía. Lo que pueda decirse de la obra del escritor francés estalla acá: el arte de la memoria al que alude la justificación del Premio Nobel se confunde con la ficción, como para decirnos que el recuerdo es un objeto narrativo que apreciamos como verdad por mera conveniencia. La fórmula básica de muchos libros de Modiano –la busca de una identidad que se ha extraviado, el desentrañamiento de una vergüenza histórica que Francia se esforzó en omitir– tiene en su libro inicial un despegue confuso, hasta fantasmagórico. Sí, aquellos tópicos se entrecruzan en Modiano con muchas variaciones, pero en El lugar de la estrella su desarrollo es onírico. La “claridad” de la lengua todavía es una intención postergada a favor del calco y los cambios de voz. Es, en resumen, como la novela extranjera de un judío –el extranjero por definición.

Desde el segundo párrafo notamos la intromisión de un estilo ajeno que infama al protagonista, Raphaël Schlemilovitch: “¿Schlemilovitch?… ¡Ah, qué moho de gueto más apestoso!… ¡soponcio cagadero!… ¡Mequetrefe prepucio!… ¡sinvergüenza líbano-guanaco!… rataplán… ¡Vlam!… Pero fíjense en ese gigoló yiddish… ¡ese jodedor desenfrenado de niñas arias!… ¡aborto infinitamente negroide!… ¡ese abisinio frenético joven nabab!…” Las elipsis nos remiten de inmediato a Louis Ferdinand Céline. El pastiche establece de entrada la figura de un narrador que visiblemente se tropieza con su propio discurso, se metamorfosea, insulta y recula a veces, que se mueve entre el exabrupto, la confesión y la falacia. Además, la presencia tipográfica y simbólica del autor de Viaje al fin de la noche posibilita la reconstrucción de una época precisa, los años cuarenta, y con ella el estigma de la Colaboración. La cita compendia esos días como extractos de un panfleto que en este caso firma un tal Bardamu –el personaje principal de aquella novela de Céline. El antisemitismo es notorio: esos agravios propugnan la idea de una comunidad maleada que ha podrido el espíritu galo; el ejército nazi resultaría en esa visión una fuerza de higiene y rescate. Modiano procura hacernos ver que el colaboracionismo fue más allá de unos pocos intelectuales como Céline, Pierre Drieu La Rochelle, Robert Brasillach o Lucien Rebatet. Era más bien una inclinación de muchos ciudadanos comunes, como su propio padre, Albert, un tránsfuga semita.

 

El virus semítico

En El lugar de la estrella, los actos de Schlemilovitch socavan la falsa profilaxis del gobierno de Vichy y sus partidarios. Su método consiste en hacer de la “enfermedad” judía una epidemia. Una de las primeras medidas es, justamente, vindicar el titubeo lingüístico que se opone a la prosa ilustrada de la Enciclopedia: “Les he robado esa lengua suya, clara e inteligible, para convertirla en gorgoteos histéricos”. Con la constante violación de ese legado, Raphaël Schlemilovitchse desempeña como un mestizo ideal, un intruso al tanto de las políticas de la hibridación: “Mi alma de meteco exigía extrañamientos hermosos”. Su técnica es contraria a la receta homeopática: la inoculación no lleva a la inmunidad, sino a un mayor padecimiento y, en consecuencia, a la cura. No se debe extirpar el órgano dañado, sino reproducirlo.

