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Moderación, ¿hacia un nuevo paradigma?

“Hoy la moderación se apoya en la conducta de la reducción” / Foto Cortesía

“Hoy la moderación se apoya en la conducta de la reducción” / Foto Cortesía

Atanasio Alegre es escritor. Académico de la Academia Venezolana de la Lengua, correspondiente de la Real Española

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Aquello de que el periodismo es el arte de llegar tarde lo más rápidamente posible tiene poco sentido cuando se trata de descubrir las fuentes que alimentan la conducta social de una época como la actual por ejemplo. Se aspiraba a la abundancia y nos encontramos con que el exceso es el precio que  estamos pagando. En dos sentidos, por lo que acumularon unos a cuenta de que  otros carecieran incluso de lo elemental.

Para Byung-Chul Han, uno de los más destacados discípulos de Heidegger, el resultado ha sido una sociedad agotada por el cansancio. La sociedad del cansancio es, de hecho, uno de los títulos de sus libros.Harald Walzer, experto en terapia del exceso, dice que una de sus funciones es hacer ver a la gente la inoperancia de comprar un automóvil sino hay donde aparcarlo. El exceso en el consumo consiste en creer que mientras se disponga de más bienes mejor va a irle a uno en la vida. De las doce reglas que menciona como terapia, una de ellas dice: “No asumas responsabilidad alguna por el destino del mundo. Renuncia al hedonismo y tal vez eso tenga un efecto multiplicador mayor del que podía obtenerse formulando alguna de las grandes premisas sobre el peligro de que el mundo vaya a irse pique”.

La amenaza que se cierne sobre el planeta cuando el número de habitantes llegue a los diez millardos como está previsto para el 2050,  no toma en cuenta que la historia de la humanidad es la historia de la superación de los límites de la naturaleza.

Pero el culto por el exceso, cuyo horizonte inmediato es el hedonismo, ha contribuido indirectamente a la aparición colectiva de enfermedades neuronales tales como la depresión, el trastorno por déficit de atención, la hiperactividad y el síndrome del desgaste  ocupacional (SDO), desplazando en peligrosidad a las que fueron la enfermedades emblemáticas de otras épocas como las enfermedades virales y bacteriales. 

Las enfermedades bacteriológicas no representan ya un peligro de epidemia como sucedió en el pasado puesto que pueden ser dominadas mediante recursos inmunológicos eficaces. La negatividad con que se les hace frente, como ocurre ante la amenaza de un enemigo externo al individuo, ha cambiado en referencia a la enfermedad neuronal. El enemigo no hay que buscarlo afuera, sino dentro del individuo mismo.  

Las enfermedades neuronales son ocasionadas, de hecho, por un exceso de positividad. La violencia generada depende en este caso de un exceso de lo idéntico. La violencia de la positividad producida por los hiper: hiperproducción, hipercomunicación o hiperenriquecimiento. El agotamiento, la fatiga y asfixia que produce la superabundancia no responden a reacciones inmunológicas. Esa violencia no es privativa, sino saturativa, es sistémica,  o sea, la violencia es inmanente al sistema mismo. Tanto la depresión, como el síndrome por fatiga ocupacional, indican un exceso de positividad. Operan como un sobrecalentamiento mediante el cual se genera una abundancia sin control de lo idéntico. El hiper de la hiperactividad no es una categoría inmunológica, representa sencillamente una masificación de  la positividad. Así razona Byung-Chul Han, en el libro antes citado.

Si  echamos, por otra parte, una mirada al mundo del trabajo, o si se quiere, a la manera cómo alguien trata de sacar su vida adelante, vamos a constatar  que tanto, en el caso de quien trabaja por su cuenta, como en el de quien depende de  otro, deberá enfrentarse a una competencia, desleal en la mayoría de los casos. Es el destino de la modesta tienda de barrio frente al supermercado que acaban de abrir en la acera opuesta de quien aspira a depender de su propio esfuerzo. La medida de producción está en relación directa con el rendimiento. Sin rendimiento no hay futuro alguno ni en la empresa privada ni como empleado en la ajena. 