En diversos pasajes, Modiano da cuenta de semejante carnaval infeccioso. Uno de los mecenas de Raphaël, el vizconde Charles Lévy-Vendôme, también judío, es un amante de los libros que redacta volúmenes apócrifos: a él se le debe unas cartas de amor de Pascal, una disertación sobre afrodisíacos firmada por Descartes, “un cuento licencioso de Bossuet”… Esa perversión sigue la lógica de aquellos borborigmos verbales: es una modalidad de la prostitución, una amenaza al canon de una lengua que se define a sí misma como racional y pura. Hay que vengarse de una cultura que a fines del siglo diecinueve execró al capitán Dreyfusy a mediados del veinte trató de encubrir los crímenes de la Ocupación. No resulta casual que Lévy-Vendôme sea tratante de blancas, además de bibliófilo obstinado: con la ayuda de Schlemilovitch se encarga de abastecer los prostíbulos orientales y suramericanos de putas francesas de estirpe. La narración de Patrick Modiano se fundamenta, así, en la ironía: le basta con virar la dirección del ultraje para cumplir con el resarcimiento histórico. Cuando Schlemilovitch conoce a la marquesa de Fougeire-Jusquiames en una iglesia normanda, observa que “una vidriera mostraba la entraba de Leonor de Aquitania en Jerusalén”; una líneas más tarde, el joven duda ante la posibilidad de “convertir a Leonor de Aquitania en pupila de un burdel”. De conquistadora a potencial conquistada: el paso de los siglos sólo puede acarrear una indemnización.

Cumplida con eficacia la misión, Lévy-Vendôme le aconseja a Raphaël que se dirija al este. Lo que sigue son eventos que confirman la incertidumbre de lo testificado: pasamos de los años sesenta a la Segunda Guerra Mundial y otra vez a aquella década; descubrimos que Schlemilovitch es o fue amante de Eva Braun y confidente de Hitler; se nos informa de una travesía por Egipto que incluye una feria donde se exhibe al líder nazi, a Goering, Rudolph Hess, Goebbels y Himmler. Para afianzar el delirio, Modiano va de la primera persona del singular a la segunda y luego a la tercera, y del pretérito al presente. En la apoteosis final, a Raphaël Schlemilovitch lo llevan por mar a Tel Aviv, pero desembarca en un muelle parisino; lo custodia la Gestapo. Esa indistinción confirma el carácter trastornado de la obra, que luego ubica la ominosa calle Lauriston –el centro del colaboracionismo francés– en la capital israelí. El desconcierto  de la topografía es un modo exaltado de referirse a los mismos judíos que laboraron a favor de la Ocupación, como Albert Modiano; se nos dice allí mismo que en una plaza de Tel Aviv los jóvenes habían quemado hacía poco los escritos de Kafka y Marcel Proust. La ciudad tiene el aire de una versión especular e inversa del Berlín de las SS o del distrito XVI, en la orilla derecha del Sena.

 

Un caso clínico

Toda esa mascarada tiene en las últimas páginas una explicación igualmente alucinada: el doctor Sigmund Freud intenta convencer a Schlemilovitch –a quien hallaron tirado en una calle de Viena– de que sus impresiones y experiencias son los síntomas de una “neurosis judaica”, de una “paranoia yiddish”: en realidad, concluye el médico, los judíos no existen. El dato nos permite leer el texto de Modiano como la patológica representación de una terapia. El oxímoron resulta conveniente: el novelista francés satura el cuerpo de la narración de noticias cruzadas para hacer el homenaje de una cultura compleja, que debe incluir extranjeros, apestados, envilecidos y héroes acusados de traición. Si, como se afirma varias veces, el texto es la composición autobiográfica de Raphaël Schlemilovitch, podría llevar uno de los títulos que se le ocurren al propio personaje: Memorias de Saint-Simon corregidas y ampliadas por Sherezade y unos cuantos talmudistas. Allí se condensan el clasicismo y las torceduras de un Oriente entre real e imaginario.

La lengua podrida y los “tantanes amenazadores” de esa primera novela no sobrevivieron. Tal vez Modiano naturalizó su escritura en beneficio de la “música suave” que habría de encauzar aquella disciplina mnemónica reconocida por la Academia Sueca. Las vicisitudes de la identidad van a adquirir después unos modales más apaciguados que el de los expuestos en el relato clínico de Schlemilovitch. La presencia de Albert Modiano y sus avatares temporales se hace notoria en otros libros como recreación de una penosa y freudiana escena primitiva, pero sin el toque chocante que tiene en El lugar de la estrella. Sin embargo, ese punto de arranque es muy revelador: nos señala que en el autor francés hay una carga enorme de impulso correctivo que no condesciende a la simple moralina y tiende al acogimiento de una base foránea, mixta, para la orgullosa y en ocasiones cómplice civilización de Francia.