El enemigo con el que hay que contar es la desproporción de rendimiento que cada uno ostente en la producción de lo que constituye su empresa o el que se le exige en la que es un asalariado. Los países europeos víctimas de la crisis, crisis económica y financiera en ultima instancia,  saben que ello ha sucedido por la falta de rendimiento en un momento determinado y por circunstancias imprevistas tales como las burbujas financieras que fueron estallando en cada una de las naciones. En eso, como en tantas cosas,  se cumple el principio de que en todo no somos más que casi-casi. Ahí reside la incertidumbre. La publicidad, las relaciones públicas, la caza de talentos colaboran de una manera eficaz al cambio del rendimiento con menoscabo del esfuerzo personal del empresario en sí. El origen del síndrome de desgaste ocupacional encuentra aquí una fuente importante de alimentación. ¿Significa todo esto que nos encontramos, tal como pretende el alumno norcoreano de Heidegger, frente a un cambio de paradigma de época en el que la negatividad con la que se administraba la época anterior esta cediendo el puesto a un exceso de positividad que supone un desgaste sobrehumano frente al esfuerzo personal que busca el éxito en el rendimiento?La situación en las empresas que ofrecen un trabajo remunerado de acuerdo a la capacidad del operario está conformada por una serie de estímulos tendentes a la identificación con la empresa. Se dice que en la vida laboral japonesa el dios es el tiempo. Quien no asciende en el tiempo en que le correspondería puede considerarse como un derrotado porque, teóricamente, han sido creadas a su derredor las condiciones para que no se produzca retroceso alguno. Ello crea –en razón del sistema de estimulaciones– un estado emocional  interno que viene a sumarse a los que surgen fuera de la empresa y que la publicidad se encarga de alimentar en los momentos de ocio frente a los espectáculos que ofrecen  las vibrantes luchas de la vida contemporánea.Es el llamado multitasking, es decir, mientras nos dedicamos a una cosa debemos ocuparnos de otras muchas más. El  animal ejerce el multikasting no solo consiguiendo lo que necesita para su subsistencia, sino que tiene que distraer la atención para conservar lo conseguido como si fuera un botín que debe preservar para que no se lo quiten. La técnica de administrar el tiempo es pues la tarea fundamental a la que se resume el multitasking.

Puestas las cosas de esta manera, podríamos decir resumiendo que existe un contencioso administrativo entre rendimiento y administración del tiempo o multitasking que debería resolverse a favor de un tercero: la moderación.

No es de ahora. En los tiempos en que el monasterio adquiere un esplendor determinante se hablaba de la aversio amundo –el rechazo de lo mundanal– y la conversio in Deum –la conversión a Dios–. Eso se conseguía retirándose a un monasterio donde se llevaba una vida en común arropados únicamente por lo imprescindible. La salvación del alma era para el monje el negocio más importante que podía llevar a cabo a su paso por este mundo.  La moderación como virtud –in medio stat virtus, se decía– acompañaba a cualquier otra norma de vida. O sea una actitud espiritual que era el sustento del sacrificio que suponía la vida religiosa en todas sus facetas de renuncia a lo que Fray Luis de León llamaba el mundanal ruido.Naturalmente eso es ya historia. Hoy la moderación se apoya en la conducta de la reducción. En Alemania –para hablar de una de las sociedades con mayor bienestar– la gente posee un promedio de trece pares de zapatos, se gastan 135 millardos de euros en vacaciones, cada alemán consume un promedio de 453 litros de gasolina al año, y los ciudadanos disponen de 69 millones de teléfonos móviles. Sin embargo, en una encuesta hecha entre recién graduados en algunas de las mejores universidades alemanas sobre sus preferencias como recién graduados, a un 74% el valor que más le interesaba era la familia y los amigos. Otro 52% cifraban en el éxito la carrera cursada y solamente para a un 5 % el dinero y el consumo eran valores determinantes en su futuro.

El llamado Zeitgeist comienza a moverse en referencia a los valores que determinan las metas de una sociedad en el sentido de la moderación en  beneficio de la salud tanto mental como la que debe privar en la sociedad a partir de la correspondencia entre uso y crecimiento.

Renunciar a lo superfluo no quiere decir que se renuncie a lo material como ya sucedió en la época de los hippies en lo sesenta, sino que satisfechas una necesidades de estatus, se impone la conducta de la reducción. Llegar a manejar razonablemente la libertad frente al bombardeo constante de la publicidad que sustenta al consumismo, ha venido a ser ahora un signo de salud mental. 

Uno de los personajes más cuestionados hoy en la sociedad francesa es el llamado bo-bo (contracción de las palabras bo-urgeoise y bo-hème). Pues bien, es un individuo que ajeno a las exigencias del deber, se rige únicamente por el impulso del deseo. El bo-bo juega en dos tableros a la vez. Por una parte pretende que se le considere un adulto cuya plenitud produce envidia y por otra, que en razón de su apariencia y en su modo de proceder, se siga envidiando su pretendida inagotable juventud. Este híbrido es un inquilino del tiempo cuya territorialidad no reside en aquello de business as usual del que cifra su bienestar en el dinero, sino en eso de business more than usual en el sentido de que no hay nada que no pueda ser comercializado.

El bo-bo –una marca mundial del exceso– viene a ser un producto de las otras marcas comerciales erigidas por lo medios de comunicación en uno de los elementos culturales de lo que se conoce como el sistema. Un sistema que a fin de cuentas pretende sustituir el arte de leer por la interconexión permanente entre individuos con la pretensión de proscribir el elitismo cultural en nombre de la igualdad. Pero, si por el contrario, el paradigma que viene es la moderación, la esperanza de una reacción oportuna frente al actual estado de cosas habrá que interpretarla como un alivio… al menos.